Capítulo 12: Ya no tengo doce años

1380 Words
Por la tarde, al terminar con la junta y comer con los chicos, volví a casa, agotado física y mentalmente, eran demasiadas emociones para un solo día. Afortunadamente cuando volví con Keith al comedor mis amigos no hicieron preguntas al ver mis ojos enrojecidos o mi falta de apetito, no hubiera podido con la vergüenza de romperme dos veces en el día. La buena noticia era mi nombre en la lista provisional del siguiente partido y aunque me alegraba poder ser uno de los titulares, la presión caía sobre mis hombros, ligera pero significativa. Abrí la puerta de madera para entrar a casa y el ladrido de bienvenida resonó desde la cocina robándome una sonrisa a la vez que escuchaba las fuertes pisadas de Baku correr por el pasillo de mármol. Me arrodillé para recibir sus caricias, pero una silueta femenina con el ceño fruncido caminaba detrás de él. —¿Dónde estabas? Te estuve llamando al celular —Regañó desde la mitad del camino. —Entrenando —informé con un tono irritado mientras mostraba mi mochila como si fuera obvio. —¿Desde ayer? —alzó una ceja incrédula e insistió—: ¿Dónde estabas? Refutarle a mi madre era una batalla perdida. Nunca le ganaría, porque en sus palabras: ella siempre tenía la razón. No sabía si era un don único de ella o de todas las madres en general, pero la mía tenía el poder de encontrar la verdad. En ocasiones pensaba que su trabajo ideal podría ser investigadora privada, solo necesitaba de una mirada fulminante para hacerte soltar la verdad. Y yo no me sentía de ánimos para ser partícipe de su interrogatorio. —Con Estela —respondí con rostro inexpresivo. —¿Otra vez? —Torció los ojos molesta, cansada de la misma historia— ¡Tienes que dejarla ir! Estela, ya no puede figurar en tu presente y lo sabes. Su voz fuerte e imponente solo me hacían desear elevar mi voz y responderle, porque sus visitas comenzaban a ser un fastidio más que una alegría. Amaba a mi madre pero el odio que comenzaba a crear hacía ella era algo que crecía visita con visita, de todas las personas era de la que más compasión esperaba sin embargo, me sentía decepcionado. —Ya no tengo doce años para que intentes controlarme o meterme en mi vida —solté furioso, mientras sentía el pulso acelerarse a la vez que me levantaba y dejaba a Baku. Nunca le había respondido de esa manera, ni siquiera en mi etapa más rebelde porque ese lugar se lo había llevado Kylian. Lo que es peor es que había encontrado algo liberador en mis palabras. —No, claramente no tienes doce pero tu comportamiento irracional parece que tuvieras menos —expresó, negando con la cabeza como si se sintiera decepcionada—. Aferrarte a ella parece un poco… tóxico. La rabia que llevaba contenida durante meses con mi familia, con Estela y con la vida debilitaba mi autocontrol. De repente ya no me sentía el mismo chico pacifico y tranquilo de antes, ahora me sentía rebelde y desobediente, pero también libre e incomprendido. La observé sus finas facciones contraídas en signo de enojo, sus ojos oscurecidos y a la vez brillantes de preocupación y sus labios rojos apretados en una línea recta incapaz de regalarme una cálida sonrisa. Mi madre estaba frustrada conmigo y yo con ella. —Esperaba que tú, mi madre, más que nadie logrará comprenderme —La observé inexpresivamente con la mirada cargada de odio—. Me equivoqué. Dio un par de pasos hacía mí con la intención de abrazarme pero yo retrocedí. En sus ojos reflejó dolor por mi acto, el ambiente se volvió tenso mientras tomaba la correa y salía de la casa con Baku. ¿Algún día podría estar en casa tranquilamente? Sin que nadie me molestara o me hiciera salir corriendo de mi propia casa. ¿Cómo era que mi propio espacio no era mi espacio? Estaba harto de que todos se preocuparan por mí, sacaran un lado sobreprotector como si fuera un niño chiquito y olvidaban que ya era un adulto en todas sus capacidades, enfrentado la vida con las herramientas que tenía. Mis hermanos ya no hacían preguntas pero sus ojos hablaban por ellos, sus miradas de compasión y lástima eran la razón por la que prefería no verlos. Caminamos al menos veinte minutos sin rumbo hasta que las nubes grises taparon el sol y a los segundos comenzó a caer un diluvio, el clima tan impredecible de Londres nos hizo buscar refugio. Sobre la esquina cruzando la avenida se encontraba una panadería. Corriendo evitando no mojarnos empujé la puerta de cristal del local y el sonido de una campanilla indicó que un cliente había llegado. Dentro el lugar era pequeño pero acogedor, el olor a pan recién horneado y la mezcla de canela con especies impregnaba cada rincón. Al fondo una pequeña barra de madera blanca dividía las mesas y vitrinas llenas de pan de la cocina y los hornos. Frente al mostrador había una joven atendiendo a una pareja indecisa mientras que en el fondo había unas tres o cuatro personas amasando y trabajando en el siguiente pedido. Me sacudí las manos y las gotas de agua sobre mi cabello, por suerte no me había mojado demasiado. Me formé a la espera de que la pareja se decidiera pronto, no tenía prisa pero si hambre. Mi falta de apetito después de hablar con Keith me estaba cobrando factura o tal vez era el exquisito olor a pan recién horneado y la calidez del local lo que me abría el apetito. La pareja se marchó y la joven frente al mostrador aun con la vista fija en la pantalla preguntó: —¿Qué te puedo ofrecer? Baku a mi lado comenzó a moverse nervioso y mientras yo me sentía paralizado. Frente a mí se encontraba la chica del parque. No la veía desde hace ¿un mes? Bueno desde el día en el parque cuando nuestros perros se enredaron en un caos de empujones y ladridos. Bajo la tenue luz su cabello castaño claro recogido en un chongo desordenado acentuaba su delicado rostro. Incluso del otro lado del mostrador era mucho más pequeña de lo que recordaba, juraría que su cabeza apenas lograba sobrepasar mi hombro. Su piel ligeramente bronceada y las finas facciones de su rostro resaltadas por sus pobladas cejas. Esas que frunció confundida mientras buscaba algo en la pantalla. Abrí la boca para ordenar, pero las palabras quedaron suspendidas en el aire interrumpidas por un fuerte ladrido. La chica se sobresaltó y se llevó la mano al pecho mientras alzaba la vista. Sus ojos color miel me observaron y sus facciones cambiaron, sorprendida. —Tú… —dijo apenas audible. —Lo siento —me disculpé encogiendo los hombros mientras sentía las mejillas arder—. Baku sigue sin saber comportarse… El perro a mi lado movía la cola con entusiasmo, ajeno al susto que había provocado y al silencio extraño que se había instalado entre nosotros. Solana bajó la mirada hacia el perro un segundo como si quisiera confirmar lo que suponía antes de regresar su mirada. —No pasa nada —respondió finalmente, aunque su mano todavía descansaba sobre su pecho—. Solo… me tomó por sorpresa. Asentí, sintiéndome inexplicablemente torpe bajo aquel par de ojos. —No creí volver a verte —admití, inconsciente. Por un instante pareció dudar si responder o no. Luego apoyó las manos en el borde del mostrador. —Londres no es tan grande como parece —respondió—. Supongo que el parque no es el único lugar donde pasear a tu perro. Miré a Baku cuando soltó un pequeño resoplido y olfateó el aire con interés, claramente atraído por el aroma dulce que llenaba la panadería. —No —dije, encogiéndome de hombros—. Solo necesitaba caminar… y al parecer un refugio. La lluvia golpeaba ahora con más fuerza contra los ventanales y el sonido llenaba el silencio que quedó después de mis palabras. Al parecer, éramos los únicos en la panadería. Solana siguió observandome unos segundos más, como si intentara descifrar algo que yo mismo no estaba diciendo.
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