Mi cuerpo continuaba temblando, mantuve la mirada agachada todo el tiempo mientras mis lagrimas continuaban derramándose en silencio. Afortunadamente, durante todo el trayecto en el elevador el doctor en ningún momento me dirigió la palabra, se limitó a dar algunas ordenes e indicaciones tanto a Diana como a sus matones. No podía entender como siendo un doctor que se supone que hizo un juramento para salvar vidas, podía tener un corazón tan duro como la piedra capaz de ordenar quitarle la vida a alguien así nada más, sin miramientos, sin pensarlo dos veces y al parecer sin remordimientos. Al llegar al primer piso, salimos del elevador, Diana me indico que yo esperara en la recepción del hospital, mandaría a llamar al chofer para que me llevara de inmediato al hotel. Me mantuve sentada

