Capitulo 8: Al menos, regálame una noche más

1157 Words
Dos semanas habían pasado desde que Estela apareció y de la reunión con mi familia. Dos semanas en las que me había costado incorporarme a la rutina pero la victoria del fin de semana nos había hecho merecedores de un día libre. Los entrenamientos extras habían cesado y la fatiga había disminuido aunque la interacción con mis compañeros y amigos había sido la misma, romper las reglas no era usual en mí. Si mi madre hubiera escogido un segundo nombre para mí seguramente me hubiera llamado el impulsivo. Actuar por impulso era lo que me había llevado demasiado lejos, porque encontraba la valentía en mis miedos y actuaba antes de pensar en las consecuencias. Esta vez no había sido la excepción. Me subí al primer taxi disponible que encontré al salir del aeropuerto. Sin duda no era cómo pensaba pasar mi día libre. Ni cómo debía. El entrenador y la directiva habían sido claros: no involucrarse en actividades peligrosas ni salir del país. El día libre era para relajarnos y disfrutar de nuestra tranquilidad antes de que el ajetreo y el calendario apretado de la temporada nos consumiera más. Una regla que había roto y que probablemente me metería en problemas. Considerando el difícil comienzo que tuve con el equipo gracias a la presión y críticas de la prensa, tomar un vuelo a Alemania no traería ningún beneficio. Desde la ausencia de Estela en mi día a día, en mi buzón de llamadas y mi bandeja de mensajes los días se convirtieron en noches oscuras y difíciles. No tenerla en mi vida era como estar encerrado en una habitación sin ventanas ni puertas, sin interruptor ni iluminación. Las mañanas eran frías aun cuando el calor y el sol quemaban a través de la ventana. Estela se había convertido en mi vida desde el momento en que la profesora de ciencia nos había juntado para el proyecto final. Gracias a su inteligencia, su sensibilidad por la naturaleza y su capacidad de comprender las cosas, yo me había enamorado de ella. La belleza de su sencillez, la visión en encontrar lo hermoso en las pequeñas cosas y la lección aun en las tragedias. Su manera de ver la vida desde otra perspectiva era algo que yo no había aprendido y seguía sin encontrarle sentido. Era por eso que una vez más me negaba a aceptar su ausencia y su frialdad. Su falta de respuestas me llevaba a la locura. Lo mío cuando se trataba de ella era romper todas las reglas y una vez más aquí me encontraba frente al gran edificio de departamentos donde alguna vez vivimos juntos. Sonaba intenso y descabellado, pero no lo era. Para ser poco más del mediodía el clima en Colonia era más caliente de lo que recordaba, la pequeña corriente de aire era lo que hacía que el calor no fuera tan desgarrador. El edificio seguía tal como lo recordaba hace unos meses, no había cambiado nada. Ni siquiera la ausencia de Rudolf, el guardia que casi nunca estaba. El vestíbulo seguía oliendo a pino fresco y a trapo viejo. Solté una pequeña risa, seguramente Rudolf seguía sin comprar un nuevo trapeador. Las pequeñas puertas de metal del elevador tenían un letrero que decía: fuera de servicio. Perfecto, tendría que subir los cinco pisos que llevaban al departamento quinientos veintinueve. Irónico, coincidencia o destino como el número veintinueve se seguía manifestando en nuestra historia. Agradecí que mi trabajo requiriera de buena condición física para poder subir los cinco pisos de escaleras sin tener que detenerme. Pero me intrigaba saber ¿cómo le hacía Estela para subirlas? si la actividad física nunca fue su fuerte y cualquier esfuerzo físico era un sacrificio para ella. Solté una pequeña risa irónica por todas las veces que la obligué a soltar su lectura para que me acompañara a correr. Con ella era discutir y quejarse todo el camino pero lo hacía previniendo alguna situación como esta, donde el elevador no funcionaba. Aun así, ahora me sentía culpable por haberla forzado. Me detuve frente a la segunda puerta de madera blanca con el número plateado colgado en el centro a juego con la cerradura, del lado derecho se encontraba el timbre. Una vez más no pude espantar el sentimiento que evocaba volver, el sentimiento de miedo y culpa. Lo que creí que disminuiría al volver incrementaba, me faltaba el aire mientras sentía el latir desbocado de mi corazón. La valentía que venía experimentando todo el camino se había desvanecido y ahora me sentía un cobarde. La puerta frente a mí era lo único que me separaba de ella. Ya no era la distancia de un país a otro, ni nuestro trabajo ni las horas. ¿Cómo era posible que el lugar que antes había sido mi hogar ahora me aterrara? ¿Cómo había pasado de un lugar seguro a uno completamente desconocido? Tragué fuerte el nudo que sentía en la garganta junto con la ola de emociones que amenazaba con revolcarme. La película de recuerdos aparecía como destellos, recordando todo lo que significaba ese departamento. El departamento quinientos veintinueve era donde había nacido y dejado a mi primer amor. Era un pedazo de mí y de Estela, era mi historia, la de ella y la nuestra. Era nuestro pasado pero nunca sería nuestro futuro. Aun recordaba la cantidad de regaños que habíamos recibido cuando explicamos que viviríamos juntos a los diecinueve años, para el mundo éramos demasiado jóvenes, pero nosotros éramos dos adolescentes demasiado enamorados y rebeldes como para importarnos. Porque mi amor por Estela no tenía ni edad ni tiempo, mucho menos fecha de caducidad. Solté un fuerte suspiro para controlar mi respiración y encontrar valentía suficiente, al mismo tiempo que presionaba el timbre. Esperé un minuto, dos, el silencio del pasillo era casi tan fuerte como mi respiración. Ningún sonido se escuchaba del otro lado de la puerta, en realidad no se escuchaba sonido alguno de ninguno de los departamentos del piso ni siquiera el perro ladrar de la vecina de enfrente. Espere otro minuto por alguna señal de su presencia. Silencio. Estela, no estaba en casa. Me sentía estupido por pensar que podría llegar y mágicamente arreglar las cosas. Arrepentido por haber hecho tal esfuerzo y no lograr verla siquiera por un segundo di media vuelta camino a las escaleras cuando escuché el ruido de una cerradura y la puerta abrirse. Me giré inseguro de escuchar la puerta correcta pero me paralicé al verla. Volteó a su izquierda y luego a la derecha, nuestras miradas se encontraron y sentí el mundo detenerse. Era imposible y sin embargo ahí estaba. Su rostro se transformó sorprendida abriendo paso a una sonrisa tímida, mientras el brillo en su mirada me desarmaba. La última vez que vi esos ojos cafés así de cerca brillaban por las lágrimas y la tristeza mientras me suplicaba que no me fuera, que nos quedáramos en Colonia. —Hola —murmuré, apenas audible.
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