Durante la carrera tuve la oportunidad de convivir con más personas, en su mayoría éramos mujeres, en nuestro salón había únicamente un hombre y en toda la escuela quizás cinco en total, vivíamos en una ciudad pequeña, tradicionalista y conservadora, así que era mal visto que un hombre estudiara enfermería y eran muy pocos los que se atrevían a desafiar esa normal moral impuesta por los prejuicios.
No me voy a quejar, mi vida no fue fácil pero tampoco una desgracia, sobre todo después de haber entrado a la universidad. Empecé a tener amigas, a salir a tomar un café o a la biblioteca a estudiar.
Sin embargo, siempre sentí que me hacía falta algo en mi vida, pues pasé todos mis estudios sin conocer el amor, el contacto físico, la libertad…
La mayoría de mis compañeras de salón eran igual de conservadoras que yo, sin embargo, algunas otras eran mucho más “libertinas” como diría mi padre, y a pesar que procuraba mantenerme lejos de ellas, en secreto las admiraba y hasta cierto punto las envidiaba…
Ellas andaban de aquí para allá sin darle explicaciones a nadie, fumaban, bebían cerveza o licor, tenía un novio tras otro, salían por la noche a bailar y a divertirse, y si bien no eran bien vistas y quizás poco respetadas, muy dentro de mi quería probar la libertad que ellas tenían, saber que se sentía al beber, atreverme a reír tan fuerte como ellas, a hablar sin miedo… sentir el contacto humano, un beso, una caricia… o algo más…
Pero cada día la regresar a casa después de la escuela, caída de golpe una vez más a mi realidad y terminaba por resignarme a la idea que jamás podría conocer lo que era vivir así.
Cuando yo entre a la universidad, mi padre comenzó a sentir la soledad tan cerca de él que le dio miedo, su trato conmigo se modificó, ya no era tan estricto ni duro, se volvió un padre más cálido, aún seguía sin atreverse a demostrar su afecto, pero de alguna manera, en el tono de sus palabras, se podía detectar ese cariño que siempre anhele que estuviera ahí.
Tal vez tenía miedo de que yo ya tenía la edad suficiente para irme, quizás al fin había aprendido a confiar en mi o tal vez ya me había moldeado tan bien que pensaba que ya no era necesario seguir esforzándose, y es posible que esa tercera opción fuera la más cercana a la realidad.
Cuando egrese, rápidamente fui aceptada en una pequeña clínica cerca del centro de la ciudad debido a mi buen desempeño, ahí podría hacer mis prácticas profesionales para obtener la mayor experiencia posible, y quizás, con mucho esfuerzo, podría ganarme un lugar como trabajadora por contrato. Mi vida entonces se volvió en eso, llegar al hospital, asistir al doctor con los pacientes, tomar signos vitales, arreglar el consultorio tras cada consulta y regresar a mie escritorio para llenar mis notas de enfermería. Después de eso irme directo a casa, sin escala, sin salidas, sin distracciones, ahí ser una buena hija que se encarga del hogar que comparte con su padre, comer juntos, retirarme a mi cuarto a estudia, para después dormir temprano y por la mañana regresar una vez más a la misma rutina insípida pero segura.
Hasta este día en que todo en mi vida cambio, el día que me tomaron por sorpresa y fui arrastrada hasta un callejón para salvarme de la lluvia de balas que prometían arrancarme la vida sin saber que lo que me esperaba seria aún peor que la muerte misma.
(…)
Al recuperar el conocimiento, un fuerte dolor de cabeza se presentó de inmediato como mi único acompañante en medio de una gran oscuridad. Abrí mis ojos con mucha dificultad y entonces me percate que aún seguía sumergida en aquel polvoriento sótano, intente ver más allá de lo que la ausencia de luz me lo permitía, pero era casi imposible distinguir más de una silueta y alginas sombras.
El cuerpo entero me dolía, sentía hambre y sed, no tenía ni la más mínima idea de cuánto tiempo había permanecido inconsciente, sin embargo, si fue lo suficiente como para que mi cuerpo se sintiera debilitado por la ausencia de comida y movimiento.
Intente ponerme de pie, pero la fuerza de mis piernas me había abandonado, la cabeza me daba vueltas y era casi imposible permanecer erguida. Levante la vista hacia las puertas por las que me habían arrastrado hasta este calabozo y se podía ver una fina línea de luz filtrándose por el marco, me preguntaba si aún seguía siendo el mismo día o si acaso ya había vuelto a amanecer…
Tras un par de horas un ruido en la puerta llamó mi atención, mi corazón comenzó a agitarse salvajemente, mi cuerpo entero perdió el control comenzando a temblar sin control, mis lagrimas se escapaban de mis ojos sin que yo pudiera impedirlo, era como si algo en mi interior me anunciara mi muerte próxima.
La puerta se abrió y el mismo hombre que me había traído aquí, ahora mismo se encontraba bajando las escaleras para dirigirse a mí. Comencé a arrastrarme sentada hacia atrás, deseaba alejarme tanto como me fuera posible, pero un estante a mis espaldas me impidió seguir avanzando en mi pobre intento de huida.