Mara Nunca imaginé que el calor pudiera ser tanto éxtasis como tormento, una mezcla de dicha y agonía retorcidas en un deseo implacable. En el momento en que Lucian se adentró en mí, todo lo demás desapareció. No lo quería, lo necesitaba. Me aferré a él con todo lo que tenía, mi cuerpo estaba en llamas y yo desesperada por ser llenada, por ser reclamada, por ser suya. —Tan caliente —gruñó, su voz áspera y sin aliento—. Tan húmeda, tan resbaladiza… Sus ojos ardían dorados, primitivos y salvajes. Sus dientes alargados rasparon contra mi cuello mientras jadeaba, apenas conteniéndose. Clavé mis uñas en su espalda, y él gruñó en respuesta, sus caderas seguían golpeando cada vez más fuerte. No éramos gentiles. No éramos suaves. Éramos animales, perdidos en el calor. —¡Más fuerte, Lucian! —

