—Bueno —dijo finalmente, apartándose para tomar una bandeja del mostrador—. Parece que llegaste al lugar indicado para refugiarte ¿qué se te antoja?
—¿Qué es lo que recomiendas?
—Mmh, tenemos una gran variedad de panes pero te puedo recomendar mi favorito, una concha de chocolate —fruncí el ceño confundido—. Una tradición mexicana —explicó.
—Suena… interesante —expresé inseguro.
—Puedes tomar asiento si gustas, en un momento te lo llevo a tu mesa —respondió desapareciendo en la cocina.
Confundido tomé asiento en la primera mesa pegada a la ventana, me gustaba ver la lluvia caer a pesar de que ya había cesado había algo placentero en el piso mojado y el cielo gris. Baku se recostó a mi costado, con la cabeza recargada sobre sus patas. Un par de minutos después, Solana volvió con dos platos con lo que asumí era el pan que mencionó.
—Esta es la concha. Es algo parecido a un pan brioche con cubierta de azúcar y estos cortes hacen que simulé una concha de mar, de ahí el nombre —explicó señalando cada parte del pan como si de una obra de arte se tratase.
Observé aun confundido como si me estuviera hablando en otro idioma, mientras que ella sonreía ampliamente emocionada.
La panadería era una ciencia y el panadero el científico que se encargaba de sacar los postres más deliciosos de las recetas más complejas. Solana parecía conocer más de lo que imaginaba, en su delantal cubierto de harina había más tradiciones que solo el baguette y croissant.
Tomé el pan en mis manos confundido de como debía comerlo, con la mirada me incitó a morderlo y pude sentir mis papilas gustativas dilatarse. La esponjosidad del pan volvía a su lugar incluso después de aplastarlo, el balance perfecto entre lo dulce y la pequeña nota chocolatosa. Era como morder un pedacito de nube que soltaba pequeñas moronas al morder. No recordaba haber probado un pan parecido o mejor que este. Era simplemente perfecto.
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos durante unos segundos más de lo necesario a la espera de mi respuesta. Sentí algo incómodo moverse en mi pecho. No era exactamente nervios… ni tampoco culpa. O tal vez sí. Porque en algún lugar de mi cabeza apareció el recuerdo de Estela. La manera que cerraba los ojos cada que mordía su pan favorito. Y por un momento tuve la absurda sensación de estar haciendo algo mal.
Aparté la mirada hacia la ventana, donde la lluvia seguía cayendo con fuerza.
—Nunca había probado algo parecido…
—No eres de aquí —dijo Solana.
La miré de nuevo.
—¿Tan evidente es?
Soltó una pequeña risa.
Su risa sonaba al son de la lluvia y sus vibraciones provocan algo en mí. Algo diferente que no podía explicar pero que podía sentir, lo sabía por la manera en la que mis hombros y mi cuerpo se relajaba en la silla.
—Un poco —respondió con una media sonrisa—. Tienes ese aire de quien todavía se pelea con el clima y no sabe si saludar o pedir disculpas al entrar a un sitio.
—Me mudé hace poco.
—Eso explica todo.
—¿El qué?
—La panadería está llena de clientes frecuentes y personas que viven en los alrededores que cuando un extraño viene se nota.
—¿Lo dices por mi acento? —cuestioné mordiendo el suave pan una vez más y sintiendo como se desbarataba sobre mis dedos.
—Lo digo por tu presencia. Alguien tan alto y atractivo como tú no puede pasar desapercibido —Sentí mis mejillas sonrojarse, un acto muy humano que tenía demasiado tiempo sin sentir y que en menos de una hora ya había perdido la cuenta.
Tragué fuerte incapaz de saber cómo responder. Pero una vez más, Baku ladró provocando que las pocas personas en la panadería nos voltearan a ver sobresaltadas inclusive Solana.
Lo observé furioso por su falta de comportamiento, era inusual en él ladrar en lugares públicos al menos de que se sintiera amenazado sin embargo, este ladrido había sido diferente. Más breve, más sutil casi como un quejido, era para avisar que alguien estaba parado frente a nosotros.
Un niño de alrededor de nueve años se acercó tímidamente a nuestra mesa mientras sostenía una servilleta arrugada y una pluma entre sus manos. Al fondo su madre lo esperaba sosteniendo una caja de pan, y se disculpó a la distancia por la molestia de habernos interrumpido.
—Hola… —habló el niño tímido. En sus oscuros ojos podía ver la emoción que se esforzaba por contener— ¿Me regalarías un autógrafo?
Asentí tomando el papel y la pluma. Mientras el niño observaba aún más emocionado, este era el momento que le contaría a sus amigos en la escuela y probablemente a sus amigos cuando fuera adulto; mi imperfecta firma en una servilleta arrugada serían la única evidencia que tendrá para demostrar que no se había inventado la historia de como Kyle Reinhardt le había regalado un autógrafo. Cuando de niños se trataba siempre tenía un espacio porque sabía que mis actos tenían un impacto positivo en ellos y ese simple detalle podía hacer la diferencia.
El niño me regaló un rápido abrazo y volvió corriendo contento con su madre, me despedí a la distancia antes de que desaparecieran tras la puerta de cristal.
Solana me observaba interrogante.
—¿Te gusta el fútbol? —cuestioné.
—No, me parece absurdo y ridículo que la gente se apasione por cosas tan banales como un partido de fútbol —El tono aburrido de su voz me provocó una sensación de ¿tristeza?
—Eso explica todo —respondí con su mismo tono.
—¿El qué?
—El porque no entendiste la emoción del niño. No soy nadie importante, soy un poco aburrido e inclusive una de las razones por las que la gente se apasiona por cosas tan banales como un partido de fútbol.
—Eres futbolista —Una afirmación más que una pregunta— ¿En qué equipo juegas?
—Chelsea —respondí restándole importancia.
Había algo divertido en el cambio de su rostro sorprendida. En como sus pobladas cejas la hacían más expresiva y cualquier sentimiento que intentara ocultar, ese pequeño gesto la delataba.
—¿Estás bromeando? —negué— ¡Dios mío! y ¿se te ocurrió venir a una zona donde sudan y lloran rojo? A la zona donde se encuentra la afición de Arsenal —reveló, sorprendida.
—¿Te preocupa que esté aquí? —alcé una ceja curioso— Me puedo ir sin problema.
—No, no. Me tomaste por sorpresa —respondió apresurada—. Los aficionados no suelen ser muy amigables, cuando del rival se trata .
Solté una pequeña risa divertido, mientras sarcásticamente pensaba en cuán familiar me eran los malos comentarios e insultos de las aficiones rivales.
—Bueno, al menos la chica de la panadería si lo fue —Agradecí con una pequeña sonrisa—. Será mejor que me vaya, ya es tarde.
Me levanté de mi asiento y sostuve la correa de Baku para marcharnos.
Solana me regaló una sonrisa tímida y dijo:
—Vuelve pronto… si te sientes con el valor para desafiar a los aficionados del Arsenal.
Solté una carcajada y me despedí con un pequeño gesto de la mano antes de empujar la puerta de cristal. La campanilla volvió a sonar mientras salía a la calle, donde la lluvia ya había cesado.
Baku caminaba a mi lado, moviendo la cola con entusiasmo, como si también hubiera disfrutado de la visita.
El cielo ya estaba despejado, la banqueta y las calles seguían húmedas y la oscuridad de la noche ya caía sobre la ciudad, di un par de pasos más y no pude evitar mirar por encima de mi hombro hacía la ventana de la panadería. La luz cálida del interior contrastaba con el gris del cielo londinense, y por un instante alcancé a verla detrás del mostrador, acomodando una bandeja, tranquila como si nada extraordinario hubiera pasado.
Aparté la mirada, pero algo en la parte superior del local llamó mi atención, en letras grandes y luminosas se exhibía el nombre de la panadería. Sentí una corriente de aire erizar cada uno de mis bellos y como mi cuerpo se paralizaba una fracción de segundos antes de seguir mi camino.
La calma que había sentido desapareció borrada por el sentimiento de culpa. Era demasiada coincidencia que la panadería donde trabajaba Solana se llamara Bisiesto.