La música del gran salón la despertó, sabía que sólo había dormido algunas horas, pero casi sentía que había sido una eternidad. Tocó la piel desnuda del pecho de James, firme y sudorosa.
Volteó un poco su rostro y su mirada se encontró con la de James.
— Creí que dormirías hasta mañana— Soltó.
— No, en este lugar no se puede dormir por tanto tiempo— Contestó María. James la observó como si intentará descifrar lo que quería comunicar con los ojos.
— Sé que deseas preguntarme algo, lo veo en tus ojos— Señaló— Tus ojos no saben mentir.
María se sentó en la cama mientras se tapaba los pechos con la delgada sabana. Sabía que él la conocía muy bien y sabía que necesitaba liberar la presión del pecho que tanto la agobiaba.
—¿Era la primera? —Pronunció levemente casi en un murmullo. James posó sus ojos en ella intensamente, María casi podía sentir que le atravesaban, pero también pudo notar que se veía atrapado en sus pensamientos. Como si estuviera lejos, pero a la vez presente.
James conocía a María Magdalena, pero ella lo conocía mejor, llevaba años siendo su ferviente admiradora, podía recordar prácticamente cada palabra que el joven pudiera haberle dicho. Recordar el momento, el clima, como vestía. Después de todo María llevaba amando a James desde hace años.
María había nacido en una noche de intensa lluvia. La gente creía que era el fin del mundo, que Dios vendría a recoger sus almas, pero tan el frío se llevó unos cuantos espíritus pobres. Una de ellas su madre, quien no pudo aguantar la agonía del prolongado parto.
Fue así como María creció en aquel lugar, sin una madre que la protegiera, fue adoptada por las muchachas del burdel. En ese entonces la protegían de la más cruel Kayla. Quien parecía ensañada con la niña, le encantaba molestarla hasta hacerla llorar
Disfrutaba romper sus únicos vestidos hasta dejarlos como miserables trapos. La culpaba de cada elemento que se extraviaba en el lugar, incluso sin pruebas le imponían crueles castigos. Su condena favorita era dejarla días sin comer y luego hacerla trabajar arduamente. Incluso una vez la había obligado hacer un mandado, débil y hambrienta cayó de bruces, haciendo que su boca se rompiera en el pavimento. Cuando Kayla la vio se rio de ella durante meses. Para fortuna de María esto cesó cuando sus dientes cambiaron.
Ya entrada en la adolescencia, María lucia aún más miserable, comparándose con las demás muchachas ella parecía aún una niña pequeña. Flacucha, sucia y con la piel quemada. Empobrecida porque no tenía prendas para vestir.
El señor O’Neill a veces se apiadaba se ella y la llevaba a su residencia, donde algunas noches de invierno se quedaba para dormir en una mejor cama. Realmente prefería estar en el burdel durmiendo al lado de las brasas de la cocina, pero cuando Henry venía a Londres a visitar a su padre, aprovechaba de hacerle compañía y eso hacía que todo fuera mejor.
En un Año Nuevo, época de subastas. Donde el Señor O’Neill se enriquecía con el turbulento y oculto negocio. El joven James Thomas y sus amigos decidieron asistieron por pura diversión a aquel lugar. Dispuestos por ver a los hombres más importantes de Londres, transformarse en cretinos y dejar la fachada de santos al caer en la seducción de la piel femenina. Ver a los que corpulentos y poco agraciados gastar sus fortunas para tener la atención de una bella mujer.
Cuando llegó el momento de la subasta a James le pareció un acto soso y ordinario, al igual que le parecía tedioso todo lo relacionado con la sociedad londinense. Sus amigos y compañeros de trabajo eran la excepción al caso, ya que en ese entonces compartían pensamientos libertinos en cuestión a su clase.
Cuando Thomas vio a los jóvenes prospectos, ignoró cada uno de ellos porque le parecían simples muchachas. Muy semejantes con las que se codeaba en algún evento y alborotadas cuando veían un buen prospecto. Todo le parecía una absurda copia de lo que era la clase alta en Londres y eso lo detestaba.
Y fue así cuando la niña flacucha de ojos verdes y piel morena apareció en la escena. Se suponía que debía estar limpiando el desastre de Lord Hertford que dejó en su mesa tras unos tragos. Pero la muchacha se encontraba ensimismada mirando al músico tocar las teclas del piano. Parecía ignara a todo lo que sucedía a su alrededor. Sus ojos parecían tan expectantes que parecía que estuviera viendo algo de otro mundo. Como si fuera magia, como si estuviera presenciando lo más extraordinario del mundo.
Algo cautivó a James de alguna forma extraña. Usualmente no era la persona que se detenía a ver a las personas, sólo cuando deseaba burlarse de ello o sacar algún provecho de aquello.
Y de repente, al final de la velada se encontraba en la oficina del hombre avaricioso, brindando por un nuevo trato. Algo increíble para O’Neill, ya que, teniendo tantas mujeres para escoger, el joven se había inclinado por una joven sin educación y sin atributos.
Thomas era ya un hombre adulto, rondaba por los veinticuatro años cuando compró a la muchacha, tenía la gran diferencia de doce años. James nunca tocó a María. Sólo se dedicó a educarla, vestirla y alimentarla. Asistía a sus clases de piano y la observaba desde lejos en silencio.
Al crecer María se convirtió en una dama refinada, talentosa, amable y una habida lectora. Nunca había entendido porque James la había acogido en su casa y que había visto en ella. Él sólo le entregaba y ella sólo recibía. Creía que era un buen hombre que se había apiadado de ella.
Con el tiempo comenzó a cuestionarse si sentía algo por James y no fue hasta una noche cuando escucho risas estruendosas en el corredor, su curiosidad fue más allá. Desde un pequeño escondite vio a James besando a una mujer. Era alta y hermosa. Tenía los cabellos castaños y la risa más delicada que nunca había escuchado.
Paso toda la noche detrás de la puerta de la habitación, escuchando la sinfonía extenuante de los amantes.
María no supo que fue lo que sintió esa noche, pero indudablemente los celos hicieron cambiar lo que sentía por James.
Con el tiempo se cuestionó bastante, una vez la mujer que la cuidaba le había dicho que tener relaciones antes del matrimonio era pecado antes los ojos de Dios. Claramente ella estaba enterada de las andanzas de su patrón y de alguna forma quiso prevenir a la niña.
Después de un tiempo, María le interesó meterse a la cama de James. Era una noche lluviosa, fría y sólo deseó que el joven no tuviera ninguna compañía y para su suerte fue así. Se encontraba James con el torso desnudo, alumbrado por la chimenea mientras sujetaba un libro en su pecho. Miraba al techo, como si estuviera analizando alguna frase o idea.
James se sorprendió al verla, no entendía cuál era el motivo de su visita. No compartían más que algunas palabras en ciertas ocasiones, más que ser amigos, James era sólo el proveedor y un observador en la vida de la joven.
María sólo tuvo que quitarse el camisón para que el muchacho entendiera sus intenciones y fue así como María se entregó a James y así fue todas las noches.
— Conoces la respuesta— Respondió por fin James.
— Deseo oírla de ti— Sentenció.
James se puso de pie, abrochó sus pantalones y buscó su camisa en la alfombra de la habitación. No le dedicó ninguna mirada a la muchacha y parecía no querer hacerlo. Su cuerpo sólo demostraba molestia e incomodidad. Sólo quería irse y velar por sus propios asuntos.
—¡Por favor! — Suplicó.
Él camino hasta la puerta, bufó y levantó su mirada de la manilla de la puerta. Se detuvo allí un minuto sin decir nada. Ella sólo anhelaba la verdad, pero él no dijo nada, ni la verdad ni un adiós. James sólo se marchó.