Prólogo

549 Words
Julian Vance creía en el destino, o al menos en su propia capacidad para atraerlo como si fuera una de las notas graves de su piano: con fuerza, vibración y una persistencia absoluta. Desde el escenario del Royal Albert Hall, mientras sus dedos ejecutaban una pieza de Chopin con una maestría que rozaba lo pecaminoso, sus ojos se desviaron hacia la tercera fila. Allí estaba ella. Entre la multitud de joyas ruidosas y perfumes caros, esa mujer destacaba por su inquietante quietud. Parecía un ciervo asustado atrapado en un claro del bosque, rodeado por lobos de etiqueta que no comprendían la delicadeza de su cuello o la tormenta contenida en su mirada. Era una belleza clásica, vulnerable y, por encima de todo, desgarradoramente sola. ​Julian supo, con la arrogancia que solo un hombre que lo tiene todo puede permitirse, que esa noche terminaría en su camerino. ​Media hora después, el silencio en el camerino privado era tan denso que casi podía tocarse. Julian se sentía el cazador en la cima de su gloria. Se tomó su tiempo para desabrocharse los puños de la camisa de seda, permitiendo que el vello de sus brazos se erizara ante la presencia de la mujer que permanecía sentada en el sofá de cuero. Disfrutó de la parsimonia casi cruel con la que deslizó el contrato de confidencialidad sobre la mesa de caoba. El sonido del papel rozando la madera fue como un disparo en la habitación. ​—Firma —ordenó él con una voz que era puro terciopelo y mando. ​Él disfrutó verla dudar, disfrutó ver cómo sus dedos largos y pálidos temblaban ligeramente al rodear el bolígrafo de plata. La observó firmar con la mirada baja, ocultando sus ojos tras una cortina de cabello rubio oscuro, como si el peso de su propia claudicación fuera demasiado para soportarlo. Julian creía firmemente que estaba comprando su silencio, su cuerpo y su voluntad por una sola noche de exceso. Estaba convencido de que ella era solo otra nota más en su sinfonía de conquistas, una mujer rebasada por el magnetismo de su genio. ​Lo que Julian no vio, cegado por su propio ego de depredador, fue la secuencia de movimientos fríos que habían ocurrido apenas una hora antes. No vio a Elena dentro de su coche n***o, respirando hondo mientras se deslizaba un anillo de diamantes de la mano izquierda —una pieza de platino que pesaba más que su propia alma— para esconderlo en el fondo más oscuro de su bolso de diseñador. ​Julian no vio que ella no estaba allí por azar. Él no sabía que Elena conocía su horario de ensayos al minuto, que había estudiado sus entrevistas hasta descubrir su debilidad casi patológica por las "mujeres normales" y desvalidas. Ella no era un ciervo perdido en el claro; era una estratega que había diseñado su propia trampa. Elena Valerri no había ido a ser salvada, sino a salvarse a sí misma usando al único hombre lo suficientemente ególatra como para no hacer preguntas. ​Ella no era la presa. Era el cazador que, tras años de vivir encadenada, había decidido que esa noche, el trofeo de su libertad sería él. Y Julian Vance acababa de entregarle el arma cargada con su propia firma.
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