William Antes de salir de la comisaría, decidí pasar por nuestra oficina. No podía simplemente desaparecer con un arma del depósito sin dejar al menos una línea de defensa. Si alguien podía cubrirme, era Carlos. Y si había un momento para saber hasta dónde llegaba su lealtad, era este. El pasillo estaba casi vacío. Solo se oía el zumbido apagado de los fluorescentes y el eco hueco de mis pasos. Cada golpe de suela contra el suelo me sonaba a advertencia: estás cruzando la línea, William. En cualquier momento, alguien podría asomarse por una puerta y preguntarme qué demonios hacía allí, con ese gesto que mezcla sospecha y desaprobación. Abrí la puerta de la oficina y allí estaba él. Carlos, con su café frío al lado del teclado, hojeando un informe como si llevara horas prisionero de la r

