Desde la llamada de la educadora, Yadira no podía estar tranquila, sentía que hasta el tráfico en la ciudad se ponía en su contra. —¿No puede ir más rápido? —le preguntó al chófer del auto en el que se desplazaba por la ciudad. —No se preocupe, vamos a llegar muy pronto —le respondió el hombre observándola desde el espejo retrovisor, tratando de tranquilizarla. Su jefe le había dado instrucciones específicas sobre ayudarla en cualquier cosa que ella necesitara, y ese jefe no era otro más que Guillermo. Minutos después de esa tensa conversación en el interior del auto, llegaron a la escuela de la hija de Yadira. Ella no tardó nada en bajar y dirigirse al interior de la escuela en busca de su hija. El corazón de Yadira latía con fuerza; se imaginaba que su hija había sufrido un accidente

