Apenas piso la primera escalinata de la iglesia, se sintió atemorizada y avergonzada. Ella era una pecadora que pisaba el mármol de un lugar santo. Una mujer impenitente que quebrantaba los diez mandamientos de Dios. A pesar de saber lo que era, encontró sosiego en aquellas paredes y pilares. Los grandes vitrales de colores vivos y armoniosos le recordaron las insistentes veces que acudía a aquel lugar en su niñez. Acudía cada vez que podía cuando era pequeña, escapándose de aquella casa de mala fortuna, entrando y pasando desapercibida como una hija de la calle. Cuando James entro a su vida, asistía con su dama de compañía, la cual era bastante religiosa, por primera vez comprendió lo que era Dios y gracias a aquella mujer aprendió a temerle. Con el tiempo ese miedo desapareció cuando

