Gallo recogió su instrumental, lo limpió con cuidado, lo puso de nuevo en la bolsa, se despidió de la muchacha con una sonrisa y del moro diciendo un: ―Salam Aleikum, la paz sea contigo, hermano, y gracias por tu valiosa ayuda. ―Aleikum as salam, gracias a ti por las valiosas curas que has dado a mi señor, estoy seguro que saldrá de esta. ―Quizás de las heridas ―sentenció Gallo, cerrando el pesado portón a su espalda ―Pero no ciertamente de las garras del Cardenal Artemio Baldeschi. En los siguientes cuatro días Andrea fue aquejado por la fiebre acompañada por escalofríos y delirios. Lucia había estado a su lado todo el rato, haciendo exactamente todo lo que le había aconsejado Gallo y todo lo que sabía por haberlo aprendido de la abuela Elena. Mientras deliraba, Andrea a menudo nombra

