—Si ése es el caso, me alegro de haber comprado a Mercurio. Como si sus palabras hicieran recordar a Sabrina que Mercurio no era lo único que había comprado, se ruborizó y dijo a toda prisa: —Estoy olvidando los buenos modales. ¿No tendría la bondad Su Señoría de sentarse? —Me pregunte si lo haría usted— contestó el onde. —Lo… lo siento mucho— contestó Sabrina—. Debe perdonarme, pero he estado tan ansiosa, tan preocupada… Se detuvo y como el Conde permaneciera de pie, mirándola, añadió: —Me temo que… también me olvidé… de hacerle una reverencia. El Conde se dirigió hacia el sillón que había junto a la chimenea y se sentó. —Creo que tenemos muchas cosas de qué hablar, señorita Melton. Sabrina se sentó frente a él, en la orilla de su silla y colocando las manos en el regazo, pareció

