La casa que les habían prestado en la colina era pequeña, pero acogedora. Las paredes de piedra vieja guardaban siglos de historias, y esa noche, serían testigo de una más: la última cena de siete guerreros que, al amanecer, partirían hacia el corazón de la guerra. La mesa de madera crujía bajo el peso de los platillos que habían preparado entre todos. No era una cena lujosa, pero había pan recién horneado, estofado caliente con verduras del mercado, fruta fresca y vino dulce. La luz de las velas titilaba suavemente, lanzando sombras cálidas en los rostros de los presentes. Ania sirvió las copas, mientras Kalen, con una sonrisa casi tímida, acomodaba su silla junto a la de ella. —¿Quién hubiera pensado que terminaríamos aquí? —dijo Fyodor, levantando su copa—. ¡Rumbo a Corino como si fu

