De pronto parecía como si hubiera olvidado hablar. Y de los mil encuentros ensayados en mi cabeza, este era el que no había practicado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sorprendida.
—Si quieres, puedo irme.
El dolor comenzaba a dejarme un sabor amargo.
En definitiva, esa no era la bienvenida que esperaba. Realmente era Estela, mi Estela y yo estaba actuando como un verdadero idiota. Sentía como si el tiempo hubiera retrocedido y ahora tenía diecisiete y no veintiuno, la sensación de nerviosismo era la misma que sentí en nuestra primera cita.
—No, no es solo que no esperaba tu visita… —respondió apresurada—. ¡Pasa, pasa! —Se apartó.
El primer paso dentro de aquellas paredes me erizó cada cabello, mientras que un escalofrío me recorría hasta la punta del pie. Era una sensación conocida y a la vez extraña. Era una mezcla de felicidad con melancolía. Observé cada rincón con prisa, no quería verme como un fisgón, aun así no lo pude evitar.
—No hay nada… —murmuré, en medio de la sala.
Solo permanecía el sofá gris y la mesa de vidrio del comedor junto con los electrodomésticos de la cocina que nos habían proporcionado cuando firmamos el contrato de renta. Ni siquiera algún cojín o alfombra nueva. Las fotos de nosotros o de Baku colgadas en la pared del recibidor habían desaparecido. Cada rincón tenía una historia que contar por más vacío y solitario que se mirara el piso. Sobre el sofá por la mitad seguía el último libro que la había visto leer.
—Si bueno, te llevaste todo —respondió encogiéndose de hombros.
La blusa blanca le colgaba de un hombro, revelando los huesos de su clavícula. No solo se había cortado el cabello, también había perdido peso. Las ojeras bajo sus ojos y las mejillas prominentes eran reflejo de su falta de sueño y seguramente su falta de apetito.
—¿Cómo estás? —hablé inseguro de si esas debían ser mis primeras palabras, pero no encontraba una mejor manera de romper el hielo.
—¿Cómo te trata Londres? —preguntó evadiendo mi pregunta.
—No como esperaba —confesé.
—¿Conociste a alguien?
Me sostuvo la mirada curiosa un par de segundos. Sus ojos eran más oscuros de lo que recordaba y aún así no pude descifrar si estaba celosa o no. Su tono de voz sonaba más como una pregunta provocadora que una honesta. Una manera de iniciar una discusión y una excusa para echarme.
—Estela… —reprendí.
—Lo siento… tenía que preguntar.
Se encogió de hombros mientras caminaba a la cocina. Era la naturalidad de sus movimientos, la imagen de lo cotidiano lo que extrañaba. Eran las pequeñas charlas del desayuno antes de irme a entrenar y al volver, eran los días libres en el sillón o viendo películas.
—Vine a arreglar las cosas entre nosotros, no a terminarlas de fragmentar —expresé finalmente.
—Es la vida que deseabas, una nueva oportunidad.
Sus frías palabras me cayeron como balde de agua fría. En ellas podía sentir el resentimiento y el dolor. No podría decir con exactitud quién había lastimado a quien, pero si estaba seguro de que yo era el mayor culpable.
—Sí, pero no tiene sentido si tú no estás.
—Sabes que no puedo acompañarte como deseas, mi vida está acá —señaló el departamento.
Estela no quería irse de Colonia. Me lo había dejado claro aquel día que emocionado le conté del nuevo contrato y el nuevo equipo.
Se sentía tan injusto que por una decisión mía la había perdido. Una decisión que creí nos uniría, en realidad nos había separado.
Podía sentir su resentimiento en cada palabra, aún no me perdonaba.
—No tienen porque ser diferentes, si los dos queremos estar juntos… —expresé ilusionado.
Si ella no quería ir yo podía venir. Mantener una relación a larga distancia hasta que estuviera lista para alcanzarme. Podría esperarla. Ese siempre había sido el segundo plan que nunca me dejó explicar.
—No creo que sea… conveniente.
Caminé hasta ella del otro lado de la isla de mármol que separaba la cocina de la sala. Frente a mí, Estela parecía aún más pequeña y frágil. Mi imponente estatura nunca había parecido un problema, excepto que ahora mi cuerpo era más musculoso que tocarla o sostenerla entre mis brazos me aterraba. Temía romper su delgada silueta.
Di un par de pasos más hasta quedar frente a ella, tome sus manos entre las mías, estaban frías y podría jurar que la sentía temblar. Me parecía extraño, dentro no hacía tanto frío.
Los minutos pasaban y yo no encontraba las palabras perfectas para hacerla cambiar de opinión y que me amara otra vez. Persuadirla parecía más descabellado que todo mi viaje, no había manera de que Estela volviera conmigo. De pronto no tenía argumentos ni palabras, me sentía vulnerable y frágil, frente a ella no podía seguir aparentando ser fuerte no cuando era mi debilidad.
Parpadee un par de veces hasta sentir las mejillas calientes y húmedas, lágrimas.
—Al menos, regálame una noche más… —rogué observándola con mi intensa mirada azul— déjame soñar.
Guardó silencio unos segundos que se sintieron como horas de agonía, mientras la esperanza se desvanecía con ellos. No quería regresar a Londres sin ella, pero la opción de pasar la noche con ella parecía el premio de consolación más fácil.
—Supongo que los sueños solo duelen cuando los despiertas —murmuró colocando una mano sobre mi mejilla sus fríos dedos acariciaban cada centímetro mientras sentía recorrer una lágrima de felicidad o de tristeza.
A veces, los sueños eran una manera de manifestar lo que deseábamos y en ese momento yo solo deseaba una cosa.
Una persona.
Estela.
Porque los sueños se convertían en deseos y después en realidad. Mi amor por ella era tan real como cualquier otro sueño. Estela era lo único que necesitaba para sentirme bien, para sentirme vivo.
No me había dado cuenta cuánto la había extrañado, hasta que posó su cabeza sobre mi hombro y el olor de su champú invadió mi nariz. Deseaba besarla, sentir sus cálidos y finos labios sobre los míos y fundirnos en el calor de nuestros cuerpos, pero no podía arruinar el momento así.
Si Estela fuera una estrella fugaz yo cerraría los ojos y pediría por ella.
El momento era mil veces mejor de lo que imaginé pero aun entre tanta felicidad no podía quedarme con la duda.
—¿Estela? —llamé su atención— ¿Qué hacías en Londres?
Su cuerpo se tensó y después dijo:
—Tú me llamaste.