—Estoy bien, mi vida —murmuré con una sonrisa ladina, acariciando su cabello con dulzura—. ¿Por qué no vas a jugar con tu hermana? Es sólo fiebre, ya se me pasará. Me miró con grandes ojos, haciendo que su labio inferior sobresaliera. —Pero yo me quiero quedar aquí —protestó. Solté una pequeña risa y asentí con la cabeza. —Está bien —él sonrió y le hice un lado entre las cobijas—. Ven, está helado. Estás muy desabrigado, Alonso. No te aproveches de mi estado para hacer lo que quieras. Él me miró como disculpándose. —Pero no tengo frío. Rodé los ojos, sin poder terminar de ponerme seria. —¿Has visto cómo está el día? Lleno de nubes grises y feas. Apoyó su cabeza en mi brazo y me miró desde abajo, abrazándome. —A mí me gustan las nubes. —¿Incluso si son grises? Asintió con la cab

