Las velas ondeaban mientras el barco atracaba en el muelle de piedra blanca. Ania descendió las escalinatas del palacio casi corriendo, su capa ondeando detrás de ella como una ola de plata bajo la luz del amanecer. Kalen bajó del barco con un salto ágil, sin esperar a que aseguraran las cuerdas, sin preocuparse por formalidades. Solo tenía ojos para ella. Cuando sus pies tocaron el muelle, Ania ya estaba allí. No hubo palabras. Solo un impulso inevitable. Kalen la atrapó en sus brazos, levantándola ligeramente del suelo, apretándola contra su pecho como si temiera que fuera a desvanecerse. Ania lo rodeó con fuerza, ocultando el rostro en su cuello, respirando su olor, su calor, su vida. —Viniste. —susurró ella. —Siempre vendré. —murmuró él, su voz ronca de emoción. Detrás de ell

