—Detente. ¡Detente! —grité. Iba a morir de placer. De repente, las vibraciones del juguete U y de las gemas en los pezones disminuyeron gradualmente, luego se detuvieron por completo. Tark continuó lamiéndome el clítoris, pero suavemente, como para relajarme. —¿Eso es todo lo que tu cuerpo puede darme, gara? —Sí. —No podía respirar, no podía pensar. Estaba fuera de mí, mi cuerpo no era mío, era suyo. —Sí, ¿qué? —Mordió mi clítoris con sus dientes, gentilmente, y gemí, mi cuerpo era una masa retorcida de nervios altamente estimulados. —Amo. Sí, amo. —Él era el amo de mi cuerpo, y ahora, me temía, amo de mi corazón también. Yo confiaba en él. Me hacía sentir segura y cuidada, protegida y adorada. Con él, no tenía que esconder mi deseo o mi fuego, en sus brazos podía liberarme de todo. P

