Guillermo detuvo el coche frente a su casa, una estructura moderna y acogedora resguardada por altos árboles. Invitó a Yadira a subir, guiándola suavemente por el brazo hasta la entrada. Una vez dentro, el ambiente tranquilo y cálido de la casa contrastaba con el caos que habían dejado atrás. Yadira, aún temblorosa, observaba el entorno mientras Guillermo cerraba la puerta detrás de ellos. —Yadira, por ahora no puedes volver a trabajar en el bar —dijo Guillermo con determinación, anticipándose a las protestas de ella—. Lo primero es tu seguridad. Yadira, a pesar del agradecimiento que sentía hacia Guillermo, no pudo evitar protestar. —Pero necesito el dinero, Guillermo. Tengo que rescatar a mi hija, no puedo permitir que se quede con Enrique y Rosalba. Él la miró con seriedad, comprensi

