Guillermo se sentía atrapado mientras observaba la escena que se desarrollaba ante él. Sus manos se apretaban en puños, una señal clara de su deseo de intervenir, pero sabía que debía mantenerse en un discreto segundo plano. El brillo feroz de las cámaras podía ser tan destructivo como cualquier arma, y no podía permitirse ser atrapado en su luz incriminadora. Aun así, la manera en que acosaban a Yadira, con sus palabras filosas como dagas, hacía hervir su sangre. La multitud se había convertido en una bestia indomable, alimentada por rumores y acusaciones sin fundamentos. A pesar de los esfuerzos de Yadira por mantener la calma, la presión era demasiado grande. El periodista insaciable continuaba lanzándole preguntas venenosas, tratando de arrancar una confesión o una admisión de culpa.

