Abrió el cajón de su repisa y sacó la caja de las pastillas anticonceptivas que tomaba cada día sin falta. Se asustó al no ver ninguna, lo que no era nada bueno. Tendría que decirle a Sansa que las comprara; necesitaba tomarlas lo antes posible. Se vistió y bajó a la cocina, donde Sansa había preparado algo para ella. Siempre cocinaba algo delicioso. Sansa no solo cocinaba muy bien, sino que también la ayudaba con las tareas del lugar. Mientras comía con calma y en silencio, no pudo evitar pensar que, a pesar de todos los lujos de los que ahora podía disfrutar, seguía sintiéndose vacía. Nada tenía sentido para ella; parecía una jaula de oro que seguía siendo fría y sin alegría, como su vida anterior. No pasaba un día sin que Demian le llevara algún obsequio, como si quisiera disculparse

