Mi pequeño bebé tenía ya 5 meses de haber nacido, yo había retomado el trabajo mientras que Ángel asistía a la guardería. La vida en este pueblo era muy tranquila, quizás demasiado, y a pesar de que suene como una locura, debo admitir que tanta calma me hacía sentir ansiosa. Quizás me había acostumbrado al nivel de estrés que tenía en mi vida anterior, o tal vez sentía que nada podía ser tan perfecto y que toda esa aparente tranquilidad en cualquier momento desaparecería. Así transcurrieron los días, Ángel cada día crecía más y más, haciéndome aún más difícil la ausencia de Dante, se parecía tanto a él y deseaba de todo corazón poder compartir juntos la crianza de nuestro hijo. Pero comunicarme con él era imposible, solo esperaba con ansias aquel día en el que el doctor Montenegro me co

