—¡Espera, David! Rebeca intentó detenerlo, pero David se fue, furioso. Ver a Zahara tan devastada le había partido el corazón. Nunca había querido destruir la vida de alguien inocente, solo la de sus enemigos. Zahara llegó a casa con un nudo en el estómago, intentando mantener la calma por los niños. Sintió unos brazos rodearla por detrás. —Suéltame, Azael. —¡Es mi culpa! Todo esto es mi culpa, Zahara. Ella se zafó de su abrazo, fulminándolo con la mirada. —Es culpa tuya... ¡Y de Rebeca! Azael frunció el ceño, desconcertado. —¿Qué estás diciendo? Zahara bajó la mirada, luchando con sus pensamientos. Sabía que no debía hablar, pero Angélica la tenía atrapada, exhausta. —Yo... Azael intentó abrazarla de nuevo, pero una llamada a la puerta los interrumpió. Una empleada abrió; era D

