1885, Navidad,
Londres, Inglaterra...
Los cantos cadenciosos sonaban con vehemencia afuera de la residencia inyectando una dosis de magia encantadora digna de la festividad.
Por fin había llegado la noche que todos anhelaban. Las arduas horas de limpieza ya habían finalizado, las invitaciones a fiestas de motivo y los envoltorios color carmesí estaban ya en sus puestos cumpliendo su función.
Las casas inglesas parecieron interesarse poco a poco en la idea de la Navidad. Las grandes impulsoras fueron las señoras de élite que vieron en ella una oportunidad para sobresalir entre la sociedad londinense con fiestas aparatosas y cenas desmesuradas.
Los reyes de Inglaterra habían introducido aquella idea de la celebración y más por el príncipe Alberto que había traído aquellas tradiciones de su natal Alemania.
La residencia Thomas no estaba exenta de esta festividad.
El aroma a jengibre se podía percibir en cada rincón escondido de aquel enorme lugar. Los bollos de canela ya estaban servidos, la carne de res y el pastel de cisne le robaban protagonismo a los pequeños árboles que adornaban la gran mesa de madera.
Esta no era una fiesta, pero aun así se había sacado la vajilla de porcelana y los cubiertos de plata. La comida era abundante a pesar de que se trataba de una cena navideña solo para la servidumbre.
—¡El pastel está listo! — pronunció una de las muchachas con alegría mientras sacaba el manjar del horno— ¡Mi mejor creación!
—¡No te des todo el crédito! —pronunció otra mientras despejaba la mesa.
—Es solo un decir Christine... ¡Mejor trae los cubiertos y comamos el postre!
—¿Crees que debemos llevarle a la señorita? —Preguntó Christine.
— Ya rechazó la cena y no creo que desee postre después de que el amo la dejara plantada en navidad — Denisse miro a Christine, ella se encogió de hombros y recibió los utensilios para cortar el pastel.
—El amo debe estar en una de sus fiestas mientras que la pobre María llora en el cuarto. ¡Cuánta sal derramada por esos tiernos ojos verdes!
—Ella ya debería estar acostumbrada a sus caprichos. Por lo menos no ha visto los rostros blancos de las mujeres que amanecen con el señor. ¡Si tan sólo supiera...!
—¿Crees que ella sepa que el señor no la ama? —Preguntó Christine.
—¡Silencio niñas! — Interrumpió Adelaide entrando a la habitación— Gracias al amo Thomas estamos cenando en navidad, ¡Gracias a él! Así que por favor cierren sus bocas y no se metan en los asuntos del señor.
Las muchachas se miraron y cabizbajas. Avergonzadas por el momento ya que sin ninguna duda hablarían del señor en otra ocasión. La mayor se sentó y una de ellas le sirvió en un plato con el trozo de pastel. Adelaide tomó un tenedor y lo cubrió con nata. Sonrió satisfecha cuando metió un bocado a su boca.
—¡Delicioso! —Exclamó
***
La mañana en Londres era fría, a ratos los ruidos de la calle se escuchaban con más estruendo dentro de su habitación. La luz por la ventana iluminaba el lugar con una leve luz blanca. El sol se escondía entre las nubes nuevamente.
María se sentó en el asiento del tocador y con tristeza miró su rostro. Sus ojos estaban más enrojecidos esa mañana y sus mejillas sin color. De por sí era una muchacha de piel de porcelana, pero ahora parecía que su piel estaba a punto de volverse invisible.
Soltó un suspiro casi imperceptible, tomó la jarra y vertió agua en la fuente. Tomó un paño y lo humedeció. Limpió su rostro, manos y parte de su cuello. Luego Tomó su cepillo y desenredó su largo cabello castaño, lucía enmarañado arriba, pero rizado en las puntas. Cuando termino de asearse se levantó dispuesta a caminar hasta la cama, pero el sonido de la puerta de la habitación del al frente la hizo reaccionar.
—¡James! — Pronunció.
Rápidamente su corazón se agitó y con la misma velocidad corrió hasta la puerta de su habitación.
Se detuvo al instante cuando vislumbro a una mujer alta y rubia. Vestida con ropa festiva de color verde esmeralda. María pudo apreciarlo con detalle, ya que la muchacha no tenía recato al estar media vestida caminando por el corredor.
— ¡Buenos días! — Pronunció la desconocida con una risita casi imperceptible. Miró a María y luego se marchó.
María le siguió la mirada, como si intentará descifrar quien era o quizás simplemente buscando una explicación ingenua del por qué se encontraba aquí. Cuando ya no se veía más del vestido verde sus ojos se volvieron a humedecer.
La puerta se abrió y dejó aparecer la imagen de un hombre, alto, semi desnudo, con el cabello oscuro. Le dedicó una mirada a María, ella inmediatamente se la devolvió.
La muchacha temblaba esperando una explicación, pero James sólo sonrió como si todo lo que hubiera sucedido fuera una invención.
— James, ¿Quién era… —
James le besó la frente y luego se volteó hacia la habitación.
María sólo se quedó helada y perpleja, no sabía que había pasado, tenía ganas de gritar y preguntarle el nombre de aquella mujer nuevamente. Gritarle y gritarle para aquel hombre reaccionara y viera el daño que le hacía.
Sus manos estaban apretadas, al igual que su corazón. El nudo de la garganta le quemaba y respirar era cada vez más difícil.
— James— Pronunció la muchacha mientras se introducía a la habitación.
James se volteó mientras armaba el nudo de su corbata, lucía apresurado.
— ¿Qué deseas María? — Preguntó terminando abrochar su camisa.
María lo observó mientras lo hacía, sus ojos seguían sus grandes manos mientras abrochaba los botones uno por uno, sigilosa y delicadamente. Poco a poco la piel desnuda de James desaparecía por la tela blanca de su camisa.
Por un momento María pensó en las manos de James tocando a la mujer que había visto esa mañana y su estómago se revolvió.
—Tengo trabajo, estoy apresurado — Tomó su chaqueta y camino hasta ella — Más tarde almorzaré con Edward. Quizás mañana pueda visitarte.
María sólo atino a asentir.
El joven de cabellos negros y ojos color avellana cortó la poca distancia que tenía hacia ella. Con delicadeza toco su mejilla con las yemas de sus dedos y lentamente besó en los labios. El separó sus labios carnosos primero. Miró lo que había besado por un instante y relamió su boca.
—Eres muy dulce— Pronunció Thomas y se marchó del lugar.
María Magdalena soltó una lágrima, la limpió rápidamente con el puño de su camisón. Lo hizo con tanta fuerza que deseo arrancarse la cara de un tirón.
Un sentimiento agrio la inundo, ya no era tristeza, era más bien cólera. Una intensa emoción por toda la situación que había vivido. Sólo sentía furia hacia ella misma. Deseo tener la fuerza de poder escapar y correr lejos. De abandonar la vida tan misera que tenía, pero ella sabía que era una mujer sin libertad y una cobarde.
Aprovecho lo que sentía para correr con prontitud hasta su habitación, cambió la ropa de dormir por un ligero vestido y un abrigo y sin detenerse por nada, salió de la residencia de James Thomas.
Cuando comenzó a dejar atrás las fachadas de casas elegantes y de familias ricas con renombre, comenzó a sentirse un poco más tranquila. Con el paso las calles se volvieron más angostas y que por accidente chocó con más de algún alma que transitaba por esa mañana. Ningún insulto ni un mal comentario logró hacerla salir de sus propios pensamientos.
Sin percatarse ya se encontraba en el umbral de la puerta de su destino.
Casi al instante, la puerta se abrió para ella. Una mujer robusta y vestida de punta en blanco, la recibió. Le tomó el abrigo y le permitió avanzar. María sin detenerse, empapada por la neblina de la ciudad, con las manos gélidas y el rostro entumecido se acercó a la chimenea del recibidor.
El calor la recibió y la cubrió con un amable manto, se sintió calmada por un instante. Absorbió el aire cálido de la chimenea y su nariz recogió el olor que emanaba los leños.
Unos pasos detrás de ella interrumpieron su calma, la mirada felina de Eleonor se topó con la de ella.
Se movía con una gran ligereza, traía el cabello bien peinado, con rizos que le caían hasta las caderas. El cabello rubio brillaba con la luz que emanaba la chimenea y sus ojos verdes lucían adormilados.
—El día de limpieza es tedioso, las sirvientas nunca están disponibles— pronunció serenamente mientras observaba a María— No te esperaba por aquí Magdalena.
—Yo tampoco me esperaba aquí—Respondió automáticamente casi punzante —¿Qué haces aquí en navidad?
La rubia sonrió como si hubiera esperado aquella pregunta de María. Le enseño el vaso vacío y se encamino hasta la zona del bar. Tomó la botella de whisky y relleno su vaso.
—¿Dónde está tú guapo proveedor?
María la vio beber un sorbo casi absorbiendo todo el contenido. Soltó una risa y elevó el vaso en un brindis en el aire y bebió el resto.
— Subiré a mi cuarto, estoy exhausta— María daba media vuelta cuando Eleonor dejó caer el vaso sobre la alfombra.
—¿Sabes por qué estoy aquí? —Leonor dio un paso hacia adelante y con aires de grandeza se le acercó a María casi intimidante—No me perdería por nada en el mundo ver con mis propios ojos la nueva mercancía— señaló mientras observaba hacia el corredor principal—Listas para la subasta de Año Nuevo.
María miró hacia donde dirigía los filosos ojos de su compañera. Frente a ellas, en el largo corredor de la entrada, se encontraba un par de muchachas, sucias y percudidas. Rostros tristes y jóvenes que hicieron que María sintiera ganas de vomitar.
— No te espantes querida, esto es un negocio. Todos formamos parte de ello.
—¡No es la manera! ¡Cada vez son más jóvenes! —exclamó la castaña.
—El señor O’Neill gana dinero con las jóvenes de la subasta. Las del piso de arriba. Las privilegiadas las llaman—Se dirigió a María con tono burlesco— Para este negocio es importante dos cosas, la belleza y el dinero. Si los clientes las desean más jóvenes. Nuestro señor se los dará—sonrió nuevamente mientras observaba el rostro angustiado de María.
Sintió tanta angustia que su estómago era un nudo en aquel momento. El calor que había adquirido se había esfumado en un instante para reemplazarlo por un frío sudor. Su agitación la llevó a moverse y se acercó hasta la escena que le provocaba tanto.
—¿Vienes a darle la bienvenida a las nuevas integrantes de la familia? — Habló Kayla mientras revisaba las orejas de una de las niñas.
—¿Cuántos años tienen? —Preguntó, ignorando lo anterior.
Kayla soltó una risa aguda pero aun así respondió.
—Ambas tienen catorce. El señor O’Neill creyó prudente que se le trajera a esta tierna edad, antes de lo acostumbrado para que así paguen la comida que ponemos en su plato — Piñizco la mejilla una de ellas, imitando un gesto dulce —Serán bastante afortunadas de ponerse al corriente de sus nuevas vidas— Volteó a mirar a María— Cuando comiencen a sangrar serán subastadas. Esperemos que sea pronto.
Con una mirada le indico a una de las sirvientas para que se llevara a las muchachas, una de ellas le dedicó una mirada de terror a María como si estuviera al tanto de lo que venía después.
El chequeo consistía en diferentes fases, la primera era ser revisada exteriormente, si contenía piojos, algún signo de enfermedad o defecto físico. El segundo se hacía en un lugar más privado del burdel, donde una partera miraba bajo sus faldas para saber si eran vírgenes.
—Mi trabajo está hecho— La voz de Kayla la hizo despertar de su trance, el rostro de la niña le había hecho recordar el pasado.
Kayla no era como las demás mujeres del burdel. No había sido prostituta, ni vendida por su familia para saldar sus deudas ni mucho menos era huérfana como muchos de los casos que se repetían en la Casa del trébol. No era la típica historia. Era una de las hermanas del dueño. Kayla lucía amable y bastante educada. Había recibido la educación de una tutora al igual que las muchachas del burdel. A pesar de su juventud y belleza había decidido por voluntad propia vivir aquella turbia vida escondidas tras esas paredes elegantes. Kayla podía ser cruel porque sin pensarlo ni con remordimiento cumplía con todos los caprichos del señor O’Neill. A pesar de ser su hermano, siempre buscaba agradar al jefe.
Kayla era la mano derecha de uno de los hombres más poderosos de Londres, O’Neill tenía fortuna, pero lo que más le generaba dinero era su negocio secreto.
La casa del trébol era un secreto a voces. El burdel más famoso de Londres, el más elegante y discreto. Donde las muchachas eran selectamente elegidas.
Aunque los reyes victorianos repudiaban las prácticas los hombres de igual forma asistían gracias a su debilidad por las mujeres hermosas y por su atracción a lo prohibido, haciendo que los burdeles estuvieran prácticamente en cada esquina.
Y es por esto por lo que entrada de la casa del trébol es exclusiva para hombres ricos, empresarios y hasta caballeros con títulos nobles. A causa de su público, las damas que se presentaban en el burdel eran jóvenes educadas desde muy temprana edad como concubinas y cuando cumplían quince años; sólo las sobresalientes eran subastadas como un grupo selecto para sus mejores clientes. El hombre que más pagaba por ella podía ser su proveedor o más bien su dueño. La mayoría pagaba un par de años por las jóvenes hasta que se aburrían o cuando alguna esposa se enteraba, pero era diferente con los solteros. Algunos desarrollaban verdaderos sentimientos por su dama y pagaban grandes sumas de dinero para que se les permitiera contraer matrimonio. Y las que no tenían esta suerte bajaban de nivel, es decir, pasaban a ser de "señoritas privilegiadas" a simples prostitutas. Las cuales nunca podrían volver a subir tan alto.