DOS
—Eres un ermitaño, Marc. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita? —pregunta Ben Parker. El mejor amigo y colega de Marc es un perro sabueso, pero sólo para ayudar a sus amigos a encontrar el romance. Está casado con una mujer estupenda a la que adora.
Marc hace una mueca. “¿Una cita? ¿Qué es eso? Sabes que odio el ambiente de los bares. Demasiado parloteo de mujeres que están borrachas por el vino, se ríen demasiado fuerte y esperan conseguir un marido”.
Ben le hace un gesto. “Olvídate de los bares, del gimnasio y de todos esos lugares para ligar. Necesitas conocer a mujeres realmente elegantes y hermosas. Mujeres que sean tu igual intelectual. Y yo conozco el lugar adecuado”.
Marc se ríe. “¿Igualdad intelectual? Suena muy arrogante”.
—No. Sólo clase alta, donde la mujer de tus sueños podría tener un padre de puesto elevado. Ya sabes, para tu carrera.
—¿Un club de campo? ¿Quién puede pagar esas cuotas?
Ben niega con la cabeza. “Una galería de arte. Una gala de inauguración. Les encanta esto del arte, y la mayoría de los chicos que asisten son gays. Así que tendrás el campo libre”.
Las cejas de Marc se juntan. “¿De verdad, Ben?”
Ben casi da un paso rápido para seguir las largas y suaves zancadas de Marc. “¿Dudas de mí? Eres un buen partido, amigo. La mayoría de los hombres matarían por tener tu aspecto, y las mujeres deberían hacer cola para conquistarte. Además, la comida es fantástica y el vino fluye libremente, como sin cobrar”.
—¿Qué tipo de arte? No me interesan todas esas cosas impresionistas y melindrosas. Ben y Marc son amigos desde la época de la universidad, y aunque es una idea que aún no se les ha pasado por la cabeza, al final acabarán en lados opuestos de la sala.
—Oye, el trabajo de Meredith no es quisquilloso, defiende Ben a su moderna esposa artista. “Es magnífico. De todos modos, su trabajo está en la galería lateral ahora. La exposición principal es de tu agrado. Tiene cuadros y fotografías de la historia del vuelo, desde el ornitóptero de Da Vinci hasta el Wright Flyer y el Concorde, y más allá”.
Marc desprecia esta idea. “Suena como el Museo del Aire y el Espacio. He estado allí innumerables veces. Nada nuevo”.
—No, no, ese no, —explica Ben, con su habitual exuberancia. “Una galería privada con obras que no verás en el Aire y el Espacio. Representaciones increíbles, muy imaginativos, futuristas y demás. También hay maquetas que puedes tocar”.
—¿Qué?
—Y comprar.
Marc le dedica a Ben una sonrisa de satisfacción. “¿Estamos hablando de aviones, Ben?”
—Es gracioso. Vamos. ¿Qué más tienes que hacer esta noche además de la televisión y una pizza?
—No me convence mucho esto.
—Porque no te he contado la mejor parte.
—¿Y cuál es?
—Están sorteando un chárter personal de fin de semana de un Cirrus SF50 Vision Jet que puedes pilotar tú mismo. Es una belleza. Ben ha escuchado la fascinación de Marc por la aviación desde sus días en la universidad, a veces con gran atención y otras veces con los ojos vidriosos ante los detalles notablemente aburridos, para él. Pero ésta es una oportunidad que no quiere que su mejor amigo pierda.
Marc hace una pausa en su camino, asombrado. “¿Qué? Ese avión cuesta dos millones. Esos boletos de la rifa deben ser una fortuna”.
—En realidad no. Es una oferta promocional, sólo para gente que tenga licencia de piloto. Sólo tienes que poner tu tarjeta de presentación en el contenedor. Prometo que si vas no volveré a molestarte.
—Te tomo la palabra. Vale, me apunto. Sólo por esta vez. Y más vale que gane la rifa.
—Y quiero ser tu primer pasajero cuando lo hagas. Marc se ríe al pensar en Ben borracho, la única forma en que vuela.
Los hombres con chaquetas azules y cuellos redondos de colores, y las mujeres con faldas cortas y alpargatas que muestran unas piernas espectaculares, serpentean entre cuadros y grabados, realistas y surrealistas, contemporáneos y abstractos, parloteando con conocimientos a veces falsos mientras sostienen sus copas de vino con forma de tulipán.
Marc está impresionado por el elegante diseño de la galería, aunque no sabe absolutamente nada de diseño de galerías. Pero ésta es grande y aireada, casi como un hangar de aeropuerto, con prototipos en miniatura de aviones de todos los siglos, reinventados con diseños psicodélicos, que cuelgan tentadoramente de las vigas expuestas. Los retratos a tamaño natural de aviones famosos y sus aviadores se alinean en las paredes y le incitan a seguir el sueño pictórico de un aficionado a la aviación: Wiley Post, que realizó el primer vuelo en solitario alrededor del mundo y luego se estrelló en un despegue fallido desde Alaska, matándose, y el humorista Will Rogers, que sostenía una máquina de escribir en su regazo mientras escribía su columna. El Spirit of St. Louis, diseñado y construido en San Diego, con la aportación del piloto Charles Lindberg, realizó el primer vuelo en solitario a través del Atlántico.
Dos hombres complejos. Ambos galardonados con numerosos premios y medallas, destacados por sus esfuerzos científicos y humanitarios. Uno de ellos simpatizante de los nazis, antisemita y bígamo; el otro, con antecedentes por robo a mano armada. Sin embargo, los defectos de carácter de estos hombres no merman la admiración de Marc por sus logros históricos, y se da cuenta de que todos -famosos, infames y hombres comunes- somos capaces de tener comportamientos en cualquiera de los extremos del espectro de la conducta humana, y todo lo que hay en medio. Lo mejor de todo es que volaron, escaparon de las limitaciones de la tierra para convertirse en héroes de la aviación.
Observando los elegantes jets personales, Marc elige en silencio, quiero uno de esos… o ese… porque su sueño es tener su propio avión privado, uno que pueda pilotar en la serenidad de un cielo sin nubes. El programa de la exposición enumera cada uno de los artículos, su precio (a esto Marc emite un silbido bajo) y una foto de la diseñadora gráfica y asesora de imagen, Anabel Starr, una belleza exótica. Pero son las máquinas voladoras las que despiertan sus deseos y provocan sus fantasías.
Al volverse hacia otra alcoba, se sobresalta al ver el avión que volaba de niño en su dormitorio, una réplica en maqueta del A-10 Thunderbolt II. La presión sanguínea de Marc sube. El recuerdo le atraviesa la conciencia: volar la maqueta por la ventana de su dormitorio y ver cómo se estrella contra el cemento. Baja corriendo las escaleras y se detiene en seco en la puerta de la cocina. Está tirada en el suelo empapada de sangre. El hombre con cara de cicatriz está arrodillado junto a ella. Es casi un hombre, tal vez de 18 años o así, guapo, excepto por la cruel cicatriz de la mejilla a la barbilla. ¿Mamá? Ella no responde.
La inquietud se apodera de él y empieza a sudar la frente, pero una presencia fragante le devuelve al aquí y al ahora.
—Entonces, ¿con cuál sueñas? Su voz es musical y suave como la seda. El sensual aroma del jazmín le hace volverse.
—¿Y qué te hace pensar que sueño con una? Marc responde con una sonrisa, tanto por el tema de los aviones como por la hermosa mujer de ojos de ébano que está osadamente cerca.
—Bueno, los hombres tienen pocos sueños. O desean un coche rápido, un caballo rápido o un avión rápido. Además, tú estás aquí mirándolos.
—En realidad, me arrastró hasta aquí mi colega, Ben. Su esposa es una artista con una exposición en la sala lateral.
—Ah, sí. Meredith Parker. Me encanta su estilo vibrante y juguetón atemperado por colores sofisticados en capas dentro de una hermosa paleta"
—No tengo ni idea de lo que acabas de decir. ¿También eres artista? Marc mira sus delgados y bien cuidados dedos en busca de alguna señal de manchas de pintura.
—Bueno, sí y no. No pinto ni grabo, pero tengo que utilizar mi instinto artístico para crear campañas de imagen y diseñar espacios de exposición para mis distintos clientes, como éste. ¿Qué te parece?
—"Estoy casi sin palabras de admiración.
—¿Y a qué se dedica usted? Sr. …?
—Es Marc. Marc Jordan. Soy abogado. Defensor, en realidad.
—De verdad. Una profesión noble. Encantada de conocerte, Marc Jordan. Ella ofrece su mano y Marc siente la calidez, la bienvenida y la seducción en su toque.
Marc sucumbe por completo: el calor, la bienvenida y la seducción. Por mucho que lo intente, no puede comprender las profundidades de su pasión, ni saciar el hambre de excitación que alberga en su interior. El fuego que hay en el interior de Anabel, que impulsa sus ambiciones y dicta su temperamento, lo envuelve por completo en su implacable calor. Los polos opuestos se atraen. Anabel es exigente, consigue todo lo que desea, mientras que Marc, en su introspección abotonada, sólo anhela recordar la única cosa que realmente desea olvidar.
Las pocas relaciones pasadas de Marc fueron benignas, nunca llegaron a los niveles de emoción que siente ahora por Anabel. Si es posible estar “poseído” por feromonas o alguna fuerza invisible, él lo está. Apenas controla sus emociones cuando ella está cerca, no puede pensar en nada más que en ella, como si el destino hubiera ordenado su emparejamiento.
Tiene un apartamento en el centro de la ciudad, no en uno de los condominios de un millón de dólares cerca del Centro de Convenciones que están completamente fuera del alcance de su cartera, sino en un pintoresco edificio antiguo que fue un hotel, que rezuma encanto español. Le encanta que esté a poca distancia de todos los lugares importantes para su carrera, pero con la ventaja añadida de tener una vista de dormitorio del bullicioso Embarcadero, los barcos, las tiendas, los transbordadores, la bahía. Él y Anabel pasan allí tantas horas como les permiten sus horarios de trabajo, explorándose mutuamente de forma física, erótica y ferviente.
—Ana, conozco cada hermoso centímetro de ti, pero de alguna manera no sé quién eres. Faltan algunas piezas del rompecabezas.
—El misterio en una mujer, he oído, es muy romántico. Y ya sabes lo que pienso del romanticismo. Ella mueve su cuerpo tan cerca que él siente que podría fundirse con el suyo, como un cambia formas, haciéndolos uno.
—Pero nunca hablas de la familia ni de tu infancia, —dice Marc, el más culpable de no hablar nunca de la familia ni de una infancia interrumpida por dos trágicas muertes.
Todo lo que Anabel revelará es que su padre es un exitoso hombre de negocios, y que su madre la abandonó cuando era una niña y ha tenido que recurrir a la terapia para lidiar con ello. Pero algo que sí lleva de su madre es su talento e instinto artístico, que la llevó a su actual carrera.
—Ella me enseñó el arte, la visión, el color, el espacio, el feng shui…
—¿Feng Shui?
—Sí. Es un sistema chino que estudia las relaciones de las personas con su entorno, especialmente su hogar o espacio de trabajo, para lograr la máxima armonía con las fuerzas espirituales que se cree que influyen en todos los lugares.
—Sí que tienes facilidad de palabra, Anabel, —dice Marc, oyendo un ligero tinte de exageración en su descripción. “Con todas esas referencias místicas, el nombre de Starr te queda bien. Confiésalo. ¿Es real o inventado?”
—En realidad no es inventado. Mi segundo nombre es Star, que significa Estrella.
—Anabel Starr, —dice Marc, levantando su barbilla con dedos suaves, —iluminas mi vida.
Ella se ríe, pero con evidente afecto. “Oh, por favor. Si no te quisiera tanto, diría que es la frase más cursi que he escuchado”.