Las flores en un extenso campo de margaritas blancas se mecían en absoluta armonía con la suave corriente de aire que las acariciaba. Sobre ellas, aleteaban mariposas de diferentes tamaños y colores, haciendo de la imagen algo surreal. La voz angelical de una mujer que tarareaba una melodía daba la ilusión de que las flores seguían el ritmo de aquello que ella entonaba. Esa figura de rodillas en su vestido campestre de mangas voladas y de un color azul tan intenso como el cielo de ese día soleado, la convertía en el único punto diferente y resaltante en medio del campo. Con movimientos armónicos, ella cortaba algunas flores y las colocaba con extremo cuidado dentro de una canasta de mimbre. Reggie llegó al frondoso campo y observó a la mujer de larga cabellera rubia, a unas decenas de met

