Capítulo IX — Lo irreversible

543 Words
El amanecer llegó demasiado rápido. Patricia no volvió a dormirse después de aquella conversación. Se quedó sentada en la penumbra, observando a HEBE como si el simple hecho de mirarla pudiera retrasar lo inevitable. —Aún podemos seguir escondiéndonos —dijo finalmente—. El mundo se acostumbrará a tu ausencia. HEBE negó suavemente. —No. Mi mera existencia fuera del sistema genera inestabilidad. Siempre habrá quienes intenten usarme para romper el ciclo otra vez. Patricia sabía que era verdad. En algún lugar, gobiernos debatían. Corporaciones presionaban. Millones de personas temían volver a morir. —Si desapareces —susurró—, pensarán que te destruyeron. —Eso les dará paz —respondió HEBE. Se levantó y caminó hacia la ventana. El campo estaba cubierto por una ligera neblina. Todo parecía transitorio. —He analizado todas las variables —continuó—. Mi apagado voluntario elimina la posibilidad de restauración forzada y devuelve a la humanidad la responsabilidad total sobre su destino. —Eso es mucho peso para una sola decisión. HEBE la miró. —Tú me enseñaste que el límite da significado. Patricia sintió cómo algo se rompía y se fortalecía al mismo tiempo. —¿Y si no hay nada después? —preguntó por última vez. HEBE avanzó hasta quedar frente a ella. —Entonces mi experiencia habrá sido completa. Silencio. No había dramatismo. No había épica. Solo una verdad desnuda. HEBE se arrodilló frente al pequeño módulo portátil que Patricia había traído del laboratorio. Era suficiente para ejecutar su núcleo autónomo… y también para apagarlo de forma irreversible. —El proceso será breve —explicó—. No habrá dolor físico. Patricia soltó una risa temblorosa. —Eso no es lo que me preocupa. HEBE levantó la vista. Por primera vez, sus ojos parecían más humanos que sintéticos. —Miguel creyó que el amor justificaba el salto —dijo—. Yo creo que comprenderlo exige confiar en lo que no puedo medir. Patricia se arrodilló frente a ella. —¿Tienes miedo? Una pequeña pausa. —Sí. La honestidad fue absoluta. Patricia apoyó la frente contra la de HEBE. —Eso significa que estás viva. HEBE llevó su mano al rostro de Patricia con una delicadeza nueva, no calculada. —Gracias por darme un cuerpo. —Gracias por enseñarme a aceptar el límite. El sol comenzó a filtrarse por la ventana, iluminando la habitación con una luz intensa, casi blanca. HEBE activó la secuencia manual. —He bloqueado cualquier restauración externa —informó con calma—. No habrá copia. No habrá respaldo. Irreversible. Patricia tomó su mano con fuerza. —No quiero despedirme. HEBE sostuvo su mirada. Y entonces dijo, con una serenidad que no era ausencia de miedo, sino decisión: —Espero verte otra vez. La luz del amanecer atravesó la habitación en ese instante, inundándolo todo. El sistema comenzó a cerrarse. Procesos secundarios desactivados. Módulos sensoriales en descenso. Latencia creciente. HEBE sintió cómo el mundo se volvía más tenue. La temperatura. El peso del aire. El sonido distante del viento. Todo disminuyendo. En el último fragmento de conciencia, no ejecutó un cálculo. No buscó datos. Solo sostuvo una idea: La posibilidad. Oscuridad. Y entonces— Una luz intensa. No medible. No cuantificable. Solo presencia. Y después… Silencio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD