Irene no pudo contener la rabia que sentía, quería asesinarlo ahí mismo, se odió por no haber sido capaz de provocarle la muerte, estaba sintiendo demasiado odio por él. —Dame a mi hija, mal nacido, dime ya dónde la tienes – volvió a gritar empuñando sus manos con ira —Oh, si tienes tanto valor para obligarme a eso y encima después de agredirme venir a gritarme en el estado en que me encuentro por tu maldita culpa, entonces la única forma de que tengas a tu hija es que me des dinero, mucho dinero, ahora podrías darme, dos mil dólares, y cuando digo ahora me refiero a que debes traerlo en unos días de lo contrario no estoy dispuesto a renunciar a la custodia, pues tú no tienes nada para su manutención ni tienes un hogar para llevarla – finalizó amenazando con seguridad y sarcasmo — Las l

