El amanecer nunca llegó.
O si lo hizo, sus rayos no atravesaron los muros del Castillo n***o. El interior permanecía en penumbra perpetua, como si el tiempo mismo se negara a avanzar en aquel lugar.
Alaric se hallaba en los pasillos, con la espada desenvainada. Había intentado dormir en la sala principal, pero cada vez que cerraba los ojos, escuchaba un murmullo: voces bajas, apenas audibles, que parecían surgir de las paredes mismas.
Al principio creyó que eran ecos de su propia mente, recuerdos del día anterior. Pero pronto comprendió que no eran sus pensamientos.
Eran ajenos.
Eran antiguos.
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Caminaba por el corredor principal, y las piedras rezumaban humedad. El aire olía a hierro oxidado, a sudor y a miedo. Y las voces no cesaban.
—Traidor… —decían unas.
—Amante… —susurraban otras.
—Hermano… asesino… caballero caído…
Alaric se llevó las manos a las sienes, jadeando. Cada palabra era un cuchillo que le recordaba culpas que no comprendía.
—¡Callad! —rugió, golpeando la pared con la empuñadura de su espada.
Las voces rieron.
Un eco grave, múltiple, que resonó como un banquete de espectros burlándose de él.
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De pronto, las antorchas del pasillo se apagaron una a una, dejando solo la luz de la espada desnuda que reflejaba un pálido resplandor.
El silencio fue absoluto.
Y entonces lo escuchó.
Un llanto de mujer, lejano pero penetrante, proveniente de lo profundo del castillo. No era un lamento cualquiera: estaba cargado de amor perdido, pero también de rabia contenida.
Alaric sintió que la sangre se le helaba. Reconocía esa voz.
Era Élianne.
Sin pensarlo, comenzó a avanzar. Sus botas resonaban contra las losas húmedas, guiadas por el llanto que se repetía una y otra vez, como un hilo invisible que lo arrastraba hacia el corazón del castillo.
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El pasillo lo condujo hasta un corredor estrecho, donde los tapices antiguos se mecían como si ocultaran respiraciones detrás. Cada vez que pasaba junto a uno, el murmullo cambiaba.
En uno, escuchó la voz de su madre:
—Hijo mío, ¿por qué no me defendiste?
En otro, la voz de su padre:
—Eres débil. Eres la vergüenza de la sangre Valemar.
Alaric se detuvo, apretando los dientes.
Sabía que no eran reales. Y sin embargo, cada palabra se clavaba en él como una lanza.
El último tapiz lo hizo estremecer. Era una escena de boda: un caballero de armadura negra desposando a una doncella de blanco.
Y detrás del tapiz, la voz de Élianne, suave y venenosa:
—Me juraste amor eterno. Y aún así… me dejaste morir.
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El caballero arrancó el tapiz de un tajo con la espada.
Pero no encontró pared.
Encontró un espejo.
Su propio reflejo lo miraba, pero no era él:
Era un Alaric más joven, con el rostro limpio, sin cicatrices, vestido con un jubón ceremonial. Y a su lado, tomada de su mano, estaba Élianne, viva, hermosa, con la corona de novia sobre la frente.
El reflejo sonreía.
Élianne también.
Un recuerdo que nunca había vivido, y sin embargo, lo desgarraba como si fuese suyo.
El espejo se agrietó con un crujido, y el reflejo de Élianne se transformó en un cadáver: su piel blanquecina, sus labios azulados, su vestido manchado de sangre.
El cristal estalló en mil fragmentos, y Alaric se apartó, protegiéndose con el brazo.
Cuando miró al suelo, entre los pedazos rotos, cada trozo reflejaba una escena distinta:
su madre ahorcada en la torre, su padre degollado en el salón, Élianne ardiendo en llamas, él mismo con la espada atravesando un corazón amado.
—¡Basta! —rugió Alaric, y de un golpe aplastó los fragmentos bajo su bota.
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El llanto cesó.
Pero el silencio que siguió fue peor.
Porque en ese silencio, Alaric comprendió una verdad aterradora:
el castillo no le mostraba ilusiones, sino recuerdos. Recuerdos que había olvidado. O quizás vidas que ya había vivido.
Se apoyó contra el muro, jadeante. La piedra estaba helada y palpitaba, como si respirara bajo su mano.
Y entre las piedras, una última voz, casi maternal, casi dulce, susurró:
—Tu destino no es luchar, hijo. Tu destino es recordar.
Alaric cerró los ojos.
Y en la oscuridad de sus párpados, vio a Élianne otra vez. Sonriendo, con los brazos extendidos.
La amaba.
La odiaba.
La había matado.
La había perdido.
El terror no estaba en los muros.
El terror estaba en su propia memoria.
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Alaric no apartaba la vista del retrato.
Era como un imán invisible, una fuerza que lo arrastraba hacia la tela. No veía ya a su padre, ni a su madre, ni siquiera al niño que había sido; todo se desvanecía frente a la presencia de aquella mujer.
El velo en su mano seguía impregnado de perfume. No era ilusión: ella estaba allí.
Y cada fibra de su cuerpo gritaba que ya la había amado.
Se obligó a apartar la vista, a dar un paso atrás, pero una voz suave lo retuvo:
—No me temas, Alaric.
El caballero se detuvo en seco.
El retrato había cambiado: los ojos de Élianne lo miraban directamente, con una intensidad que traspasaba los siglos.
—Eres… real —murmuró él, más para sí mismo que para ella.
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La sala se llenó de un resplandor tenue, como si la luna hubiera descendido a través de los muros de piedra.
Élianne emergió lentamente de la pintura, no como un espectro deformado, sino como una mujer viva, vestida con seda blanca, su cabello azabache ondeando con un viento invisible.
Alaric retrocedió, la espada temblando en su mano, pero no levantada. No podía. No ante ella.
—Te conozco —dijo él con voz quebrada—. No sé cómo, pero te conozco.
Ella sonrió, y su sonrisa tenía la dulzura de un amanecer y la crueldad de un ocaso.
—Porque has sido mío. Porque aún lo eres. Aunque lo olvides, aunque lo niegues, siempre vuelves a mí.
Se acercó un paso. El aire se volvió gélido, pero no desagradable: era como el frescor de un río en verano, un alivio doloroso.
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Alaric sintió un temblor recorrerlo. Cada músculo de su cuerpo pedía apartarse, huir, pero su corazón se arrojaba a ella como un niño al fuego.
—¿Quién eres? —preguntó, casi suplicante.
Élianne alzó la mano, y aunque sus dedos parecían de humo, cuando rozaron la mejilla de Alaric, él sintió un contacto helado, tan real como el acero.
—Soy lo que perdiste. Soy lo que amaste. Soy tu destino… y tu condena.
Sus palabras lo envolvieron como un embrujo.
De pronto, imágenes surgieron en su mente: una boda interrumpida por sangre, un beso entre gritos, una promesa al borde de la traición. Él y ella, siempre juntos, siempre separados, siempre muriendo.
Alaric cayó de rodillas, ahogado por esas visiones.
—¡No! —jadeó—. Yo… yo no te recuerdo…
Élianne se inclinó sobre él. Sus labios estaban a un suspiro de los suyos, y su mirada ardía con deseo y odio.
—No importa lo que recuerdes. El amor no necesita memoria. El amor siempre regresa.
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Por un instante, todo el castillo desapareció.
No había muros, no había sombras, solo los dos en medio de un jardín nocturno. Rosales negros los rodeaban, y sobre ellos brillaba una luna enorme.
Alaric la abrazaba, ella lo miraba con lágrimas en los ojos, y el tiempo se detenía en aquel beso que parecía inevitable.
Y cuando sus labios casi se encontraron…
Un estrépito sacudió la visión. Las campanas del castillo comenzaron a sonar, lentas y fúnebres, como un presagio.
La ilusión se deshizo. Élianne lo miró con dolor y rabia.
—Siempre nos separan. Siempre te arrancan de mí.
Alaric, temblando, tomó el velo en su mano y lo apretó contra el pecho.
—Dime qué quieres de mí.
Ella sonrió de nuevo, pero su sonrisa estaba teñida de tragedia.
—No quiero nada, Alaric. Solo a ti. Solo lo que me juraste. Y esta vez… no escaparás.
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Un viento gélido barrió el salón, apagando las antorchas.
Cuando se encendieron de nuevo, Élianne había desaparecido.
El caballero quedó solo, con el velo en las manos y el eco de un beso que no había ocurrido, pero que ardía en su corazón como si fuera real.
El retrato permanecía inmóvil, pero en la pintura, los labios de la dama parecían más rojos que antes.
Y sus ojos brillaban con la promesa de que volvería.
Continuará...