5 años más tarde...
Reggie abrió la puerta empañada de la ducha, liberándose primero el vapor contenido en el cubo de cristal producido por el agua caliente que utilizó. Tomó la toalla que dejó colgada a su alcance y secó su cuerpo sin mucho énfasis para luego enrollársela alrededor de la cintura. Por un momento se quedó pensativo, parado sobre la alfombra de baño, estático. Soltó un suspiro y se giró hacia el espejo que estaba sobre el lavabo en una de las paredes laterales, iba con desgana como si se dirigía al rincón de la tortura, hasta que se detuvo justo en frente, inclinando su cuerpo hacia adelante y apoyando sus manos de la encimera, viéndose con el ceño fruncido y firmeza.
«Rayos, de nuevo exageré con la temperatura del agua.» Se recriminó al notar que su piel estaba algo enrojecida, había utilizado agua muy caliente.
Exhaló fuerte de nuevo y se irguió exageradamente estirando los músculos de su espalda, pero manteniendo una mirada recelosa en su reflejo. En el último año había estado haciendo algunos ejercicios con más diligencia para enfrentar su aversión a mirar su reflejo, aprovechando la ventaja de que su apariencia había tenido algunos cambios. Ya no era tan delgado y en los últimos meses estaba probando cómo lucía su rostro al dejarse crecer la barba. De ese modo, disimulaba la cicatriz que tenía en su mentón, lo cual había resultado favorable para su proceso, ya que le hizo sentir mayor comodidad al ocultarla por completo.
Dos eran las razones que provocaban el rechazo a su reflejo. La primera, era porque al mirarse en el espejo, su vista iba directamente a su cicatriz y aquello tenía una relación inmediata con la muerte de su madre, por ello, los recuerdos de sus últimos minutos de vida lo atormentaban. La segunda razón, era porque, a su parecer, a medida que sus facciones se hacían más adultas, se iban pareciendo a las de su padre y lo que menos deseaba era ver reflejado en su rostro al causante de su "infancia infernal", como a veces la tildaba.
Dejó de mirarse a la cara, empezando a convencerse por completo de dejarse la barba definitivamente. Seguidamente comenzó a recorrer su torso desnudo, empezando por su pecho, en el cual llevaba tatuada una enorme mariposa en el centro y la frase debajo “No le temas a las mariposas”, en tipografía egipcia.
«“No le temas a las mariposas”» Con la voz intacta de su madre, se reprodujo con nostalgia en su memoria aquella frase que le mencionó su último día en el jardín.
Ese fue su primer tatuaje a los 19 años y era el más significativo de todos los que tenía por todo su cuerpo. Lo que comenzó como la inmortalización en su piel de un momento importante en su vida, se sintió como una manera de expresar aquellas emociones reprimidas de las que no era capaz de hablar, y de recuerdos valiosos que temía olvidar, por lo que cada una de esas obras grabadas en su cuerpo contaban un fragmento que se entrelazaba con su esencia y de los que solo él conocía sus significados. Tenía aves volando, alas, una mariposa de una especie diferente, un auricular con notas musicales, algunas frases cortas e interesantes que a su madre le gustaba repetir o algunas de Tessa, entre otros símbolos, distribuidos entre todo su brazo derecho y mitad del otro, torso y espalda, en donde también le sirvieron para ocultar algunas otras marcas. Curiosamente, él decidió dejar todo su antebrazo derecho libre, el cual reservaba para un único tattoo de gran importancia, uno que lo fuera tanto como la mariposa en su pecho; sin embargo, todavía no estaba bien decidido.
Reggie observó sus tatuajes de los brazos y se le dibujo una pequeña sonrisa, pues, recordó a cuando empezaron a ser más visibles. Varios de sus ancianos profesores, médicos reconocidos y chapados a la antigua, lo estigmatizaron con prejuicios; pero a pesar de todo, no les prestó mucha atención, ya había hecho investigaciones sobre si aquello pudiera interferir con su carrera, y no había una regla en la que se expusiera que los tatuajes en médicos estuviesen prohibidos. Con el tiempo, fue ganándose el respeto de aquellos viejos que lo prejuiciaron, manteniéndose como el alumno más destacado. Ahora, en su cuarto año como estudiante de medicina, el revuelo era por su barba. Tampoco había una regla que indicara que estuviera prohibida, solo era cuestión de mantener una buena higiene y cuidados.
—Cariño, ya estoy lista, ¿te falta mucho? —Preguntó Tessa desde el pasillo de fuera de su habitación, interrumpiendo su ejercicio.
«¡Rayos! ¿Qué hora es?»
—¡Si! Ya casi, en 5 minutos —elevó su voz haciendo un gesto de confusión y mirando hacia todos lados sin saber por dónde empezar a arreglarse.
—Te espero en el auto, llegaremos tarde...
***
Era nochebuena, Tessa y Reggie habían sido invitados por los Meyer, al igual que Eros y su familia para reunirse con ellos en su casa. Normalmente, no era una fecha muy celebrada por ellos, pero decidieron aceptar después de la insistencia de la familia por algunos años consecutivos.
Reggie conducía el viajo auto de Tessa, con ella sentada a su lado, él volteaba a mirarla de vez en cuando con una expresión divertida.
—Guau, esta noche te ves como una de las actrices de esas telenovelas turcas que a veces ves con las enfermeras en el cuarto de descanso.
Tessa vestía un bonito vestido negr0 con un elegante abrigo camel de lana con doble botonadura que Reggie le había regalado, había reunido durante algunos meses para comprarle ese abrigo en específico porque estaba seguro de que le gustaba.
Ella sonrió, se acomodó un mechón rebelde de cabello y planchó las solapas del abrigo con los dedos.
—De nuevo, gracias, Reggie... ¿te dije antes que me encanta? —el negó frunciendo los labios.
—No... Solo es la millonésima vez que lo mencionas —rio y ella con él—. A ver tía, sé que no tenemos una tradición en estas fechas, pero ¿qué te gustaría de obsequio de navidad? Lo que sea, trataré de cumplirlo.
—No hace falta. Ya tengo suficiente... además, ya me regalaste el abrigo.
—Tessa, por favor, ese fue por tu cumpleaños —sintió la mirada severa por llamarla por su nombre—. Sé cómo me estás mirando, pero todo el mundo desea algo y no eres la excepción, eres un ser humano. Uno muy bueno, por cierto, que merece ser consentido —su expresión cambió a una de ternura—. Pide lo que sea, bueno, siempre y cuando no cueste millones de euros porque, por el momento, mis recursos son limitados.
—Lo que más desearía para mí, no puedes concedérmelo, cariño... pero debo agregar que igualmente me darás un grandioso obsequio y ese será verte sostener tu diploma de médico.
Reggie seguía sintiendo esa calidez que provocaba ser el orgullo de alguien.
—A ver... dime qué será y yo veré si puedo o no.
Tessa respiró profundo y soltó el aire de sus pulmones, sabía que insistiría en que le dijera de qué se trataba hasta que lo hiciera. Cuando se le metía algo en la cabeza, no había quien le sacara esa idea.
—Había algo que me encantaba hacer cuando mi esposo vivía, ya casi no recuerdo las sensaciones. Amaba pasear en motocicleta con él los fines de semana de verano. Quisiera recordar lo que se siente, por lo menos una vez más.
Reggie se quedó pensativo asintiendo lentamente. Él había conseguido un empleo por algunas horas a la semana en la empresa de Economía Financiera de Liam, no tenía nada que ver con sus estudios, pero había aprendido lo necesario para desenvolverse. Aquello le ayudó mucho para alivianar la carga económica de Tessa y le quedaba algo de dinero extra para reunir. Luego de meditarlo por unos segundos silenciosos, sonrió con ironía.
—Rayos, Tessa, cuando compre la motocicleta para llevarte de paseo, me veré como un verdadero motero rebelde, con esta barba y los tatuajes. Solo tendrás que esperar un tiempo prudente hasta que logre reunir el dinero para comprarla.
—Atractivo... pero no, no vas a comprar una motocicleta... esas cosas son muy costosas.
—Si, si lo haré. No importa que demore unos 5 años en comprarla, lo haré para pasearte. Lo anotaré en mi lista de cosas importantes.
Tessa lo miró aún con más admiración y los ojos acuosos, le había tomado un gran aprecio como al hijo que nunca tuvo. También estaba contenta de que con el paso del tiempo fue abriéndose más con ella, le tenía mucho más confianza.
—Sería bonito que un día tengas eso que viví con mi esposo, con una buena muchacha.
Él resopló irónico.
—Solo tengo 22 y ya quieres que me case. No me visualizo en esos aprietos —él la vio de soslayo y tenía una mirada dudosa—. No, no soy gay, si es lo que piensas —agregó con un aire de sarcasmo y ella parpadeó varias veces reaccionando con horror.
—¡Qué tonterías dices! Sé que a veces amaneces por ahí con alguna compañerita, "estudiando" —recalcó las comillas—. No he pensado que lo seas.
—Nada de importancia, tía... —apretó el volante con ambas manos y se removió en el asiento—. Tengo un problema —sintió la mirada de Tessa todavía más persistente—, no sé cómo ser afectuoso, no sé cómo ser romántico.
—Hablas como si estuvieras descompuesto y eso no es algo de qué preocuparse. Cuando sea la indicada te convertirás en el hombre más cursi sin darte cuenta, eso sale con naturalidad.
—¿Sabes? Tu hablas como una anciana, solo te falta pedir nietos.
—Y, ¿cuándo me darás nietos, jovencito? —bromeó poniendo su voz aguda como una ancianita, por lo que él viró los ojos fingiendo fastidio.
***
Reggie y Tessa llegaron a casa de los Meyer, llevando un arreglo con flores de Pascua y una botella de vino. Charlotte y Liam los recibieron con entusiasmo cuando les abrieron la puerta, agradeciéndoles porque finalmente aceptaran una de sus invitaciones a pasar nochebuena con ellos.
—Adelante, pónganse cómodos —les dijo Charlotte haciéndoles un ademán con la mano.
—Gracias por la invitación...
Reggie repasaba con la mirada todo el espacio, ubicando a sus amigos y a una figura muy peculiar que buscaba inconscientemente.
—Si buscas a Owen y a Eros, están en la sala de entretenimiento, y también todas las chicas —le comentó Liam—. Ve con confianza, conoces el camino.
—No te preocupes por Tessa —él le sonrió.
—Con permiso...
Reggie conocía perfectamente el camino hacia la sala de entretenimiento, pero una vez que se adentró en la casa, se detuvo en medio a admirar la decoración navideña como si fuera la primera vez que veía ese tipo de adornos, todo estaba tan lleno de luces, colores dorados y rojos, arreglos y además, algunos objetos distribuidos de formas muy diferentes a las habituales. Era notorio que celebraban la navidad a lo grande.
Hacia su izquierda, en el comedor, se veía solo una parte de la mesa en la que se daría la cena, y algo de todo el festín siendo acomodado por algunos empleados. En la misma área del comedor, había un árbol de navidad junto a la ventana, cerca del cual estaban instalados algunos invitados, como los padres de Eros, unos familiares de Charlotte que habían llegado desde otro país y la madre de Liam. Llevando alguna bebida en sus manos y charlando entre ellos.
A su derecha, había una división con grandes puertas corredizas de vidrio con madera que siempre estaban abiertas, pero que le daba a la sala tras ellas, un ambiente diferente y más acogedor con respecto al resto de la casa. Desde ahí provenían las voces elevadas de Eros y Owen, además de los murmullos femeninos. Hacia allá se dirigió Reggie.
Él se detuvo en el umbral, en silencio, todavía más deslumbrado por la irreconocible sala. A la izquierda, seguía el centro de entretenimiento, pero los muebles habían sido movidos y daban frente a la entrada, hacia donde él estaba de pie; ahí se hallaban Eros y Owen. En la esquina más alejada, pegado a la pared de vidrio que separaba la sala del jardín exterior, había un gigantesco segundo árbol de navidad que rozaba del techo de la casa, éste se veía todavía más colorido e iluminado y, junto a él, una chimenea que antes no había ahí. Frente al árbol y a la chimenea, yacía instalado el grupo de chicas sobre una gran alfombra blanca que parecía de un material bastante suave. El grupo estaba conformado por Victoria, las hermanas de Eros, una sobrina de Charlotte y por supuesto, Selene, resaltando con su atuendo. Al reconocerla, inmediatamente, Reggie posó su vista en ella, pues, tenía en sus manos a un raro animal que no lograba distinguir y al que alimentaba diligentemente mientras parloteaba con el resto de las chicas.
—¡Oh, Reggie! ¡Llegaste! —Exclamó Owen con entusiasmo cuando detuvo lo que jugaba con Eros para levantarse a recibirlo—. Ya empezaba a pensar que no vendrían.
—Disculpen la demora —dijo aproximándose a sus amigos.
Eros también se puso en pie y dejó caer su brazo sobre su hombro.
—Es bueno verte la cara para Navidad, creo que es la primera vez.
—Este Grinch quiso salir hoy a conocer la navidad —bromeó.
—¡Genial! —exclamó Owen frotándose las manos—. Te buscaré algo de tomar.
Antes de que él dijera "si" o "no", Owen había ido por alguna bebida, inquietándose.
—No te preocupes, no creo que te traiga alguna bebida alcohólica—dijo Eros—. Te conoce...
Los ojos de Reggie se volvieron de nuevo hacia el grupo de chicas casi con vida propia, encontrándose con que Selene lo escaneaba con desconcierto, por su barba no lo distinguía a simple vista. Desde que él entró a la universidad, fueron siendo más esporádicas las veces que se veían, por lo que había transcurrido más de un año desde la última vez, aunque eso no significaba que no se enterara de sus travesuras.
Al tener la seguridad plena de que se trataba de Reggie, Selene mostró aquella amplia y genuina sonrisa que ahora lucía con Brackets.
—¡Reggie, viniste! —exclamó eufórica como si estuviera viendo a una celebridad y él sacudió su mano, con una mueca en los labios que casi no se distinguía.
Ella cubrió con la otra mano al animalito que tenía en su palma y se levantó de un tirón para dirigirse a él, llevándose a su hermana por el medio y pegando un rodillazo en su frente accidentalmente.
—¡Hey! —objetó Victoria frotándose.
—Lo siento, lo siento...
«Santo Dios, ¿qué cosa traerá esta vez?» Se preguntó inquieto cuando la vio llevar con ella la criatura desconocida.
—¡Bienvenido, Reggie! Es grandioso que hayan venido esta vez.
—Gracias, Selene. Eres muy amable —habló sin apartar la mirada de sus manos.
Inmediatamente, cuando se dio cuenta de que las veía, las alzó sin abrirlas aún.
—¿Quieres verlo? —él arrugó la cara poco convencido—. No es un insecto, ni un arácnido.
Igualmente abrió sus manos, dejando ver a un ave con escasas plumas grises y pico sucio porque acababa de comer.
«Aj, que bichito más feo» Pensó, poniendo esa cara de desagrado que hacía inconscientemente.
Se escuchó la carcajada de Eros en el fondo por su expresión. Cuando Reggie se giró para mirarlo, su móvil lo estaba apuntando.
—¿Qué haces?
—Necesitaba documentar esto —dijo guardando su móvil en el bolsillo, habiendo cumplido con el objetivo—. Es que tienes que ver la cara que haces.
—¡Eros! Vicky ni Caroline han escuchado tu chiste de la vaca —dijo una de sus hermanas.
En un parpadeo, Eros ya estaba yendo hacia las chicas para instalarse al lado de Vicky.
—Sus chistes son geniales —aseguró Selene entre risitas.
—Hmmmm, creo que tu hermano y yo diferimos —comentó regresando su atención al ave desplumada—. ¿Qué es eso?
—¡Ah! Se llama Policarpo.
—Poli... ¿qué?
—¡Policarpo! Tiene cara de Policarpo... No es peligroso —aseguró riendo cuando veía asomarse de nuevo esa expresión de desagrado, pero graciosa en él—. Es un bebé, creo que es un loro, lo encontré casi muerto en el jardín hace unas semanas.
—Okey... —aceptó receloso.
Él finalmente apartó su mirada desconfiada de Policarpo y finalmente la observó más a ella, dándose cuenta de que sus facciones estaban haciendo ese cambio de la niñez a la adolescencia, además de que era un poco más alta a la última vez que se vieron; sin embargo, seguía siendo igual de pintoresca. Llevaba una diadema roja con cuernitos de reno y un enorme suéter tejido color verde con bordes rojos, un gran reno bordado en la parte frontal y unos copos de nieve también bordados. La ancha prenda hacía una forma acampanada.
Ella, al percatarse de que miraba su prenda con curiosidad y ceño elevado, giró sobre sus pies con gracia, manteniendo sus manos unidas para seguir resguardando a Policarpo, por lo que a Reggie se le escapó una breve risita que quiso disimular apretándose los labios.
—Me lo tejió mi abuela —dijo ella con orgullo—. Es muy calentito —aseguró asintiendo repetidamente con unos gestos caricaturescos.
—Es... es particular...