Todo ha salido de acuerdo a lo planeado: El Papi sometió a Catire y eso le parece bien; aunque hubiera preferido que lo matara, pues ahora tiene un enemigo fuerte que sólo descansará en la tumba o hasta haberle decapitado. Pero estas son situaciones normales dentro de la vida de un Pran, la espada de Damocles cuelga sobre su cabeza, y a pesar de saber que un día no muy lejano, la hebra de cabello que sostiene la espada se ha de romper, nunca abandonará su trono, porque su destino es morir como un rey.
El aire es espeso y Martín intenta procesar lo que han tragado sus ojos desde que llegó al penal: Dios hablando, Dios haciendo milagros, Dios callando… Elías lo sienta sobre un bloque de concreto y permanece en silencio, acompañándole en su asombro aunque sus ojos ya han visto estas cosas, y mientras el recién llegado escudriña con la mirada los interminables rincones de su nueva morada, Elías no deja de pensar que la “gente de afuera” se encierra a veces en una negación tan grande que los hace tan prisioneros como los presos de “La Cuarta”. Tienen “derechos ciudadanos”, pueden moverse y trabajar aquí y allá, haciendo esto y lo otro… con la única limitante de mantenerse bajo la Ley de los hombres. Prácticamente pueden hacer un millón de cosas si quieren, sin embargo muchos desisten de completar un sueño sólo porque se ve difícil. Pero al preso todo le es difícil, casi imposible. Si no tenemos mucho dinero –piensa Elías-, y queremos hacer una sábana, compramos la tela y la llevamos a una costurera… Sin embargo, ¿sabe la gente por cuántos procesos pasa una sábana para llegar a un preso que no recibe visitas? No: no lo saben –se responde- ni lo saben ni les interesa… Si piensan en sábanas y presos, sólo piensan en que el reo se va a ahorcar con la sábana.
La cercanía física de los varones solo es en apariencia, cada uno se encuentra embutido en sus pensamientos, al punto de no percatarse del advenimiento de media docena de hombres armados que se acercan a ellos con actitud acechante, cuando por fin regresan de las profundidades del ser, se ven rodeados por los luceros del Pran.
- El Pran quiere hablar con ustedes –dice Marrón, un hombre circunspecto y de piel oscura, que se distingue entre los luceros por tener unos ojos grandes y amenazantes.
Elías hace un gesto a Martín para que se levante, y al hacerlo, caminan escoltados por los pistoleros en una densa formación que los protege en ambos flancos. El experimentado pastor carcelero va delante con Marrón, y Martín se ve forzado a permanecer en el centro como un animal enjaulado, pero en lugar de sentirse prisionero en esa procesión, se ve a sí mismo como un león al que todos temen y evitan.
La oscuridad se traga las fantasmagóricas siluetas de los presos, y Elías voltea hacia él con el gesto de haber recordado algo importante.
- Naguará varón… Así estuvo de fuerte la cosa que no nos conocemos: ¿Cómo se llama usted?
- Me llamo Martín ¿y tú?
- Soy Elías, y el Pran se llama Pran, no se te olvide…
La caravana de a pie se traslada de la cancha a un área techada del penal que se distingue por ser una inmensa pista de baile, al final puede verse una pared de cornetas que compone una “miniteca”, puesta allí por el Pran para el disfrute de los presos y sus visitas. No es una cárcel llena de celdas como en las películas, en todos los costados de esta “plaza” se yerguen tarantines hechos en buena herrería. En los cuales funcionan pequeños restaurantes, un bar, una bodega exclusiva para drogas e implementos para adictos, también hay una quincallería, una sala de Pool, mesas profesionales de dominó, barajas, y un sinfín de puestos desarmables donde los presos comercializan lo que traen sus visitas, desde tortas hasta ropa interior, sábanas y toallas.
Los laberintos siempre infundieron miedo sobre Martín y ahora le conducen en uno de ellos. Entró a un extenso pasillo oscuro de un metro cincuenta de ancho, donde permanecen de pie una centuria de hombres con rostros atemorizantes. La caravana pasa entre ellos y éstos se pegan a las paredes para no convertirse en obstáculos, al tiempo que sus ojos miran a Martín fijamente, como si cada centímetro del varón estuviera siendo memorizado para no perderle de vista en el futuro. Miran con una avidez que incomoda y en su observación se trasluce la costumbre de analizar todos los gestos de su objetivo, como buscando alguna debilidad de la que pudieran aprovecharse, o el intento de descubrir un “no se qué” de enemigo que lo convierta en el blanco de sus maquinaciones mortales. Elías pasa delante y les mira a los ojos con una fuerza moral que los subyuga y les ablanda el rostro. A su paso los hombres bajan la mirada mientras los bendice y sigue su camino, pero al encontrarse a Martín, regresa a ellos la voraz necesidad de estudiar al recién llegado, aún si se trata de un mensajero de Dios.
A medida que se internan en la enmarañada red de pasillos, la sensación de estar en una cárcel se va desvaneciendo y el lugar se transforma en una ciudadela de interminables pasadizos secretos. Martín se siente como si descendiera en un espiral hasta las entrañas mismas del infierno. La luz mortecina que ilumina los corredizos viene de los compartimientos ubicados a un lado de los callejones; son como pequeñas viviendas donde solo cabe un preso, y en los cuales éste guarda sus pertenencias, su colchoneta o hamaca, y la única protección que tiene esta especie de departamento, para que no sea saqueado por ladrones, es una sábana que hace las veces de muro y portón. Elías voltea y entiende que Martín está estudiando la cárcel.
- Se llaman “buguis”, y son el cuarto de los presos. Pero no te creas varón… aquí no todo el mundo es pobre.
Martín nota que las últimas palabras de Elías fueron un elegante juego para introducirle a lo que de inmediato vería, el pasillo llegó a un espacio más ancho, y en la embocadura del lugar, cinco luceros armados con ametralladoras les detuvieron.
- Este es el varoncito –dice Marrón-, el Pran lo mandó a buscar.
- Buenas noches varones –saluda con amabilidad un terrible hombre con el rostro lleno de cicatrices- hasta aquí tienen escolta, pasen adelante, están en su casa…
Martín da un paso al frente pero el guardia que acaba de hablarle le atraviesa el brazo, y mirándole con un gesto inquisitivo refrena su entrada.
- Dame Palabra de Dios varón.
Cuando Martín va abrir la boca, Elías interviene interponiéndose entre el matón y Martín.
- Dios te estuvo hablando todo el día… ¿y andas pidiéndole recados a un siervo?
El guardián aprieta su rostro con desagrado, y luego de una lenta transición, el gesto se va ablandando de a poco hasta transformarse en una irónica sonrisa.
- Tranquilo pastor… Quería ver si el varoncito tiene unción…
Elías le baja el brazo con autoridad y le reprende en nombre de Jesús. Toma a Martín por el brazo y mientras le interna en un salón bien iluminado y con pisos revestidos en cerámica, le explica que ya no está en las congregaciones, y que inclusive, la comunidad penitenciaria conoce más la biblia que la propia comunidad evangélica. Martín niega esta última aseveración meneando la cabeza, y Elías le argumenta que son muchos los cristianos que asisten al culto o servicio a escuchar la Palabra de Dios, mas no leen la Biblia en sus casas. Pero en la cárcel el Gran Libro es una distinción física, acá se reconoce a un cristiano porque jamás suelta la Biblia, y con todo el ocio que allí se vive, es muy común que los presos memoricen libros enteros de la Palabra de Dios.
- No puede ser que sean más espirituales que nosotros.
- No se trata de eso varón – sigue Elías mientras se acercan a un segundo puesto de guardias- Los que hemos sido libertados por Cristo le servimos por nuestra propia voluntad, a pesar de que el enemigo nos tienta y nos hace caer muchas veces, nos levantamos, tomamos nuestra cruz, pedimos perdón al Padre y continuamos nuestro propósito en los caminos de Dios. Pero para los presos es cuestión de vida o muerte…
- Para nosotros también…
- No muerte del alma varón; muerte física. Aquí solo tienes dos opciones: Dependes del arma, o dependes de la Biblia; si aceptas la primera te aferras a ella y con ella enfrentas a tus enemigos, y si escoges la segunda te aferras de la Palabra que está en ese libro, y dependes del mismísimo Dios para sobrevivir. Hace falta mucha fe para defenderte con la pura Palabra en un ambiente de muerte, drogas e intriga. Nosotros estamos seguros en la calle, y aunque hay delincuencia, ésta no nos alcanza todos los días. Pero en la cárcel éstos son los tres platos del día.
- Sí, pero aquí son muchos más los que se aferran al arma.
- De tiempo en tiempo –le corrige-, porque a veces cometen errores, y el Pran los manda a una de las Iglesias.
- ¿En este sitio hay iglesias?
- Siete. Y si pifiaste te mandan por un mes o dos, y en ese tiempo los malotes quedan sin arma y sin protección. Los vieras cómo se aferran a Dios… pues saben que es la única forma de sobrevivir. ¿Me entiendes?
- O sea que casi todos conocen la Palabra.
- Sí, pero la entienden a su manera.
La conversación había sacado a Martín de la realidad y había hecho suya la realidad que le presentaba Elías, tanto así que el cambio de ambiente pasó por sus ojos pero no encontró asidero en su mente consciente. Habían llegado a un segundo puesto de guardias que estaban fuertemente armados con fusiles, granadas y uno de ellos ostentaba en su espalda una bazuca, y Martín se pregunta cómo un arma antitanques ha podido pasar hasta aquí, y resuelve que existe complicidad interna con la autoridad.
Estos guardianes no tienen gesticulación alguna, no ríen, no miran con odios ni ironías, parecen autómatas con el irreductible propósito de proteger al Pran. Se apartan con elegancia para que los varones pasen a una estancia amplia, y mientras les sortean, Martín detalla que sus vestiduras no corresponden a las de un criminal con dinero. Salta a la vista lo costosas que deben ser, además de los relojes y las cadenas de oro, pero hablan más de la sobriedad de un ingeniero en obras civiles que de un magnate del crimen.
Sentado en un cómodo sillón de cuero les espera el jefe de “La Cuarta”. Y ahora Martín puede analizar lo que antes no vio por causa del caos que había en el penal. Se trata de un elegante hombre blanco, de rostro afable y maneras educadas. En su mano tiene un anillo de graduación con el símbolo de la serpiente que ostenta la medicina occidental. El Pran se levanta de su sillón y dándole la mano a Martín señala otros asientos.
-Muchas gracias por cerrar el chorro varón –dice el Pran- siéntense; están en su casa…