Llevaba puesta una larga bata de brocado, con cuello de terciopelo por encima del cual asomaban los volantes blancos de su camisón. Estaba en extremo atractivo y había una cierta expresión de bucanero en sus ojos. Sabrina bajó el libro. —¡Vino a darme las buenas noches! — exclamó con una nota de alegría en su voz—. ¡Qué amable! ¡No sabe cuánto he echado de menos la visita que mamá me hacía todas las noches cuando ya estaba acostada! El Conde cruzó con lentitud la habitación y cuando llegó al lado de Sabrina, se sentó en la cama, frente a ella. Se veía pequeñita y muy frágil, contra las grandes almohadas con sus orillas plegadas. La luz de las velas brillaba en su cabello produciendo reflejos dorados y el conde vio que tenía puesto un camisón de muselina, que se abotonaba en lo alto, c

