Axel se encontraba en una vasta forja en ruinas. El cielo, ennegrecido por humo, lloraba cenizas en lugar de lluvia. Las herramientas estaban esparcidas por el suelo, deformadas, rotas, inservibles. El yunque, oxidado y agrietado, se alzaba como un monumento a sus fracasos. En todas direcciones, los fragmentos de sus creaciones parecían mirarlo con decepción: espadas quebradas, armaduras a medio terminar, escudos débiles que no resistieron el primer golpe. El eco de su propia voz le golpeaba el pecho con fuerza: —¡No así! ¡Eso no sirve! ¿Cómo esperas proteger a alguien si no puedes hacer ni esto bien? Lo veía: a sí mismo, más joven, golpeando el metal con desesperación, tratando de alcanzar una perfección inalcanzable. Intentando llenar los zapatos de generaciones de forjadores antes qu

