El viento soplaba fuerte desde los riscos del este. Desde lo alto de la Torre del Cuervo, el Rey n***o miraba el horizonte, los dedos crispados sobre el barandal de piedra negra. El cielo de Corino se teñía de rojo al atardecer, pero no era el sol… era la magia maldita que comenzaba a desvanecerse en Loren. Podía sentirlo. Su poder retrocedía. La conexión oscura que había alimentado durante años se deshacía como ceniza en el agua. —¡Esa maldita perra bastarda! —escupió entre dientes, los ojos encendidos por la furia—. ¡Debí matarla cuando la arrojé a la basura! ¡Debí acabar con ella cuando no era más que un parásito en los brazos de esa mujer inútil! Se giró de golpe, su capa ondeando como un cuervo furioso, y descendió por los corredores de obsidiana hasta la cámara de banquetes, don

