NARRA JULIANA.
Las palabras que no dices, se te atoran en la garganta. Creí que desaparecerían, pero no fue así, ya que continuaban viajando por mi mente a cada segundo que pasaba. Es una tortura constante, esa es la manera de describir aquellas palabras que no le dije.
En medio de una fiesta en la que todos parecen alocarse por el alcohol o quizás la música, mi mente se volvía loca por ella. Por el hecho de que mientras la noche caía, y recién con aquella oscuridad, comenzaba a comprender que no iría a la madrugada a escabullirme bajo sus sábanas. Todos bailábamos mientras yo la pensaba, en mi mente su rostro parecía reproducirse sin cesar en más de una oportunidad. A lo lejos podía observar a Kate con un chico, ambos comenzaron a aspirar lo que parecía cocaína sobre una mesa, ¿Cómo alguien podía ser tan estúpido como para aspirar algo que seguramente lo dañará?, sin duda siempre me hice esa pregunta, ya que muchos de mi edad lo hacían, pero para mí nunca tuvo sentido.
–¿Acaso quieres un poco linda? – preguntó la voz de una chica a mi lado. Al observarla la noté tan perfecta que apenas parecía ser real. Abrió un pequeño estuche desde donde se veía que en su interior contenía aquel polvo blanco –- Tal vez así te diviertas un poco… –me tentó.
–No consumo esa mierda – respondí mientras giraba mi rostro nuevamente hacia Kate, quien se levantaba y caminaba junto con el mismo muchacho hacia su casa. No podía verlos con claridad, ya que la única iluminación que había en el lugar eran pequeñas fogatas por todas partes.
–¿Y qué es lo que haces para divertirte? – preguntó insistiendo.
El alcohol comenzaba a hacer su efecto, pero ahora mismo no era alegría ni euforia lo que él me producía. De hecho era la parte mala de beber lo que ahora mismo me afectaba. Pensaba en el exquisito olor de su piel y cuanto lo extrañaba. ¿Acaso ella también me extrañará?.
Moví mi cabeza de lado a lado, intentando olvidarla, o al menos borrar aquellos recuerdos. Terminé la bebida de mi vaso, observé nuevamente a la joven.
–Déjame mostrarte lo que yo considero verdadera diversión – respondí poniéndome de pie y extendiéndole la mano. Ella sonrió y luego mordió sus labios, se veía muy sexy, de hecho debo admitir que era bonita, pero no era ella.
Caminamos de la mano atravesando la fiesta y al entrar a la casa de Kate, ella se acercó peligrosamente a mis labios, suspiré antes de acortar la distancia de mis labios con los suyos. Suspiré porque realmente me lamentaba tener que buscar en otra boca aquel beso que solo mi monja podría darme. Sus labios tocaron los míos y rápidamente se sintieron extraños, igual de fríos que los míos, no eran cálidos como los de ella.
Abrí mis ojos y por segundos la vi, la vi a ella, a mi hermosa chica de ojos color cielo y mirada de ángel, pero luego su rostro desapareció en la oscuridad de la casa.
Mi boca no parecía ser mía, ella la robo de otra forma, disfrutaría esté beso sin pensarla de la manera en la que lo estoy haciendo. Mi mente también había sido secuestrada por Valentina, quien ahora mismo era dueña de todo mi ser.
Estaba tan distante del beso que la pobre chica lo notó y se detuvo.
-¿Todo está bien? – preguntó con amabilidad, parecía ser alguien bastante atenta y no quería hacerla sentir mal.
–Si, solo déjame llevarte a un lugar más privado, ¿Quieres? –pregunté tomándola de la mano, ella afirmó moviendo su cabeza y luego sonrió.
Mientras íbamos hacia la salida, la guiaba hacia mi auto, pero antes de cruzar la puerta reconocí una voz familiar. Solté la mano de la joven y comencé a buscarlo con desesperación, su voz provenía de la sala donde había algunos muchachos sentados en sillones de cuero. El humo que salía de allí me dificulta la visión, pero aun así oía su voz cada vez más fuerte. Al acercarme frente a él note que Kate estaba sentada sobre sus piernas, él aun sin verme sonrió de algún patético chiste y luego acercó su nariz hacia la mesa donde aspiro toda la maldita droga que estaba esparcida, aquello me heló la sangre por algunos segundos.
–Michael levántate, nos vamos –ordené con voz firme frente a él.
–¿Qué haces tú aquí? – preguntó él confundido.
–Levante, nos vamos –insistí mientras Kate me observaba de reojo. Viendo que ninguno se movía y que mi hermano solo me observaba, tomé a Kate del brazo y la levanté de un tiro. –¡Dije que nos vamos! –volví a decir solo que ahora gritando.
–Ay estás loca – exagero ella mientras otro de los que estaba allí se levantó enojado apartándome de ella.
–Suéltala –dijo Michel poniéndose de pie y empujándolo. Luego dirigió su mirada a mí con enojo, pero solo negó con su cabeza, lo conocía bien como para notar que estaba molesto y sin dirigirme la palabra salió de la habitación.
–Espera no puedes conducir así – dije corriendo detrás de él notando que iba a subirse a su auto.
–¿Por qué de pronto te comportas como si te importara? –pregunto enfrentándome.
Iba a responder que siempre me importo, pero no era algo que le dijera habitualmente y no cambiaría aquello. Generalmente, guardaba mis palabras dentro de mí, y las encarcelaba.
–Conduciré yo– dije buscando la llave entre mi vestido y fue cuando note que estaba en ropa interior y para ser sincera apenas recordaba donde había dejado la llave de mi automóvil.
–Tú – contestó él despectivamente, observándome de arriba a abajo – Apenas te mantienes de pie, ni sin nombrar que siquiera estás vestida –comentó él subiendo a su auto.
–Michael no – dije quitándole su llave y arrojándolas lejos en el impulso de impedirle que se fuera.
–Sabes que es peor que aun en la condición en la que estas me observas de esa forma –dijo molesto.
–¿De qué forma? – pregunté mientras alejaba la llave de sus manos.
–Como si quieras darme clase de moral, hermanita –respondió cansado de perseguirme y volviéndose a sentar sobre su coche.
–No quiero darte ninguna clase de moral – comenté sentándome sobre el capot de su auto. – Es solo que te vi, ¡te vi consumiendo Michael!. ¿En qué estás pensando? – termine de decir, mientras él solo negaba mordiendo su labio inferior, sus ojos no podían verme fijamente, por el hecho de que tenía su mirada perdida.
¿Cómo dejé que esto pasará?. Antes de irme al convento, lo vi a los ojos y ellos estaban igual de perdidos que ahora, solo que en ese momento no era la droga lo que le afectaba la mirada, era el dolor.
–Vamos, no te hagas la afligida –contestó él riendo.
–Michael, escúchame, deja esa sonrisa de niño tonto, ambos sabemos que está mal y que te estás dañando al hacerlo. ¡Por Dios! –insistí con sinceridad y me esforzaba a decir verdad para hablar de esta manera, ya que anteriormente no hubiera dicho ni la mitad de aquellas palabras, pero estaba cansada de ver cómo las personas a mi alrededor parecían estar sufriendo tanto y yo no podía hacer nada para cambiarlo. Era la maldita impotencia de ver el dolor en ellos y simplemente ser la que observaba.
–Es increíble que te hagas la sorprendida como si no lo hubieras sabido desde hace tiempo, Juliana –reprocho – Pero ¿Qué ha cambiado ahora?, dime que es lo que cambio, que de pronto te importa –preguntó poniéndose de pie frente a mí.
–Siempre me importaste – confesé poniendo mi mano en su hombro.
–Eso no es cierto – reprocho con enojo.–Nunca te importe lo suficiente – volvió a decir desviando su mirada, el sonido de sus palabras me hacían ver cuánto le dolía aquello.
–Antes era un idiota, pero eso no significa que no importaste –dije permitiéndome ser venerable con él, siempre había sido la típica persona que nunca veía a los costados, que nunca veía al otro, actuaba con indiferencia hacia todos los demás, pero ahora mismo no deseaba ser esa persona.
–Sigues siendo una idiota – bromeo él ocultando su emoción. Se quitó la camisa blanca que traía, botón por botón y la puso sobre mis hombros. Tenía frío, así que la tome y me la puse.
–Pero no quiero ser la idiota que se trague sus palabras nunca más, no quiero ser la idiota que no le diga a su hermano cuanto le importa y cuanto lo ama – confesé bajándome del coche y abrazándolo.
–También te amo – respondió él y aunque parezca loco, era la primera vez en mucho tiempo que nos decíamos aquellas palabras y se sentía bien.
–Eso estuvo lindo, idiota. Pero ahora dime cómo volveremos a casa, ya que arrojaste mis llaves bastante lejos –preguntó él empujándome apenas un poco recordando aquello.
Observé hacia el pastizal donde la había arrojado, buscarla no era una opción, seria como encontrar una aguja en un pajar y ni siquiera me acordaba si la había arrojado para allí o hacia otro sitio, puesto que estaba algo borracha para ser sincera.
–Llamaré a papá – respondí y él solo se rio de aquello.
–Comenzaré a hacerme una cama con las hojas de aquella palmera –bromeó él sentándose sobre el auto.
–Vendrá a buscarme, ya lo verás – afirmé con una sonrisa mientras marcaba su número.
–Estamos hablando de papá – respondió él intentando prender la calefacción para luego recordar que no había encendido el auto y maldiciéndome en voz baja nuevamente, cosa que me hizo reír.
–Hola papá– dije una vez que me atendió, Michael me miró sorprendido, atento a la llamada.
–¿Se te hizo costumbre llamarme a estas horas, hija? – preguntó él con voz ronca, de seguro estaba durmiendo.
–Lo siento –contesté riendo.
–Dime donde estás y voy por ti cariño – respondió él rápidamente, mi héroe vendría al rescate justo como antes.
–Te amo papá – dije para mi sorpresa sin siquiera pensarlo, solo deseaba hacerlo y lo hice.
El silencio al otro lado de la línea y su voz emocionada me hizo comprender cuánto tiempo había perdido con aquellas palabras atoradas en mi garganta que eran tan fáciles de decir y tan importantes que me arrepentí haber esperado tanto para decirlas, pero me alegré de al fin poder soltarlas.
–También te amo hijita –respondió mientras sentía su voz romperse de la emoción.
–Te envió la ubicación, aquí te esperamos, tengo una sorpresa que verás al llegar –comenté antes de cortar.
–Ese convento te hizo débil –dijo Michael mirándome sorprendido.
–No fue el convento – respondí, mi mente volvió a ella tan fácil que me asustaba la idea de no poder olvidarla nunca más.
Mire hacia el cielo, el sol comenzaba a hacerse presente apenas un poco, aun cuando la noche no deseaba despedirse. ¿Sus ojos estarán igual de despiertos que los míos? ¿Sus manos extrañarán las mías con la misma desesperación que yo lo hago?.
¿Acaso su cuerpo siente la necesidad del mío?. Porque yo sentía que mi ser por completo colapsaba con su ausencia. El nudo en mi garganta comenzaba a hacerse pequeño, pero justo había una pequeña molestia en mi interior, era un pensamiento destructivo en mi mente. ¿Hubiera cambiado algo si le hubiera confesado cuánto la amo?. Las palabras que uno no dice te atormentan, no sé por cuánto tiempo, pero estoy segura de que nada va a dolerme como esto. Que jamás existirá otra persona capaz de lastimarme y arreglarme como ella. ¿Por qué el amor debía doler tanto?.