—¡¿Estás loca, Gladiola?! —Sí, mi amor, pero eso no te hará aburrirte —dijo Gladiola Félix sonrió, la ayudó a levantarse. —Gladiola… —Vamos, te haré feliz, anda, no dirás que no te gusto, ¿Verdad? Porque te he visto, Chocolatito, sé cómo me ves —dijo sonriente. —Gladiola, ni tu padre, ni tu familia, dejarán que nos casemos. —¿Y a mí qué me importa? Te casas conmigo, no con la familia, por favor. Él sonrió, negó. —¡Es una locura! —Ninguna locura, te quiero a ti, Chocolatito, por favor. Él sonrió. —Gladiola, ni siquiera me conoces. —Piensa, ¿Te gustaría verme con otro? Tendremos toda la vida para conocernos bien, y si no funciona, pues nos divorciamos. Él rio. —Claro, fácil, si muere le entierras y ya. —Ay, claro, pero no hablemos de entierros, Chocolatito, que eso me es

