Melvin Douglas no pudo resistir más al suplicio que le provocaba Karen Van Holden. Ella era demasiado hermosa y sexy a la vez, derrochando sensualidad en sus curvas perfectas, en su sonrisa tan dulce y larga, su naricita pequeña y sus ojitos radiantes y divertidos. La besó apasionado, con vehemencia convertido en un enorme fuego que empezó a calcinarla a ella rápidamente, encendiendo, también sus llamas que comenzaron a chisporrotear en sus divinos campos, tan largos, vastos y lisos como un velo de novia. Douglas tampoco pudo controlar sus manos que empezaron a navegar en el lago sereno que era el cuerpo de ella, repleto de curvas, de deliciosas olas que lo estremecían y lo hacían sentir más viril, con deseos de poseerla, de llegar a sus abismos y conquistar hasta el último rincón de sus

