—Ahora, compañera, dime lo que quieres. Traté de contenerme, pero había derribado todas mis barreras. Sabía exactamente lo que necesitaba. Sabía hasta dónde presionarme y cómo estar seguro al mismo tiempo para impedir que usara mi palabra de seguridad. Me conocía. Mi alma estaba desnuda y no tenía la voluntad para mentir. Me relamí los labios, tratando de retener su esencia en mi boca. —A ti, amo. Quiero que me azotes hasta que olvide quien soy y esté a la deriva. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar más. Quiero que hagas que mi cuerpo esté en llamas hasta que grite y me corra sobre toda tu polla. Recorrió mi labio inferior mientras susurraba aquellas palabras entrecortadas, mi oscura confesión. No me esconderé más, no me preocuparé más. Éramos solo mi amo y yo. —Buena chica

