Mientras los sabios observaban el final de las pruebas, el cielo pareció abrirse lentamente. Un rayo de luz descendió desde lo alto, directo hacia el centro del templo ancestral, donde Kalen se mantenía en silencio, contemplando las marcas que ahora llevaban sus compañeros. La Masamune, envuelta en su espalda, vibraba suavemente, como si también supiera que el momento había llegado. Una voz profunda, antigua y armoniosa resonó desde el cielo mismo, pero no fue estruendosa… fue como el susurro del viento sobre la montaña, como el eco de un alma que había esperado por siglos: —Portador de la Masamune… tu juicio ha sido demostrado. Has caminado por el sendero del equilibrio, has luchado con valor, y has amado con pureza. En ti habita la llama de la justicia y la compasión. Kalen alzó la vi

