Lucas cayó de rodillas ante Ania. Sus hombros temblaban, la espada ya no estaba en su mano. La furia se había disuelto como humo al amanecer. Solo quedaba el vacío… y una llama, pequeña, pero viva, que comenzaba a nacer en su pecho. Ania no dijo nada. Solo lo miró con esos ojos esmeralda que alguna vez tanto le irritaron… pero que ahora lo atravesaban con algo que nunca creyó merecer: compasión. Lucas levantó lentamente la vista, y sus labios comenzaron a temblar. —Yo… —su voz se quebró—. Ania… yo no sabía… No entendía. Toda mi vida he sido una herramienta de odio. Me entrenaron para destruir… y nunca aprendí a sentir. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Y cuando supe quién eras, cuando supe que… que tú eras mi hermana… lo único que sentí fue más ira. Porque tú tenías todo lo que yo n

