Sus ojos estaban tan secos que ardían, de la misma forma que le ardía la piel de la mejilla. Creía por un momento que la piel se le caería en pedazos y sólo podía aliviarlo con paños húmedos de té de manzanilla que una sirvienta le había traído en un pequeño recipiente, después de ver sus moretones cuando la asistía en la bañera.
Su mirada fue directamente a sus ojos, notaba una leve sombra bajos sus ojos, haciéndola lucir un aspecto poco sano. Lamento como lucía su rostro en ese momento, ya casi no podía reconocerse en el reflejo del espejo. No era más que un débil vestigio de lo que alguna vez fue.
Dejó el trapo húmedo dentro de la vasija y se levantó mientras arreglaba su bata. Su cuerpo aún estaba húmedo y eso no le importó. Las cosas de a poco le habían dejado de importar.
La puerta se abrió rápidamente, la alta figura vislumbrada por el rabillo del ojo de la muchacha, la hizo voltearse rápidamente. Era James, quien la observaba con aquellos ojos penetrantes.
María sólo lo observó, aquel hombre alto y fornido, cerraba la puerta de la habitación.
James caminó unos pasos, con un vaso de vidrio en su mano. Se acercó al fuego de la pequeña chimenea. El fulgor hacía que el color de su cabello luciera un poco más claro y la piel de su rostro más dorada.
— Eres una mujer ingrata…— Soltó James.
María no respondió.
— Te he dado todo, vives mucho más cómoda que la mayoría de este basurero. Te entregue una educación, comida y ropa. Y me lo agradeces acostándote con el primer borracho que se te cruza en el camino— James seguía dándole la espalda a la joven, sólo se podía apreciar sus hombros anchos y su cabello largo.
— James, yo…
— Ni siquiera puedo escucharte. ¡No quiero escucharte! — Dijo alzando la voz en lo último.
María se sentó en su cama mientras cubría su cuerpo desnudo con la bata que vestía. Se sentía frustrada. ¿Acaso ella era la culpable de todo? James se acostaba con otras mujeres y ella fue ultrajada por un solo hombre, ella era una victima no una mujer que cometió adulterio.
— ¿Crees que yo quería ser lastimada de esa forma?
— ¡María!
La muchacha se puso de pie, James se percató de aquello, pero no deseo mirarla otra vez.
— ¡No pude detenerlo James! — Gritó María con los ojos llenos de lágrimas.
— ¡Silencio!
James se volteó rápidamente y con fuerza arrojó el vaso con lo que quedaba de licor al piso. Se acercó con pasos grandes llenos de irá hacia la muchacha. Con temor se arrojó sentada a la cama y sujeto con fuerza sus sábanas.
— Dijiste que me amarías James y lo primero que hiciste fue acostarte con otra— James se detuvo frente a ella, tan cerca que podían sentir el aliento del otro chocando en sus rostros. María miró esos ojos avellanos nuevamente, arrinconada y con la respiración agitada tocó su brazo— Te amo James.
La mirada de James cambió rápidamente, sus ojos demostraban otra emoción, ya no eran coléricos más bien parecían deseosos.
Con violencia se acercó a los labios de María y los devoró con desespero. María sintió un retorcijón en el estómago y no pudo evitar dejarse llevar por el hombre que tenía en frente. James no era un gran conversador, por lo menos no con ella y no podía evitar sentir que aquel beso era la forma de demostrarle lo que sentía. No podía negarse a esos labios y a esas grandes manos, que la presionaban con tanta pasión que parecía que James quería sumergirla en su tersa piel.
María lo miró mientras él saboreaba de sus labios, lo observó con detalle sus ojos estaban cerrados y deseó que los abriera para poder ver esos ojos color avellana que tanto amaba, pero se conformó cuando James la tomó en sus brazos y la acostó cerca de la cabecera.
— James…— Soltó mientras lo observaba. Estaba de pie, al lado de la mesita de noche. La observaba con los ojos llenos de deseo mientras desabrochaba su camisa blanca.
Desde el ángulo donde se encontraba María, James parecía mucho más grande. Sus grandes hombros y brazos fuertes hicieron que ella deseara que rápidamente la rodearan. Anhelaba sentir el calor que provenía de ellos, de besar esas clavículas marcadas, repartir besos húmedos sobre su pecho.
— Desvístete— Ordenó.
María asintió, se incorporó en el suave colchón, se sentó sobre sus rodillas. Lentamente hizo caso a las órdenes de su proveedor y lentamente se deshizo de su bata. Aquella prenda era lo único que se interponía entre su piel y la de James.
James dio un paso adelante, su cabello estaba alborotado. Sus rizos negros le caían como un torbellino oscuro sobre la frente, entrelazó sus grandes dedos y los peinó hacia atrás.
No pudo evitar morder su labio cuando las manos de él tocaron uno de sus pechos, lentamente rozó su pezón y este se endureció de inmediato. No tardó mucho para que la lengua de James lo humedeciera y cuando apenas había salido un gemido, este utilizó los dientes.
James la tomó nuevamente en sus brazos y la posó sobre sus muslos, la piel bajo la de ella ardía y como una fiebre, se introducía en la suya.
Ambos están tan cerca del otro que no sólo roban el calor del otro, si no que ya tienen su olor impregnado en sus fosas nasales. Sus muslos se presionan contra el interior de los suyos, María no puede ignorar el gran m*****o de James. Estaba duro, palpitante y deseoso.
Su respiración acelerada viajaba por su oído mientras él besaba la zona de su cuello. María no podía resistirse, quería oírlo gruñir, quería que estuviera adentro de ella y lo deseaba con desesperación.
La mano de James bajaba lentamente de la cadera de ella, poco a poco se aproximó hasta su centro. Su dedo índice se introdujo entre los labios, él notó lo mojada que estaba, perfecta para que el se introdujera en ella, pero aun así decidió hacerla esperar.
María comenzó a disfrutar cada vez más de aquellos largos dedos de pianista y de aquel jugueteo, subían y bajaban. Presionaban y luego aumentaban su velocidad.
Estaba siendo complacida pero su compañero lo estaba aún más al escuchar las súplicas de ella.
— James, por favor…
James la ignoró y siguió haciendo lo suyo. Sus ojos deambulaban por su cuerpo, parecía un animal grande y corpulento, intentando encajar con ella.
María jadeaba cada vez que sus dedos se deslizaban, no podía evitar sentir sus pezones duros contra su piel ardiente.
— Te has portado muy mal María…—Soltó James con esa voz profunda.
James la tomó nuevamente y en un giro la recostó en la cama por debajo de él, tomó sus brazos y los colocó por su cabeza. Sólo le bastó una mano para sujetar ambas muñecas.
La mano libre bajo por su cuerpo, piñizcó uno de sus pezones, presionó su abdomen y luego tocó su trasero, no contento allí introdujo dos dedos en su húmedo coño.
— Estas tal y como me gusta—James miró a María— Sin indulgencias esta vez, tendrás que poder con ella completamente— Sentenció y María asintió.
Se sentía deseosa, ya lo quería dentro de ella y por fin James desabrochaba sus pantalones.
Suplicó nuevamente cuando este sostuvo su m*****o, poco a poco lo acercó hasta sus caderas y de golpe se introdujo.
No pudo evitar sentir aquella ardiente presión, aquel alarido lo había demostrado, pero realmente no le importó.
Después de unas investidas, sin quitarse de ella, se posó sobre ella.
James era demasiado alto para ella, pero aun así pudo ingeniárselas para acoplarse a su posición.
Después de un rato, María sentía que se iba a desvanecer. James tenía intenciones de detenerse, él seguía con fuerza y determinación dentro de ella. Quería ser el último hombre en tocar a María y ella quería olvidar un amargo momento.
Poco a poco parecía fundirse con su cama, se aferraba a sus sabanas como si fuera a desvanecerse. Deseaba tocar el cuerpo de James, quería tocar su piel desnuda, pero él no se lo permitiría. Sus manos seguían sujetas por él.
Una lágrima comenzó a desparramarse por su mejilla, no podía resistirse aquel placer, ni a suplicarle a James. No estaba siendo gentil, era abruptamente apasionado y vigoroso. Sentía que la estuviera castigando con un gran placer.
Sus ojos comenzaban a derramar una que otra lagrima a la vez que sentía que un gran grito de su interior saldría por su boca. Ya no resistía más, no podía contenerse. Se ahogaba, ya no podía aguantar, con cada embestida, se desvanecía.
Y entonces James cesó, sus rizos negros le caían por su frente, al igual que su cuerpo estaban impregnados de sudor.
Él se levantó de la cama, con el pecho subiendo y bajando. Tomó a María de sus caderas y la arrastró hasta la orilla de la cama.
James la miró directamente a los ojos y María supo inmediatamente lo que significaba.
Tambaleante volteó su cuerpo, se sujetó de sus almohadas y sólo espero a que James la poseyera nuevamente.