Yadira no creía en la buena suerte, especialmente con todos los infortunios que últimamente parecían perseguirla.
—Dime, ¿piensas volver a entrar y encerrarte? —le preguntó Guillermo.
Yadira no respondió; simplemente miró la comisaría por última vez antes de subir al auto del hombre. Estaba decidida a no pasar ni un minuto más en un lugar como aquel.
Guillermo sonrió con cierta picardía al observar cómo ella se subía a su vehículo sin dudarlo.
— Justo lo que pensaba — murmuró para sí mismo poniéndose sus gafas de sol antes de arrancar el coche.
Aunque Yadira guardó silencio, no dejaba de mirar a través del espejo retrovisor a su salvador. En ese momento, él era su ángel guardián. Sin embargo, aquella situación la llenaba de curiosidad, no entendía qué podría motivar a ese hombre a protegerla.
Guillermo percibió su interés. No porque tuviera un talento especial, sino porque para él, Yadira era como un libro abierto. Sus emociones eran transparentes, evidenciando una inocencia natural de la que, aparentemente, no se daba cuenta.
—Vamos, sé que quieres preguntar algo —la incitó él.
Yadira se sonrojó, llevándose las manos a las mejillas, sintiendo el calor en su cara por el comentario del hombre.
—Bue… bueno... — tartamudeó, tratando de encontrar la manera de inquirir sin parecer ingrata—. Solo quería saber... ¿por qué decides ayudarme?
A ella le alivió ver que sus palabras no incomodaron a Guillermo; al contrario, él sonrió, haciendo que Yadira se sonrojara aún más al darse cuenta de lo atractivo que lucía al hacerlo.
—No soporto las injusticias —respondió él, mirándola a través del reflejo del espejo retrovisor.
Las palabras de Guillermo provocaron un suspiro de alivio en Yadira. Era evidente que decía la verdad. Sin embargo, las heridas visibles en el rostro de la joven lo tenían molesto, él quería protegerla, lo necesitaba, odiaba saber que alguien la tocaba, sobre todo para herirla.
—No debiste usar mi arma —comentó Guillermo, rompiendo el tenso silencio que se había formado.
—Lo siento —respondió ella con remordimiento.
Reflexionando sobre el asunto, Yadira comprendió que podría haber metido a Guillermo en serios problemas si hubiera matado a Enrique, su esposo.
—No me malentiendas; no es que piense que no debías defenderte o que lo mencione por las implicaciones legales que podría haber enfrentado. Es solo que siento que no tuviste la oportunidad de vengarte de él realmente.
Ella soltó un suspiro. Era verdad: no se había vengado de su marido; de hecho, había soportado más de lo que cualquiera debería a manos de él.
Aun así, la vida no siempre es como debería ser. Pero este no era el momento para pensar en eso; su principal preocupación era su hija.
—Por favor, llévame al Hospital Metropolitano. Necesito ver a mi hija.
Guillermo asintió y giró el volante, tomando el camino que los llevaría más rápidamente al hospital.
El nerviosismo de Yadira no provenía de la idea de encontrarse con Enrique, pues tenía claro que no podría seguir siendo esposa de alguien así. Lo que realmente la angustiaba era pensar en cómo su hija había reaccionado ante todo el conflicto.
—Ya estamos aquí.
—Gracias —respondió ella, agarrando la manija de la puerta para salir del auto.
—Agradéceme cuando hayamos lidiado con tu marido —replicó Guillermo, siguiéndola al bajarse del vehículo.
En ese instante, Enrique se regodeaba en su supuesta victoria, imaginando el sufrimiento de Yadira.
—¿Cómo la viste? —preguntó Guillermo nuevamente a su amante.
—Como te dije, es un desastre, se ve más horrorosa todavía con lo que le hicieron las presas, ojalá además de gorda le queden cicatrices en la cara —respondió Rosalba con una risa satisfecha.— Aunque la muy mentirosa asegura que se lo hiciste tú.
Se mofaron juntos, era difícil de entender la profunda animosidad que sentían hacia Yadira. A pesar de que nunca les había hecho ningún daño, ellos parecían disfrutar al herirla y humillarla.
—Voy a llamar a alguien para que cambie tu vendaje —dijo Rosalba, notando la sangre en el paño que cubría su herida.
Justo después de que ella salió, Yadira entró en la habitación. La expresión de sorpresa y desconcierto en el rostro de Enrique era muy obvia.
—¿Cómo es que estás aquí? —preguntó Guillermo claramente desconcertado.
—Alguien me ayudó —contestó Yadira, reacia a dar detalles. Después de todo, no sentía que le debiera ninguna explicación a ese hombre.
—¿Cómo conseguiste salir? —espetó Enrique, elevando la voz. El tono hizo que Guillermo, quien se encontraba fuera de la habitación, entrase rápidamente y se posicionarse detrás de Yadira.
—Tengo amigos —aseguró ella intentando mostrar seguridad al hablar.
Al ver a Guillermo, Enrique pareció comprender rápidamente cómo había obtenido Yadira su libertad y la observó de arriba a abajo sin entender que pudo verle ese hombre a su esposa.
—Eres tan solo una zorra —espetó con desprecio—. ¿Vienes con tu amante a mostrarle lo que me has hecho?
Aunque Yadira no esperaba nada bueno de Enrique, esas palabras lograron decepcionarla aún más. No había sido infiel, pero incluso si lo hubiera sido, Enrique no tenía derecho alguno a hablarle de esa manera, especialmente después de lo que él y su amante le habían hecho.
Enrique parecía dispuesto a continuar su diatriba, pero se detuvo al encontrarse con la mirada gélida y penetrante de Guillermo. Una mirada que le heló la sangre y le hizo temblar sin tan siquiera abrir la boca.
Por su parte, Guillermo miraba a Enrique con un desdén palpable. Si dependiera de él, ya hubiera acabado con ese despreciable individuo. Sin embargo, mientras Guillermo tenía sus ojos fijos en Enrique, Rosalba lo observaba. Rápidamente reconoció al CEO, Guillermo Meza, de la prestigiosa compañía internacional We Say So, líder en múltiples sectores económicos del país. Y no sólo eso, se decía que también tenía negocios ilícitos y era muy peligroso. Dándose cuenta de la identidad del hombre, optó por mantenerse oculta y no ser vista por Yadira ni Guillermo.
—Llámame como te plazca —respondió Yadira con determinación—. Mi único objetivo es criar a mi hija, y nada más importa.
Las carcajadas de Enrique resonaron en la habitación. Aunque había sido perturbado por la mirada amenazante de Guillermo, no iba a perder la oportunidad de menospreciar a Yadira, esperando que Guillermo dejase de apoyarla al escucharlo.