La brisa de la tarde rozó mi rostro como un susurro, delicado y cálido mientras Baku caminaba frente a mí tranquilo, sin ninguna prisa o mortificación completamente absorto en su mundo.
El camino al parque era breve, tal vez unos diez minutos caminando desde casa. Atravesábamos el vecindario observando sus múltiples extravagantes casas, doblamos en la esquina del roble viejo y la casa blanca y seguimos derecho hasta llegar a su lugar favorito.
La correa roja resaltaba con el dorado de su pelaje que brillaba con los rayos de sol.
No éramos los únicos, que habían decidido salir a disfrutar de la bella tarde. A nuestros alrededores, parejas o familias sentados en el césped sobre alguna manta disfrutando de algún bocadillo o simplemente conversando.
El cielo despejado con apenas un par de nubes visibles, el color azul desvanecido por los tonos naranjas y rojos del atardecer. El olor a césped y a aire fresco llenaba mis pulmones. Nunca me cansaría de esa fragancia ni siquiera cuando entraba al campo de juego.
Baku jugaba y correteaba liberando la energía acumulada a través del día, en ocasiones no entendía dónde almacenaba tanta y después recordaba que en casa pasaba gran parte del tiempo dormido hasta que yo volvía de entrenar. Nuestros paseos por el parque eran nuestro momento, un momento muy padre e hijo a mi parecer. Dejar a Baku los días que tenía que viajar en algún hotel para perros me dejaba un vacío en el pecho, aún cuando sabía que lo trataban como rey.
Me dejé caer en la primera banca que encontré disponible, aún vestía la ropa de la comida familiar, solo había llegado a casa tomado la correa y salí con Baku. No le di tiempo a los comentarios y a las conversaciones de mis hermanos. Salir del restaurante de esa manera se había sentido como un berrinche, pero eran mis emociones, mi paz mental y no estaba dispuesto a tolerar que siguieran opinando como si no tuviera sentimientos. Sabía que mamá, Kal y Kylian se preocupaban por mí, pero como familia no tenían la empatía en cuanto a mi situación. Todos hablaban, todos me aconsejaban y todos me regañaban como si yo fuera el culpable, pero nadie era lo suficientemente valiente para ponerse en mis zapatos.
Solo había una persona que sí y parecía ser la que menos lo hacía.
Un ladrido agudo me sobresaltó e instintivamente busqué con la mirada.
Un blue heeler corría desbocado en nuestra dirección y en un abrir y cerrar de ojos Baku ya se encontraba sobre él. Instintivamente me levanté de mi asiento preocupado intentando sostener la correa de mi perro pero estos ya estaban jugueteando.
Solté un suspiro de alivio cuando me aseguré de que realmente estuvieran jugando y no peleando.
El perro desconocido era la mitad del tamaño de Baku.
—¡Ragnar, tranquilo! —habló una voz femenina acercándose a mi derecha.
La chica de cabello castaño claro que caía más allá de sus hombros como cascada en ligeras ondas, piel dorada y estatura promedio para alguien tan alto como yo. Se arrodilló para separar las correas que en el revuelo se habían enredado, pero antes de que pudiera tomarlas, Baku extasiado la tackleó.
—¡Bakú! —reprendí furioso separándolo de la chica que ya hacía en el suelo— Lo siento, mucho… Bakú se emociona cuando ve a otras personas.
Podía sentir mis mejillas arder avergonzado. El golden retriever nunca se había comportado así con nadie, ni siquiera con mi familia.
La chica soltó una pequeña risa mientras se sacudía.
—No te preocupes —expresó recuperando la compostura—. Ragnar tampoco se comporta cuando ve perros nuevos.
Alcé una ceja, divertido.
—¿Ragnar? —pregunté a la vez que acariciaba al blue heeler que recargaba sus cortas patas sobre mi pierna— un nombre bastante interesante.
El perro de orejas respingadas era mucho más noble y obediente que muchos perros que conocía.
—Si bueno —respondió frotándose la sien— Lo adopté hace dos años, era el más pequeño de su camada y nadie pensaba que iba a sobrevivir… así que le puse Ragnar. Quería que tuviera un nombre de guerrero.
—Pues parece que le queda perfecto. Es bastante fuerte —expresé aún acariciando al perro.
Podía sentir su mirada mientras tomaba asiento en la banca y Baku se acercaba a ella. Era extraño convivir con otros perros y sus dueños, rara vez nos deteníamos a conversar, en realidad los amigos de Baku eran los mismos que se quedaban en el hotel para perros. Y cuando nos deteníamos era porque alguien me había reconocido y quería un autógrafo o foto.
—¿Baku? —inquirió.
Guardé silencio unos segundos, me daba vergüenza revelar el verdadero motivo del porqué Baku se llamaba así.
Fui honesto.
—Por la Fórmula 1 —sentí mis mejillas sonrojarse. Mi razón no era nada heroico comparado al de ella, era muy infantil de mi parte. Aunque como futbolista profesional se esperaba algo más creativo y no el reflejo de un fanatismo—. El circuito callejero de Bakú.
La chica asintió convenciéndose de mi explicación, cruzó los brazos sobre su pecho más como un acto para mantenerse caliente. El sol había bajado y la temperatura también, el fresco de la noche se avecinaba y el chaleco café que vestía no sería abrigo suficiente para mantener la temperatura.
—¿Entonces no es nada relacionado con la mitología japonesa? —preguntó y alcé la ceja curioso y confundido. Añadió:— Sí, ya sabes la criatura que se comía las pesadillas o algo así —Negué aún más confundido— ¡Demonios! me haces sentir como una otaku.
Solté una carcajada.
—¿Y lo eres?
—¡No! —respondió rápidamente— pero lo aprendí por alguien que sí.
Desvió la mirada con sus mejillas ligeramente sonrojadas mientras acomodaba un mechón de cabello que la fina corriente aire despeinó. El olor de su perfume me invadió, una mezcla dulce entre floral y una sutil nota a coco que podía percibir al final.
La chica era naturalmente hermosa. Sus claros ojos eran una mezcla entre amarillo y verde, aunque eran pequeños no pude evitar sentirme nervioso bajo su mirada.
—Pues parece que esa persona nos acaba de revelar algo de Baku que no conocíamos.
Observé al perro recostado junto a Ragnar después del caos que causaron. Tal vez la chica tenía razón, los días que más me costaba dormir y que los sueños me atormentaban en la madrugada, Baku subía a la cama y dormía conmigo.
Ver a ambos perros juntos era como si se conocieran de toda la vida, era como si fueran los mejores amigos perrunos que pudieran tener.
Solté un suspiro mientras sentía una pequeña presión en el pecho al darme cuenta de algo, después del abandono de Estela, Baku también necesitaba compañía. Porque no siempre podía darle la atención que necesitaba, no cuando me tocaba viajar.
—Soy Solana —La chica extendió su mano mientras sonreía ampliamente.
Guardé silencio incapaz de decir mi nombre.
—Kyle —respondí finalmente sosteniéndola.
El corto tacto con ella me puso nervioso, era la primera vez en mucho tiempo que me tenía que presentar y que no me conocían de primera instancia. Inclusive mi nombre sonaba extraño saliendo de mis labios, casi irreconocible.
Solana, en realidad, era la primera persona que parecía no conocerme, ni mi profesión. Y agradecí un poco de normalidad.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó.
—Solo cuando mi trabajo me lo permite o necesito despejarme —respondí.
—Entonces, quizá los vea más seguido —expresó con una pequeña sonrisa.
El pelaje brilloso de Ragnar era una mezcla de grises, blancos y negros, sus patas un poco más cortas y sus orejas respingadas. Era el perro más noble y obediente que había conocido, ni siquiera Baku respondía a mi llamado como lo hizo Ragnar cuando Solana lo llamó para despedirse.
—Supongo que a Baku le gustaría eso.
—Un gusto, Kyle —dijo y se marchó.
La observé hasta perderla de vista, que extraño se sentía socializar como algo que era un acto natural. Fue en ese momento cuando me di cuenta que como futbolista profesional había perdido el derecho a lo cotidiano, a la banalidad de las cosas. Todo el mundo se acercaba diciendo conocerme, pero yo no los conocía y para ser honestos, yo tampoco creía conocerme.
Agradecí a Solana, por regalarme cinco minutos de normalidad.