William. Después de acompañar a Mari a su casa, recibí una llamada de Bruno. Había logrado contactar con un excompañero suyo, un veterano que trabajó durante años en la misma comisaría donde alguna vez estuvo destinado Abascal. —Para ser honesto… nadie quiere hablar —dijo, con un tono bajo, casi agotado—. Ni del caso, ni del accidente. No sé qué está pasando, William. Mi conocido ha visto cosas feas en su vida, pero incluso él me recomendó no hacer preguntas. —¿Ni una pista? —insistí, aferrándome a la poca esperanza que quedaba. —Nada. Se negó a comentar cualquier detalle. Pero eso sí… cuando mencioné el nombre de Abel Ron, le sonó. —¡Sabía que estaba involucrado en la muerte de esa chica! —exclamé, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. —Sí, pero no tenemos pruebas. Ni declaracion

