-EL PESO DE SU AUSENCIA-

1518 Words
La ausencia de Adelaide era como un invierno sin fin en el corazón de Albagard, no se hablaba de ella en voz alta, pero su nombre vivía en cada suspiro, en cada mirada que se perdía hacia el norte, donde el horizonte se volvía más gris, en la calma tensa de sus aposentos, el Rey Theodirc se quedó mirando el fuego del hogar, su mente atrapada en pensamientos oscuros, su voz, baja y medida, rompió el silencio. -Jamás entendí del todo- comenzó, -cómo un ducado tan pequeño, tan limitado en territorio y recursos, pudo armar un ejército tan vasto y temerario como el que vimos en nuestro intento de emboscada - La reina miró a su esposo, buscando en sus ojos una respuesta que no encontraba. -Quizás es miedo disfrazado de ambición- propuso ella -miedo a que su pequeño dominio no sea suficiente, y que, sin atacar, sin expandirse, su poder desaparezca. - Theodric apretó la mandíbula, recordando la difícil decisión. -Por eso aceptamos la boda, pero sigo sin comprender qué fantasmas o ambiciones llevaron a Larkin a reunir semejante ejército, mucho más allá de lo que su pequeño ducado debería permitir- Theodric suspiró, con el peso de un Rey atrapado entre la espada y la pared. -Sea cual sea la razón, la amenaza persiste y ahora nuestra hija está en el centro de esa tormenta, como puente y como prisionera la paz que conseguimos… - Una mañana, los adolescentes Izan e Iker que entrenaban bajo la guía de Ethan se le acercaron con ojos ansiosos y le pidieron más prácticas, más espadas, más sudor, el caballero frunció el ceño, curioso, preguntando por qué tanta sobrecarga de entrenamiento e Iker el menor bajó la cabeza expresando con una voz tan frágil como el ala de un pájaro herido:-Porque la extrañamos… tanto… que queremos ir a buscarla para traerla de regreso- y de inmediato, las lágrimas vencieron al niño, se tapó el rostro con sus manos, mientras Izan le daba una palmada en su espalda, Ethan guardó silencio, pero sus ojos, siempre firmes, ya no pudieron sostener la entereza lloró, no con gritos ni gestos, sino con esa tristeza silenciosa que sólo conocen los que aman de verdad; y, por un instante, hasta el viento pareció detenerse, como si el reino entero compartiera el mismo dolor… y la misma vana esperanza de volverla a ver. El sol descendía lentamente entre los árboles en los alrededores del castillo de Albagard, tiñendo de oro el follaje que crujía bajo las botas del joven caballero, pero él no lo veía, no sentía el aire fresco, ni escuchaba el canto de los pájaros, solo el eco lejano de las campanas nupciales golpeaba su mente como un martillo implacable, se arrodilló junto al lago donde alguna vez la vio reír, observando el gran roble en el que una vez la amo… sentía que su piel le dolía por ya no tener a la princesa de su vida, el agua ya no reflejaba belleza ni promesas, solo la sombra distorsionada de un hombre roto. -Ya no es mía…- susurró, con los labios resecos, como si al decirlo pudiera convencerse de la cruel realidad - Nunca lo fue, quizá…- Golpeó el suelo con el puño, una y otra vez, hasta que la piel se abrió, la sangre brotó tibia, pero no calmó el fuego que le devoraba el pecho, se llevó la mano al corazón como si pudiera arrancarse ese dolor con las uñas. Recordó sus besos, sus miradas cómplices, la forma en que ella entrelazaba sus dedos con los suyos bajo la mesa del comedor real, recordó cuando hablaron de huir, de un hogar simple lejos de la corona y las guerras, soñaron juntos, soñaron alto, pero ahora esos sueños se desplomaban como alas arrancadas. La imagen del Duque, arrogante y triunfante, ocupando el lugar que le pertenecía, le quemaba, ¿solo pensar que la toque y llamarla esposa…invadió su cuerpo con temor y si ella se llega a enamorar de Larkin? - ¡No! - gritó, con la voz rasgada - ¡No puede amarlo! ¡Ella me ama a mí! - Pero el cielo no respondió, y la tierra tampoco, él estaba suspendido entre ambos, como una hoja atrapada en un vendaval, sin dirección, sin raíz. El viento sopló con fuerza, haciendo volar su capa y despeinando sus cabellos castaños, apretó los dientes, tragándose las lágrimas que se negaban a salir porque un caballero no debía llorar… aunque todo en su interior se estuviera desmoronando. —¿Qué me queda si ya no la tengo? —murmuró al vacío. Solo el eco le respondió, devolviéndole su propia desesperación. El joven miraba la luna, recordando la última vez que la princesa le sonrió, su voz aún resonaba en su mente, como una promesa que no había muerto, como un eco que se negaba a desvanecerse en el olvido. -Te encontraré- murmuró al viento, -no importa dónde estés, no importa cuánto me cueste aunque tenga que cruzar los reinos del infierno…- el silencio que siguió era tan denso que parecía contener la respiración del mundo, se abrazó a sí mismo, vencido por la soledad, por esa punzada amarga de no poder hacer más que prometer y entonces, algo cayó de entre las ramas un leve golpe, apenas un susurro contra la hojarasca, Giró bruscamente, una pequeña sombra se deslizaba entre los árboles, ágil, casi infantil. Sin pensarlo, echó a correr tras ella, el corazón latiendo con fuerza. - ¿Izan?,¿Iker? - susurró, incrédulo. La figura se perdió entre la penumbra, dejando tras de sí solo ramas agitadas. se detuvo en seco, jadeando, mientras el murmullo del bosque lo envolvía otra vez. -imposible- se dijo en voz baja -a esta hora, los gemelos ya deben estar dormidos- con paso lento, algo confundido, retomó el camino hacia su cabaña fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en algo inusual, atrapado entre las raíces de un viejo roble se agachó y la recogió con cuidado: una flauta pequeña, de madera pálida, agrietada y rota por la mitad no era de nadie del castillo y, sin embargo, parecía haber estado allí… esperándolo. La sostuvo entre las manos por un momento, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda, no estaba solo, no del todo y alguien, en algún rincón del bosque, acababa de dejar una señal. La Reina Adela caminaba en silencio, escoltada solo por sus pensamientos, el aire era denso esa noche, como si las paredes mismas susurraran lamentos, se detuvo frente al ventanal que daba al campo de entrenamiento; allí, bajo la luna, un joven se hundía en su furia. El caballero golpeaba el poste de práctica con una violencia desmedida, cada estocada parecía brotar del alma, no del cuerpo, su camisa estaba empapada de sudor, su mandíbula apretada, los ojos brillando con una mezcla de rabia y dolor. La reina suspiró, lo había visto crecer, sabía que su padre su más fiel guerrero apenas ha logrado mantenerse con vida desde el ataque del Duque; y ese muchacho, sin madre y al borde de perder a su padre… estaba peligrosamente cerca del abismo. - ¿Qué te desgarra tanto, muchacho? - susurró la reina para sí Volvió a mirar al joven, que había dejado de golpear, estaba arrodillado en la arena, el pecho agitado, la mirada perdida. Cuando el caballero abrió la puerta de la cabaña, un aroma a infusión de raíz seca y leña recién encendida lo envolvió como un viejo recuerdo. su padre yacía recostado en el catre junto al hogar, con el rostro demacrado pero vivo, las cicatrices del ataque de los soldados de Valdronia aún eran visibles, aunque el color comenzaba a volver a sus mejillas. -Llegaste justo antes de que el fuego se apague- susurró Ezra -Sabía que lo mantendrías encendido- El caballero sonrió, acercándose a acomodar un leño nuevo en las brasas. Un breve silencio los envolvió, el crepitar del fuego fue la única conversación durante unos instantes; luego, el padre rompió la calma: -Todo esto- aún resuena en mi cabeza, el ataque, los gritos... pensé que moriría ahí, solo, como un perro- -Pero no fue así- respondió el caballero, tomando asiento a su lado El viejo lo miró entonces, con esos ojos que ya cargaban más años de guerra que días de paz. -Fue gracias a ella... ¿no es así? - preguntó con voz apenas audible - La princesa... ahora esposa de ese demonio- El caballero no respondió, solo bajó la cabeza. El padre respiró hondo, con cierta dificultad; después de unos segundos, cerró los ojos. -Espero que algún día... podamos pagarle ese peso que carga la inocente Adelaide- Poco a poco, su respiración se volvió lenta, regular, y finalmente se sumió en un sueño profundo, el caballero se quedó allí, observando las llamas danzar sobre los troncos, sin moverse. Todos estaban a salvo, su padre, los niños del pueblo, incluso la reina había resistido la presión del tratado, todo eso había sido posible porque Adelaide había aceptado casarse con el monstruo. Pero no sentía gratitud, sentía rabia, no contra ella, no contra su decisión sino contra el destino.
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