ELÍAS
No puede ser… otra vez lo mismo. Justo cuando pienso que ya no puede empeorar, la vida se encarga de darme otro cachetazo. Voy tarde, con el estrés al tope.
Mi cliente es un fastidio.
Aterricé ayer en Nueva York por un negocio que me va a tener aquí un par de meses. Desde que llegué tengo esta sensación rara en el pecho, como un presentimiento pesado, y encima, Maya se me metió en la cabeza otra vez.
Siete años. Siete malditos años desde que la dejé ir como un imbécil, cuando en realidad lo único que quería era decirle que aún la amaba. Que lo sentía todo.
Mis pensamientos se van al carajo cuando el coche se detiene de golpe en plena calle.
—¿Qué pasa, Ramiro? ¿Por qué frenaste así?
—Señor, creo que el coche se apagó…
No puede ser. ¡Esto ya es ridículo!
—¡¿Qué?! Apúrate a revisar, estoy llegando tardísimo.
El tipo se baja rápido, y yo me dejo caer contra el asiento con un suspiro largo. Miro por la ventana, resignado… y ahí la veo.
Una niña parada frente al colegio, relamiéndose como si acabara de ver su helado favorito. Sus ojos están llenos de alegría. No sé qué tiene, pero me arranca una sonrisa genuina. Hace siglos que no me reía así.
Y de repente, se lanza a cruzar la calle sin mirar. ¡Ni un segundo!
No lo pienso. Abro la puerta y salgo corriendo como si se me fuera la vida. En cierto modo, se me iba.
La agarro justo a tiempo y la empujo fuera del camino antes de que un coche la arrolle. Me late el corazón como loco, pero ella está bien. Me mira con esos ojazos azules, asustada.
No me gusta ver miedo ahí. No en ella.
Me agacho para estar a su altura.
—¿Qué haces acá, chiquita?
Me sorprende lo suave que me sale la voz. No suelo hablar así.
—Quiero helado, señor. ¿Por qué me empujaste? —me dice haciendo puchero, como si yo fuera el malo.
—Estabas cruzando sin mirar, no puedes hacer eso. Si querías helado, podrías habérselo dicho a tus papás. ¿Dónde están?
Se lleva la manito a la boca.
—¡Ups! Me olvidé de mi mami.
No puedo evitar reírme bajito. Es tan espontánea.
—¿Y dónde está tu mamá?
Me clava la mirada con sospecha.
—¿Y por qué te lo diría? Eres un extraño. Mamá dice que no hay que hablar con extraños.
—Y tiene razón —asiento, levantando las manos.
—Así que adiós, señor extraño. Me voy o mamá me va a gritar.
Me duele un poco que se vaya. No entiendo por qué, pero siento ese pinchazo en el pecho.
—Espera. ¿Quieres que te invite un helado? Ya que estamos…
Se le iluminan los ojos, pero me mira raro, entrecerrando los párpados.
—¿Me está sobornando, señor?
—¿Qué? ¡No! —le digo, tragándome la risa.
—¿Y si quiere secuestrarme?
Antes de que pueda abrir la boca, una voz femenina suena detrás.
—Alma, ¿qué haces aquí? ¿Cómo cruzaste?
Así que se llama Alma.
La niña se gira.
—Maestra, quería un helado.
Ah. No era la mamá, era la profe.
—¿Viniste sola hasta acá?
Alma asiente.
—Quería helado, maestra.
La profe le acaricia la cara con ternura, pero no me aguanto y salto.
—Es una niña. Tendrías que estar pendiente de tus alumnos.
—¿Y tú quién eres para decirme eso? —me lanza una mirada fulminante.
—Maestra, el señor alto me salvó.
Listo. La expresión de ella cambia al instante. Me agradece, aunque todavía se la nota incómoda.
—Gracias a Dios que estabas ahí. Fue una suerte.
—No es suerte. Tienes que estar más atenta —le contesto seco. Ella asiente, con cara de culpa.
No quiero ni imaginar qué hubiese pasado si yo no estaba ahí. Me tiemblan las manos de pensarlo. ¿Qué me está pasando?
—Maestra, ¿y mi mamá?
—Ya la llamé. Está en un embotellamiento.
—La extraño…
Me parte el alma. No sé por qué me afecta tanto.
—Hey, Alma. ¿Quieres que te compre ese helado hasta que llegue tu mamá?
—¡Buena idea, señor!
No sé qué sensación me da esta niña, pero hay algo raro, bonito raro, que siento cuando estoy cerca. Le sonrío mientras le acaricio la cara.
Alma se voltea hacia su profe con esa carita inocente.
—¿Puedo ir por un helado con el señor?
—¡Claro! Ya salimos del cole. Cuando llegue tu mamá, te llamo.
—Gracias, maestra. —Me agarra las manos con esas manitas suyas y me suelta— Vamos.
Apenas me toca, siento algo electrizante.
Le sonrío y la guío hasta la camioneta de los helados.
Paramos frente a la camioneta pintada con dibujitos de colores, y Alma abre los ojos de par en par. Está emocionadísima mirando todos los sabores.
—Señor, ¿cuál elijo? —me dice, jalándome la mano.
Me agacho, poniéndome a su altura.
—Mmm... tú mandas, Alma. ¿Cuál te gusta más?
Se pone pensativa y se toca la barbilla con el dedo chiquito. No sé por qué, pero podría mirarla hacer eso todo el día.
—Me encanta el de chicle, pero también quiero el de fresa —dice, relamiéndose.
—¿Sabes qué? El de chicle también es mi favorito —le digo, y sus ojos se iluminan.
—¿En serio? Entonces quiero ese —me dice, enseñándome su sonrisa llena de dientes de leche.
Me río.
—Hecho, peque —le doy un toquecito en la nariz.
Voy con el heladero y pido el de chicle.
Mientras lo prepara, ella me mira con una sonrisa tan pura que me dan ganas de congelar ese momento.
—¡Señor, eres el mejor!
Le devuelvo la sonrisa. Lo que siento por ella es tan fuerte que me cuesta entenderlo. Como si la vida nos hubiera puesto en el mismo camino por algo.
Le entregan el helado y ella lo agarra. Su cara brilla de alegría.
Nos sentamos en una banquita y ella empieza a saborear su helado, feliz de la vida. Yo la miro y, por primera vez en mucho tiempo, siento que algo dentro mío se acomoda.
—Mmm... está buenísimo —me dice con las mejillas todas rosadas.
—Me alegra que te guste —le digo, disfrutando verla tan feliz.
Suelta una risita y me parte el alma de ternura.
—Sé que no eres malo. Me cuidas como mi mamá. Yo confío en ti.
Eso me llega directo al pecho. Sonrío sin poder evitarlo. Me acerco y le doy un beso en la frente.
—Alma no comparte su helado —me dice de pronto, mirándome seria, y después se ríe.
—Está bien, pequeña. Es todo tuyo —le digo, tocándole de nuevo la nariz. Se ríe.
—Pero toma. —Me alarga el helado y yo la miro, medio confundido.
—¿Quieres que lo agarre?
Ella niega, divertida.
—No. Quiero que le des una probadita. No sé por qué... pero quiero que lo pruebes. Vamos, que se derrite —me dice, extendiéndomelo.
Me acerco, pero justo cuando voy a probarlo, me lo aleja entre risas.
—¡Traviesa! —le limpio un poco de helado de la mejilla y se ríe aún más.
—Toma —me lo da otra vez, pero ya sé que algo trama. Igual juego su juego.
Y claro, cuando estoy a punto de darle el lengüetazo, se lo lleva y lo prueba ella. Me hace reír.
Es una ternurita. Me dan ganas de abrazarla hasta que se le pase la travesura.
Hago puchero, fingiendo que me ofendí, y ella enseguida me lo ofrece con cara de culpa.
—No te pongas triste. Solo jugaba. Es tuyo.
Le doy un lengüetazo y me río. Le revuelvo el pelo.
—Yo también estaba jugando.
—Entonces eres juguetón, como Alma —me dice, parlanchina total, olvidándose del helado que se derrite a paso rápido.
—Ey, Alma. Primero el helado. Después seguimos con la charla.
—¡Uy! Se me olvidó —se ríe y vuelve a lamerlo mientras yo la miro con una alegría que me rebalsa.
No sé qué tengo con Alma. Pero esto... esto se siente como felicidad real.