— Le he traído su desayuno señorita— Soltó una voz suave. María volteó a observar para ver de dónde provenía. Era la muchacha que de la noche anterior.
—Puedes pasar—Le indicó María Magdalena. La muchacha entró con una bandeja de plata en sus manos. Desde donde estaba sentada María podía apreciar el dulce aroma del té y el aroma a pan recién salido del horno. Le indicó a la muchacha donde podía dejar la bandeja y esta obedeció.
—¿Cuál es tu nombre? —Preguntó la castaña dejando de lado su cepillo blanco en el tocador.
— Mildred— Contestó la muchacha mientras parecía saborear el contenido de la charola. Inmediatamente María reconoció un alma hambrienta.
— Veo que Kayla te ha castigado.
—Me ha reprendido por lo sucedido la otra noche— Contestó.
—Al parecer ninguna se salva de la furia de Kayla— María se levantó de su taburete y camino hasta la pequeña mesita del té. Allí se sentó y le indicó a la muchacha que la acompañara— Ven, puedes comer mi desayuno. Debes estar hambrienta.
Mildred sonrió ladinamente y tomó asiento.
Después de un rato María se sintió un poco mejor al ver que Mildred devoraba el pan con mermelada y las galletas de mantequilla.
— ¿Puedo preguntarle algo? — Preguntó Mildred con un tono tímido. María dejó su taza de té a un lado y asintió curiosa—¿Cómo uno se acostumbra a esta vida? —Soltó Mildred. Una pregunta que golpeó la mente de la joven. ¿Cómo podía responder a ello? Ni siquiera se había planteado una pregunta así.
Podía decirse que ella había vivido de una buena manera, comparándolo con otros casos, otras historias que eran pan de cada día en el burdel. Muchos impactaban a los oyentes, pero ningún caso había marcado a María tanto como el de Leonor.
Leonor comenzó su historia como la de todas, quienes fueron vendidas por sus familias para saldar cuentas.
Era hija única, su madre había fallecido por una cruel peste y había pasado parte de su vida trabajando y cuidando su pequeña granja. Amaba su hogar y los pocos animales que tenían. Disfrutaba la libertad que le brindaba el campo y nunca deseo otra cosa.
Con el tiempo su padre empezó a beber, no era nada preocupante hasta que un día vendió la granja por unas monedas y se marchó por un mes entero. Leonor no tuvo más que vivir por su cuenta, viviendo de la caridad de los que fueron sus vecinos. Pasando la noche en mugrientos lugares sin lograr dormir por la preocupación de que su padre no aparecía. Una noche apareció y sin explicaciones la arrastro hasta la cantina.
Leonor era una muchacha hermosa, el cabello largo y rubio y los ojos almendrados. No importaba si vivía bajo un puente o si traía el rostro pecoso manchado con tierra. Ella realmente lograba sobresalir.
Su padre la vendió esa tarde a un forastero, él sólo le pago unas miseras monedas y el borracho de su padre se fue feliz sin decirle adiós. Este hombre la llevó a Londres y fue allí como paró en La casa del trébol.
Cuando llegó su momento de participar en la subasta, ya era una muchacha astuta y ambiciosa. Se podría que el espíritu de salir adelante se apoderó de la delicada niña que había llegado hace unos años atrás.
Esa noche la compro el mejor prospecto, Lord Dawkins. Un hombre poderoso del parlamento, de muchas influencias y con un apellido imponente en la sociedad londinense.
La mayoría de los hombres que asisten al burdel, toman a las mujeres como una entretención y para satisfacer sus necesidades mundanas. Lord Dawkins era la excepción, había comprado a Leonor para escapar de la infelicidad de un matrimonio arreglado.
Era un hombre viejo que decía haber encontrado consuelo en aquella muchacha de cabellos dorados. Él realmente era feliz con ella y no sólo cuando compartían el lecho, si no más bien disfrutaba escucharla hablar. Era la mezcla perfecta, divertida, hermosa e inteligente.
Dawkins pagaba por todos sus caprichos y no reparaba en gastos. Nunca le negó nada.
Tristemente, Leonor no amaba a su proveedor. Lord Dawkins no podía cumplir con la única petición que ella deseaba, el hacerse joven o más esbelto, ir contra la naturaleza de la vida. No podía luchar con los años que tenía encima.
Con el tiempo a la muchacha, con el solo hecho de sentir su aroma corporal le provocaba repulsión. El vino y el whisky la ayudaron para sobrellevar las noches que debía acostarse con él. El alcohol se convirtió en su mejor amigo y en el adormecedor de sus sentidos.
Con el tiempo se acostumbró a vivir aquella vida, pero con ello apareció un vacío que ni siquiera las joyas que tanto amaba y las copas de vino francés podía llenar.
Hubo un verano que ella comenzó a enfermar, aquella vida le estaba pasando la cuenta y es por eso por lo que asistió a la casa de campo de los Dawkins para descansar y respirar el aire limpio del campo. El campo que había olvidado. Se sentía tranquila, ya familia de su proveedor no acudiría a la casa. La esposa del Lord prefería Francia para esas fechas y obviamente no era grato tratar con la amante de su esposo.
Cuando Leonor puso un pie en la casa, no esperó encontrarse con el hombre que sería su perdición.
El mayor de los hijos de Dawkins se encontraba en el lugar. Mark era un hombre apuesto, elegante y con modales exquisitos. Rápidamente Leonor quedó cautivada de inmediato por aquel muchacho y después de yacer juntos una noche calurosa, iniciaron una relación secreta, pero eso duró poco, ya que tiempo después llegó hasta Londres.
Leonor tenía la habilidad de hacer felices a las personas con quienes compartía, primero Dawkins padre y ahora el hijo, pero la desdichada carecía de poder hacerse venturosa a ella misma.
Después de un tiempo podía sentir que podría largarse y ser feliz con Mark. Escapar y vivir juntos en el campo, alejados de todo. Tristemente la tragedia tocó primero su puerta.
Un árbol da frutos, al igual que el amor. Ingrid quedó en cinta por un descuido, pero a pesar de que estaba prohibido, se lo había tomado con alegría. Creía que era una señal. Estaba más que dispuesta a conservarlo y ansiaba contarle al hombre de su vida.
Después de una noche de cena muy bien preparada por ella, le contó sobre el embarazo a Mark Dawkins. Este no lo tomo bien, esa noche conoció a la bestia que poseía a ese rostro terso y joven. Mark le gritó crueles amenazas, la golpeó y humilló. Para la mañana siguiente decidió terminar con el resto del amor que sentía ella. Le confesó que no podía ser padre ni mucho menos de una prostituta.
Mark le indicó que terminara con ese embarazo y rápidamente la echó a la calle.
Ese mismo día Leonor terminó con la posibilidad de amar y con lo que ella más anhelaba, ser madre.
— Es una respuesta complicada de responder— Soltó finalmente. Mildred la observó sin entender sus palabras.
***
La muchacha de rizos dorados caminaba por el lugar mientras observaba su esbelta figura en el espejo. Su gran sombrero tenía un enorme listón rosa y eso le causaba un poco de risa a la castaña que la acompañaba.
— ¿Crees que es demasiado? — Preguntó.
La castaña la miró como si ella conociera su respuesta. La rubia asintió mientras torcía sus labios de forma divertida.
— Pensé que hoy verías a Louis — Preguntó la castaña mientras calentaba sus manos en la chimenea hasta que la piel comenzó a arderle por el calor.
Catherine se quitó el aparatoso sombrero, bufó al dejarlo en la mesa del tocador. Simplemente se sentía molesta al no saber cómo llevar aquel costoso obsequio. Miró a la chica parada frente a ella y negó con su pequeña cabeza.
— Lamentablemente mi querido Louis viajó a un funeral en Newcastle. Había un testamento de por medio y él no podía perdérselo — Señaló Catherine mientras caminaba hasta la jarra de vino que estaba en la pequeña mesita de centro— Por supuesto que me pidió acompañarlo, pero los funerales me deprimen—confesó.
María la observó servirse una copa de vino rojo, la rubia le entregó una copa, la cual recibió.
— Nunca he ido a un funeral— Agregó.
— ¡Ay, querida María! A veces pienso que no conoces nada del mundo—Señaló Catherine— Los funerales no son nada divertidos como para querer asistir a uno.
— No es que deseé ir a un, sólo quise añadir que nunca he ido a uno — Contestó.
Catherine la tomó de la mano y la guio hasta el pequeño sofá con cojines bordados. Inmediatamente identificó la mano en el bordado. Su amiga Catherine era muy talentosa.
— Me sentía sola sin ti querida mía— tomó sus manos en un gesto cariñoso. Le sonrió amablemente— Me alegra que hayas aceptado mi propuesta de quedarte conmigo un tiempo. Descansarás de la casa del trébol y yo seré feliz de tener tu compañía.
— Te agradezco tu invitación, no podía decirte que no.
Catherine la abrazó, dio unas palmaditas a su espalda antes de terminar el abrazo. María sonrió.
— Me temó que mi pequeño hogar es muy frio en invierno. ¿Qué tal si damos un pequeño paseo? Miré por la ventana y hay un buen día.
—¿ahora? — Preguntó María sorprendida ante la propuesta de su amiga. Ella se levantó de un salto mientras asistía.
—Claro, Le hará bien agarrar un poco de color a esas mejillas—Señaló Catherine.
— Está bien. Supongo que nos hará bien el ejercicio.
Catherine aplaudió complacida mientras caminaba hasta el perchero de los abrigos. María no estaba del todo convencida, pero sabía que no le haría mal tomar un poco de aire fresco y últimamente carecía de ello.
La tristeza se estaba apoderando de ella, no podía evitar sentirse miserable, su vida había dejado de tener sentido para ella.
Desde aquella noche, cuando se había entregado nuevamente a James, este salió por la puerta para no volver más. Volviéndose un personaje invisible para ella.
Con el pasar de los años, cada vez lo veía menos. Al principio no estaba enterada del porqué de sus ausencias, pero con el pasar del tiempo, ella se volvía más vieja y comenzó a enterarse de las razones. No le importó que las pocas personas que integraban su vida le comentaran de las andanzas de una sola noche de su proveedor, ingenuamente seguía creyendo que volverían a ser los de antes. Cuando James parecía amarla.
Ahora James se había ido otra vez y ella se había quedado sola, rodeada de rumores y el adormecedor frio de su corazón.
Catherine tenía razón, el clima estaba perfecto para un paseo. El sol se asomaba entre las nubes, en otras se escondía, pero se podía percibir la calidez del día.
No podía evitar mirar el cielo, era increíblemente perfecto para ser un día de invierno en Londres.
—Es tan placentero tomar el aire fresco, el día se ha puesto hermoso sólo con vernos— Señaló la rubia.
María asintió sin pronunciar ninguna palabra. Estaba disfrutando demasiado de los rayos provenientes del cálido sol y de la pintoresca calle.
La voz de su amiga la hizo detener cuando cruzaban el pequeño parque. No pudo evitar notar la preocupación plasmada en su rostro.
—María he escuchado unos rumores. Sobre James y estoy preocupada por ti. No quiero que te...
—No debes preocuparte por mí— Sonrió levemente mientras se detenía frente a la sombra de un gran árbol. Catherine la observó con ojos tristes— Estaré bien, siempre lo he estado.
— Quizás está con mucho trabajo y bueno los hombres son así. ¿no? — María solo asintió, Catherine la tomó del brazo y la guío a una banca cercana.
— Sólo quiero que sepas que puedes contar conmigo, no temas en pedirme ayuda. Siempre estaré para ti.
— Nunca podré agradecerte todo lo que has hecho por mí. Te lo agradezco de verdad.
Catherine asintió sonriente.
—Quizás ya debemos volver a casa. El día se está nublando otra vez y ya siento que me estoy congelando— Pronunció Catherine después de un rato. Calentó sus manos con su aliento y resopló después de ello. — Prepararé el té y serviré galletas de jengibre con mermelada. Tus favoritas — Señaló.
— No puedo decir que no.
Decidió dejar de pensar en lo que le provocaba dolor y se levantó de su asiento. Limpió los pequeños cabellos que se le escaparon de su peinado y los planchó con la palma de su mano. La brisa comenzaba a hacer más fuerte así que tomó a su amiga del brazo para comenzar a andar.
Catherine comenzó nuevamente con sus típicas charlas sobre el clima o sobre algún suceso gracioso. María volvió a disfrutar de la brisa invernal. Era una gran distracción.
En un descuido la delicada bufanda de su amiga se elevaba de su cuello y sus faldas flamearan unísonos a la ventolina. La bufanda se elevó tanto que se alejó del cuello de la rubia.
— ¡María ve por ella! — gritó su amiga divertida.
María corrió mientras reía en busca de la bufanda que subía y bajaba al piso de piedra.
Caminaba con la mirada pendiente en el camino de la prenda voladora, cada vez se oía más alejada la risa contagiosa de su amiga. La prenda tejida decidió por fin tocar el suelo. María se inclinó a levantarla mientras recuperaba el aliento. Extendía su mano cuando un par de zapatos negros aparecieron ante ella.
—Creo que esto es suyo— pronunció una voz masculina.
— Lo siento mucho señor. El viento se llevó la bufanda de… —Decía ella recibiendo la bufanda en sus manos. Agradecida levantó su mirada en un instante para ver el dueño de aquella voz. Cuando sus ojos se toparon con los del contrario su corazón se paró.
María reconocía aquel rostro, no era un desconocido. Sabía bastante bien de quien pertenecía y por esa razón creyó que nunca lo volvería a ver en esta vida ni en la siguiente. Mucho menos escuchar de ella decir su nombre.
— Henry...