—No creo que se de cuenta. Al menos, no por ahora.
—¿Y si revisa el bolso?
Audrey pone una mano sobre mi hombro.
—Confía en mí—pronuncia luego-Hago esto por las dos. No quieres de Stacy salga herida, pero a veces hay que hacer sacrificios.
Me dejo caer contra la mesa del escritorio. El aula sigue vacía, los ventanales grandes y altos están abiertos dejando entrar el calor y el perfume a jazmín del verano.
—No digas eso, parece que estás planeando su muerte.
Audrey me sonríe de una forma perversa, pero sé bien que lo que tiene planeado no es nada más ni nada menos que mancharle el bolso de acrílico. La semana pasada Stacy me dejó bien en claro que nos odia. Llenó nuestro locker, porque Audrey y yo lo compartimos, de una mezcla horrenda con olor a vómito y vinagre. Día martes, en las horas de deporte que da la facultad, me golpeó la cabeza con una pelota de volley y luego, mientras nos estábamos bañando, robó nuestra ropa y la lavados de hombres.
Esto no es nada a comparación de lo que nos hizo.
—Vele el lado positivo, al menos no tendrás que luchar por el trono con esa cabeza hueca.
—¿Cabeza hueca quién?
Alex aparece detrás de nosotras. Doy un pequeño salto en el lugar por sorpresa. Él rodea el escritorio y se cruza de brazos ante nosotras. Lleva puesto unos jeans ajustados de color azul y una remera blanca que deja a la vista su tonificado cuerpo. Alex Jackson tiene veinticinco años, cinco más que Audrey, seis más que yo. Parece un muñeco sacado de una revista de playboy, aunque confirma que no es gay. Sin embargo, ambas sabemos que en gran parte le atraen los hombres. Y no tiene nada de malo aquello, todo lo contrario. Con Audrey ya hemos hecho una lista de los pretendientes con quienes debería salir.
—Tú, ¿quién más será?
El verano en FallStreet llegó mucho más rápido de lo que todos imaginábamos. Lo prefiero así, esa época en la que no hace ni calor ni frío y puedes estar tranquilamente con una campera encima sin necesidad de pasar calor de más ni transpirarte. Hay perfume de eucalipto por el aire, la gente en la facultad se divierte al aire libre, descansa en los parques de alrededor y desayuna o almuerza en grupo.
—Para tu información tengo un coeficiente del setenta y cinco por ciento. ¿Quién creen que elabora las presentaciones para anatomía dos?
—Eso es porque tu grupo de amigos son unos vagos que no sirven para nada.
—¿Con amigos te refieres a ustedes?
Audrey abre la boca, ofendida. Solo le falta ponerse una mano en el pecho y listo. Pero no lo hace.
—¡Bien, todos adentro!
La voz del profesor nos saca de nuestra zona de confort. La gente entra como si se tratase del fin del mundo, rápido, empujándose entre ellos para lograr llegar a sus asientos y obtener los mejores lugares al lado de la ventanilla. Audrey y yo, como siempre desde que empezamos, nos turnamos para llegar relativamente temprano y así obtener el asiento del fondo, pegado a la ventana que da justo a los parques. Además, a ella le gusta ver al equipo de fútbol entrenar.
Me siento pegada a la ventana, con Audrey al lado y Alex adelante, sentado junto a un chico que no hemos visto en la cursada. O al menos, no que yo me haya dado cuenta.
Cuando todos estamos ubicados y en silencio, observamos al profesor. Nos da la espalda y comienza a escribir en la pizarra verde. Tiene una fea letra, típico de los médicos.
Doctor R. Crawford.
Profesional y docente en las artes de la medicina.
Voltea a nosotros y con una sonrisa, prosigue:
—Como verán, la profesora Renatta se tomó unos meses por su parto. Así que seré yo quien de la materia. Pueden llamarme como quieran: Raven, Crawford o profesor. Pero tratemos siempre de entablar una conversación adecuada y respetuosa, por favor.
—Eso sonó como una advertencia—susurra Audrey a mi lado—Hazme una mamada o sino te repruebo, señorita Stanford—dice con voz aguda.
—Oh, por Dios. No utilices mi apellido para tus escenas sexosas, Audrey.
—Daré Anatomía y Fisiología humana do—prosigue el profesor—Les estaré entregando el temario, espero que nos llevemos bien estos meses y que me pregunten todo lo que no entiendan. Recuerden, somos humanos porque de los errores aprendemos, ¿cierto?—toma un gran bulto de hojas apiladas—¿Quién los reparte?
Una única mano se alza.
—Yo lo haré.
Stacy se levanta, camina con una sonrisa como si fuera una estudiante modelo de primer rango. Y yo la aborrezco, la detesto. Ojalá pudiera vomitarle encima, declararle la guerra y dejarle en claro que entre ella y yo existe una línea fina de paciencia y que muy pronto se romperá.
Va entregando las hojas delicadamente, con una sonrisa falsa, de esas que solo ella sabe poner. Stacy cree que sabe todo de todos, pero algún día se chocará contra un muro. Las cosas no están bien entre ella y yo, no desde que tengo memoria. Y sé bien a qué se debe aquello.
Llega a nuestra mesa. Le da una fotocopia a Audrey y cuando me la tiende a mí me observa descaradamente, como queriendo decir “ah, eres tú de nuevo”. Hago caso omiso de aquello y agarro la hoja rápidamente, de un tirón. Ella no me quiere ver y yo tampoco. El sentimiento es mutuo.
—Zorra con patas de pollo—susurra Audrey ni bien Stacy se retira.
Y yo me río del comentario.
Las siguientes horas me dedico a copiar todo lo que el profesor dicta y explica. Solo unas pocas palabras y cuadros sinópticos esceitos en el pizarrón, así que me apuro a copiar y a prestar atención. Este año quiero volver a empezar, ya saben....via nueva, algo mucho mejor que los últimos meses. Le dijimos adiós a Loraine con mamá, literalmente. Fuimos al cementerio a llevarle flores, Logan también estaba allí. Escribió una carta para mi hermana y la leyó en frente de nosotras. Luego nos invitó a cenar con sus padres, sin Kellsie para ser francos, cosa que a mamá le agradó. Estuvo recapacitando sobre los últimos sucesos, se disculpó con mamá, con la familia entera.
Tal parece que Logan Farewell sí es buen sujeto.
Cuando se termina la primera hora de clases acompaño a Audrey a comprar un café. Son las cuatro de la tarde de un día miércoles. Hace calor, demasiado, pero para ella el café es sagrado y se toma llueve, truene o relampaguee. Estamos en la cola del kiosco esperando a ser atendidas. Ella empieza a hablarme de que los cafés instantáneos le resultan sin sabor a veces, que prefiere los de máquinas o los de starbucks.
—Cuando te agarre coma cafeínico, no te llevaré al hospital.
—Que buena amiga que tengo—dice ella cruzándose de brazos—También te quiero, Blas.
Me encogo de hombros.
—Odio los hospitales.
Audrey me observa de reojo. En cierto sentido sabe por qué lo digo y no hace comentarios al respecto. Yo me cruzo de brazos y avanzamos en la fila. Compra el café grande, porque el mediano no le basta, y un paquete de oreos con extra crema.
—¿No comprarás nada?
—No tengo mucha hambre que digamos.
—Llevas medio mes diciendo lo mismo—reprocha.
—¡Pero no tengo hambre! ¿Por qué voy a comer cuando no quiero?
Me agarra del brazo y me arrastra consigo hasta una de las columnas que dan a la escalera. Me da el paquete de oreos para que se lo sujete mientras guarda el cambio y cuida su preciado café.
—¿Estás bien?—pregunta luego.
—Aparte de tener sueño y un horrendo dolor de cabeza, estoy bien.
—¿Y tu madre?
—¿Por qué tantas preguntas, Audrey?
—No lo sé…—dice con sarcasmo—Estás actuando muy raro, Blas. Primero el cambio de vestuario, luego tus amistades, ahora no comes, nunca tienes hambre...¿sigues con las pesadillas?
Bueno, sí. Lo admito. Sigo con las pesadillas, sigo sin poder dormir bien por las noches. Pero no es para preocuparse. Vamos, ¿nunca tuvo ella una mala noche?
—No—miento—Se fueron.
Pone los ojos en blanco y volvemos al aula.
—Sabes que puedes contarme cualquier cosa—expresa ella—Confía en mí.
—Lo hago. Lo que pasa es que…
Ambas nos detenemos en la puerta. No puedo creer lo que estoy viendo. Sabía que tramaba algo. Stacy está sobre nuestro escritorio, junto con sus amigas, revisando mi mochila. No tiene una pizca de disimulo, mete la mano en ella sin vergüenza.
—Blas…—advierte Audrey.
Pero ya estoy tomando velocidad, arremangando los brazos de la remera blanca que llevo y poniendo cara de culo para contestarle como se debe a lo que tenga para decirme. Audrey me sigue, obviamente, con la taza de café en mano. Yo aún sigo con el paquete de oreos.
—¿Qué mierda estás haciendo?—pregunto así, sin más.
Stacy se detiene. Se voltea acomodando su sucio cabello rubio por detrás de los hombros. Sus amigas sonríen, porque otra cosa no saben hacer.
—Hola a tí también, Blas.
—Repito. ¿Qué mierda estás haciendo?
—Oh, nada...haciendo limpieza. Tal parece que las cosas están sucias por aquí. Y olorosas, por que noto.
Audrey deja el café en otra mesa y se adelanta dos pasos.
—Te voy a partir la que…
—Sé que lo tienes, Blas—dice Stacy y no sé si es por lo que dice a continuación que la piel se me pone de gallina o por la mirada que me manda—El collar.
Me quedo de piedra. ¿Por qué sabe ella que yo tengo un collar? ¿Quién se lo dijo? Audrey me mira y hace bien. Porque no hemos tocado ese tema en un año entero, ni una palabra. Pero saben, el karma es poderoso. Cuando menos lo esperas te manda señales apocalípticas para hacerte saber que aún está allí, esperando el momento justo para tocar a tu puerta y mandarte al infierno.
Avanzo y tomo mi mochila. Me fijo entre mis cosas para asegurarme que no me haya robado nada. Pero siguen allí, revueltas y arrugadas. Abrazo la mochila.
—No sé de qué hablas.
Stacy se ríe.
—Sabes perfectamente lo que ocurre. No te hagas la cocorita, Stanford—y agrega:— Ambas sabemos que es un collar muy importante.
Por un momento quise revolear todo y salir corriendo a casa, internarme entre las sábanas y llorar como una nena pequeña. Lo cierto es que sé de lo que habla, lo sé. Llevo tanto tiempo sin mencionar nada sobre el tema que volver a tocarlo me resulta aterrador.
—Blas no tiene nada—dice Audrey, porque estoy tan en shock que ni puedo hablar—¿De qué collar estás hablando?
Antes de que Stacy pueda tirar otro comentario al respecto, la campana suena y los demás comienzan a entrar. Todas nos quedamos enfrentadas, tanteando la mirada de los demás para ver quién dará el primer golpe. Sin embargo me empuja, me hace a un lado y sale directo a su asiento al frente. Audrey me toma de los hombros y me sienta en la silla. Me comparte un poco de su café, cosa que nunca hace porque es sagrado para ella, y yo no dudo en tomarlo todo de un trago.
Por el rabillo del ojo observo a un chico sentado a dos escritorios de distancia. El cabello color ceniza le cae por la frente, tapando mitad de su rostro. Sus ojos mieles me miran fijamente, incluso cuando se lleva la punta de la lapicera a la boca y la muerde.
Audrey suspira y abre el paquete de oreos.
??
El profesor continúa hablando sobre la materia, el cuerpo humano, huesos y músculos. Mientras me dedico rotundamente a prestar atención, como lo vengo haciendo, aunque gran parte de mi cabeza está en otro lado. Tienes que dejar de pensar en eso, Blas.
Para cuando termina el horario estudiantil, corro tan rápido como puedo al baño y vomito en el inodoro. El dolor de cabeza me mata. Audrey sigue mis pasos, como siempre. Vamos a la farmacia y compramos alguna bayaspirina.
—¿Estás embarazada?—pregunta ella con el bolso en un brazo y el vuelto en otro.
—No vuelvas a decir eso.
—Es que…
—Es que nada, Audrey—me limpio la boca con agua y salgo del baño sin secarme—Creo que me cayó mal algo.
Llegar a casa resulta toda una travesía. Hubo choque múltiple en la carretera, por lo que los policías me piden tomar otro atajo. Tuve que dar vueltas dentro de las calles, consultando a mi buena amiga la gallega del gps. Gracias a ella pude estacionar frente a casa sana y salva.
Sé que no debería tratar así a Audrey, ni mucho menos cuando quiere ayudarme, aunque mi cabeza es un lío últimamente y las pesadillas se presentan con mucha más frecuencia. Me quedo con las llaves en mano, la mochila en un hombro, en la puerta de casa. Me atrevo a mirar hacia la derecha, en donde la casa de al lado parece más abandonada que nunca. El pasto creció, la madera de la vivienda está despintada, como cuando entra humedad y levanta la pintura. Las ventanas están cerradas, me imagino el olor a encierro que debe haber dentro.
Parece ayer cuando la casa estaba más que viva.
Sin esperar ni un solo segundo más abro la puerta de casa y entro cerrando con un golpe. Inmediatamente Boris viene corriendo a mi encuentro con sus patitas pequeñas todavía, con la lengua afuera y las orejas repiqueteando por allí a la par con su cola. Mamá tuvo la gran idea de adoptar un perro, un cachorro de tan solo seis meses. Dijo que la familia necesitaba un cambio y más alegría. Desde que llegó Boris a casa, las cosas han ido mejor que nunca.
Me agacho para saludarlo y él me huele por todos lados, como ya es costumbre. En cuanto termina, mueve la cola para mi y me da un beso en el rostro.
—¿Qué andabas haciendo, pequeño?—susurro con una sonrisa. Boris, con el pelaje n***o por completo y unos ojos extremadamente azules, ladea la cabeza a un lado tratando de entender lo que le digo—Ven, es hora de comer.
Me sigue por el living, en donde dejo la mochila encima de uno de los sillones, sube los dos escalones que dan directo al comedor y se sienta al llegar a la cocina, en donde tomo la bolsa de alimento y le pongo un poco en su cuenco. Él ataca los granitos de carne y pollo como una bestia.
Una vez que come subo a mi habitación y me desvisto. Me pongo el pijama, una básica negra con el short a juego, porque la verdad me gusta estar cómoda y el calor no ayuda mucho. Me tiro a la cama y prendo el ordenador. Boris se acuesta a mi lado. Al instante en el que entro a google, el celular me vibra al lado. Es un mensaje de Alex, en el chat del grupo.
¿Alguien que quiera hacerme la segunda esta noche?
Alex-
¿Por qué? ¿A dónde irás?
Audrey-
Alex está escribiendo…
Iremos a un cena-show
en Gregory´s bar.
-Alex.
Lo primero que viene a mi cerebro son los recuerdos. Allí es donde mataron a mi hermana. Reabrieron el lugar hace un par de meses, lo remodelaron por completo. Ahora hay guardias en las entradas, nadie ingresa sin una reservación. Al menos, eso es lo que me dijo mamá cuando asistió a él un par de días atrás. Sí, mamá también está mejor, de esas mujeres que viven para el trabajo aunque saben disfrutar cuando no tienen horas que cubrir en el hospital. Incluso comenzó a salir con un hombre. No lo conozco, aunque dice que en cualquier momento preparará una cena para que lo haga.
Cuenten conmigo.
-Blas.
Lo tecleo sin apuro.
Alex continúa hablando, manda un audio de voz explicando que hará una juntada con sus amigos de la facultad para relajar un poco los nervios por los exámenes que se acercan. Tiene razón, después de todo. Habla sobre que podremos conocer chicos, que ya tiene uno para cada una de nosotras. Yo me río, tecleando en el ordenador la página del periódico virtual.
Para cuando son las seis de la tarde bajo y me preparo algo para comer. Boris da vueltas por todos lados, hasta que se tira en el suelo, a un lado en la cocina, mientras me ve calentar la leche en el microondas. Mamá no vendrá hasta tarde, doble turno.
—Somos tú y yo, campeón—susurro.
Después de haber terminado el café con leche y hacer la tarea, me tiro en la cama. La ventana está abierta de par en par, por lo que puedo ver hacia la casa de al lado.
Al menos viste lo que muchas desearían ver...
No sé en qué momento me duermo, solo puedo distinguir que ahora estoy soñando. De nuevo, la misma pesadilla, el mismo pasillo n***o que me traga entera. Y a lo lejos, una pequeña luz roja que va creciendo a medida que se acerca. Entonces me encuentro en medio del bosque, a oscuras y con una linterna en mano. Los murciélagos pasan volando a mi lado, se escuchan a los lobos aullar. Gran parte de las ramas de los árboles se inclinan hacia mí.
—¿En dónde estabas?
La voz comienza a hablar, distorsionada. Y luego, otra más.
—Yo...quería decirte que lo siento. Lo siento…
—Me dejaste morir. ¿Lo sientes?—y añade en un grito que hace que los murciélagos y los lobos desaparezcan:—¡Dijiste que ibas a estar para mí! ¡Lo prometiste!
—¡Lo siento, Gael! ¡Lo siento tanto….!
Cuando despierto agitada y sudando, con las piernas entre las sábanas todas enroscadas, la oscuridad se hace parte de mí. Tengo que esperar unos segundos para calmarme, para que el pecho deje de dolerme, como si el corazón quisiera salirse de su lugar. Son las ocho de la noche en cuanto entro a la ducha. Mamá no llegó, así que, con la toalla envuelta en el cuerpo bajo las escaleras, busco papel y lápiz y le dejo una nota.
Llegaré tarde.
Posiblemente me quede a dormir en lo de Audrey. Te llamo luego. Te quiero, mamá.
Blas.
Arreglarme solo me lleva media hora. Me pongo la pollera negra con parches de flores en la tela, un top también n***o y las zapatillas vans que mamá me regaló. Meto las llaves, el celular y el labial rojo dentro de la cartera. Termino por peinarme y me hecho perfume. Bajo, le doy de comer una vez más a Boris, por las dudas que le entre hambre, y salgo directo al auto. No miro al lado, no quiero hacerlo. Así que prendo el motor, piso el acelerador y conduzco hasta Gregory´s Bar.