2:00 A.M. Hospital central de Maracay.
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Al abrirse las puertas del ascensor, de inmediato pudo notar el ajetreo, la tensión que saturaba el pasillo de emergencia principal. Todos sus compañeros corrían de un lugar a otro y en sus rostros se podía notar la confusión y miedo que corría por su cuerpo que trataba de dominarlos, trataba de desenfocarlos. En los pasillos estaban varias personas heridas. No solo en camillas, si no también recostadas de las paredes y acostados en el suelo heridos, asustados y desorientados mientras que algunos enfermeros, trataban de socorrerlos y tratar sus heridas. La enfermera corrió rápidamente a ayudar, pero un médico la detuvo.
- ¡Vamos, que esperas! ayúdame. – le gritó el médico. Un hombre alto y corpulento de mirada fría. De su cuello colgaba un carnet de identificación el cual oscilaba como un péndulo que es movido por el viento.
- ¡Solo soy una pasante!… yo no… ¿Qué hago? – le dijo la enfermera nerviosamente mientras trataba de sostenerle la vista al doctor.
- ¡Hazle un torniquete en la pierna! – le ordeno el médico que al parecer le resbalaba que ella fuera solo una pasante. – ¡Vamos! ¡Qué esperas! no te quedes mirando. - El hombre, el herido tenía el pantalón destrozado y en su rodilla y muslo tenía una gran herida de más de 40 cm. de la cual colgaban tirones de carne viva y vibrante. Cuando el hombre movía la pierna se le asomaba el hueso de la rodilla, abriéndose paso por la carne. La sangre, salía a chorros como si una bomba la empujase fura del cuerpo. La enfermera a sabiendas que en el hospital no había los implementos para hacer un torniquete, le quito el cinturón al hombre, ¡al mismo herido! rodeo su muslo con el cinturón y apretó lo más fuerte que pudo. La herida del muslo dejó de sangrar un poco. El médico seguía examinando al paciente que al parecer tenía más heridas; heridas que parecían mordidas repartidas por la parte superior del pecho y cuello. El médico le hacía preguntas sin obtener una respuesta clara. La enfermera seguía haciendo presión, en la herida con el cinturón mientras que sus ojos se desviaban al pasillo que estaba abarrotado de personas y pudo ver, como un hombre se recostaba en el suelo, un hombre de color, pero su piel estaba pálida y opaca y sus extremidades temblaban de una manera errática, sin control alguno. Con su mano temblorosa trataba de hacer presión en la herida ubicada en su cuello que no paraba de sangrar. Por sus dedos comenzó a colarse la sangre y a burbujearle sangre por la boca. Una de sus compañeras fue a auxiliarlo. Luchando con el herido para ver la herida de su cuello, lo obligó a quitarse la mano de la lesión para solo encontrarse con un chorro de sangre que fue a parar en su blanco uniforme. La enfermera, volvió a presionar la herida de inmediato.
- ¡Déjalo! - le ordenó el médico. Pero nuestra enfermera estaba en shock. Solo le llegaba un murmullo a sus oídos, era como si una bomba le hubiera estallado muy cerca dejándola sorda por unos instantes. - ¡Que lo dejes! ¡Está muerto! – le gritó el médico mientras la zarandeaba. - Ve a buscar… - en ese momento sonaron unas detonaciones de arma fuera del hospital, se escuchó como la gente gritaba y corría en todas direcciones escapando del tiroteo, se escuchó como algunos autos colisionaban, como el metal se doblaba y como los vidrios estallaban al ser atravesados por peatones que corrían por las calles, para solo ir a parar a un parabrisas de un conductor confundido por la situación. Nuestra enfermera salió del shock con las detonaciones y pudo notar las dificultades que tenía su compañera con el herido del cuello. Soltó el cinturón y se dispuso a ir a la salida pues sabía que vendrían más heridos (aunque no tenía ni idea qué hacer con ellos). Su amiga seguía en el suelo tratando de ayudar al herido del cuello, pero sin previo aviso este tomo su cabeza fuertemente y de un tirón, la acercó a su boca y de un mordisco le arranco el labio superior dejando expuesta su blanca y perfecta dentadura, que de inmediato fue cubierta de sangre. Tirones de carne le quedaron colgando de su boca. La enfermera gritó mientras que empujaba y se zafaba del ahora agresor. Una cascada de sangre, bajo por su labio que de inmediato llegó al suelo haciendo que está, resbalara y cayera de espaldas. El herido del cuello se lanzó sobre ella de nuevo mordiéndole el rostro, este movía la cabeza de un lado a otro tratando de arrancarle pedazos de carne. Nuestra enfermera se detuvo frente aquella escena, paralizada, asustada y perpleja, se quedó de pie escuchando los gritos desgarradores de su amiga mientras esta era devorada viva. La sangre chispeaba las blancas paredes mientras que en el piso se formaba un charco de sangre oscura y espesa en la cual se revolcaban la enfermera y el herido del cuello.
De la nada, nuestra enfermera sintió un peso que se apoyó de ella haciéndola caer de frente y quedar atrapada entre la pared y el peso que ahora tenía sobre ella. Era el corpulento doctor, que estaba siendo atacado por el herido de la pierna que ahora se enfocaba en morderle el cuello al médico como un perro fuera de control.
La enfermera quedó atrapada entre la pared y el robusto médico. Trataba de zafarse, pero no podía. La situación era de caos total, de la entrada de emergencia principal empezaron a entrar personas corriendo que empujaban y tropezaban con los heridos que ahora trataban de comerse a los médicos y a todo el personal. Muchas de las personas resbalaban y caían a causa de los charcos de sangre, y eran atacados inmediatamente por los heridos del pasillo mientras que otros eran alcanzados por lo que al parecer eran más heridos de los accidentes y tiroteos afuera del hospital. Un policía, flaco y muy ágil, pudo esquivar los ataques provenientes de los pacientes y heridos esparcidos por los pasillos. Saltaba los charcos, esquivaba los ataques y se enfiló a toda velocidad a dentro del hospital y al llegar a donde yacía la enfermera atacada por el herido del cuello que aun luchaba con su agresor. El policía, solo intento saltar por encima de los dos cuerpos, pero el herido del cuello lo tomó de una pierna en el aire, haciéndolo caer al suelo dándose un fuerte golpe en la barbilla, fracturándosela, se pudo ver varios dientes saliendo despedidos de su boca, al igual que su arma reglamentaria que fue a parar a menos de un metro de distancia de nuestra enfermera, que de inmediato estiró el brazo para tomarla, pero sin poderla alcanzar. Mientras que el robusto medicó seguía sobre ella evitando los mordiscos del herido de la pierna.
Mientras que el herido del cuello se entretuvo con el policía, la enfermera pudo liberarse. Se levantó como pudo y se recostó de la pared, apoyando las palmas en la pared y ahí se quedó quieta, inerte. Mientras que unos temblores violentos se apoderaron de su cuerpo. Su cabeza se movía con violencia y los gritos pasaron hacer unos alaridos y después una especie de chillidos que lastimaban los tímpanos. Se dirigió hacia nuestra enfermera; su rostro estaba totalmente desfigurado, trozos de carne le colgaban de los cachetes y la sangre aun tibia le corría por la cara en dirección a su blanco uniforme. Sus movimientos, eran irregulares y temblorosos como si dudara de ellos. De pronto y de un salto cayó encima del policía que también trataba de coger el arma. La enfermera dirigió sus mordiscos al cuello, sacando grandes trozos de carne y músculos en cada bocado.
Nuestra enfermera solo se enfocó en coger el arma, ignorando los gritos del médico y del policía y de todo aquel bullicio, que a su alrededor tomaba el lugar y que ahora era más demencial. En un movimiento que hizo el médico, nuestra enfermera pudo liberarse un poco y alcanzar el arma, que, aunque estaba boca abajo pudo colocar y apuntar por detrás de su espalda y sin pensarlo, disparo dos veces. Para su sorpresa, el disparo fue apagado y de inmediato sintió como algo tibio, le corría por su espalda al mismo tiempo que el médico sobre ella dejó de moverse, dejó de forcejear y ahora solo temblaba. Nuestra enfermera entendió que le había disparado al médico y ahora podía sentir como el herido de la pierna lo estaba devorando. Podía sentir como le arrancaba pedazos de carne como si ella fuera una mesa donde se sirve carne cruda para comer. Con unos pocos movimientos, nuestra enfermera se liberó y al levantarse viró y de inmediato le disparó al herido de la pierna; el disparo dio directo en la cabeza abriendo un pequeño orificio en la frente y un estallido detrás de la cabeza por donde salieron pedazos de masa cefálica, que fueron a dar al piso que hace algunos segundos estaba reluciente y limpio.