-ILUSIONES ROTAS-

1623 Words
En el jardín trasero del Reino iluminado por la luz dorada del atardecer, Adelaide y Ethan caminando juntos por un sendero de rosas, el aire es suave y perfumado, decidiendo que ha llegado el momento de compartir su amor con el mundo. Ethan tomando suavemente las manos de la princesa exclama: - Mi amor, ha llegado la hora, no quiero que nuestro amor permanezca en la sombra, merecemos que el mundo lo sepa, y nadie más que nuestros padres deben escucharlo primero- Adelaide respondiendo con una sonrisa cálida, -estoy de acuerdo, hablaré con mi padre esta tarde, quiero que lo escuche de mis labios, con el corazón abierto- El caballero saca de su bolsa un pequeño objeto envuelto en tela fina, con delicadeza, se lo entrega a la princesa ; para ti, lo hice con mis propias manos, espero que te acompañe y te dé suerte cuando hables con el Rey. La princesa retira la tela y encuentra una hermosa caja de música de madera, tallada con detalles que representan sus momentos juntos: el lago donde se conocieron, la torre donde solían hablar en secreto, las estrellas que fueron testigos de sus promesas y emocionada, con los ojos brillantes exclamo: - ¡Es preciosa! - gira la llave y la caja comienza a tocar una melodía dulce y nostálgica, - cada nota me habla de ti… gracias, mi amor.- la llevaré conmigo, se abrazan con ternura, sintiendo que el futuro, aunque incierto, será enfrentado juntos. Horas más tarde, en el gran salón del castillo, la princesa entra con el corazón latiendo fuerte, pero la caja de música en sus manos le da valor; Theodric, de pie junto a la ventana, la mira con una expresión que mezcla afecto y preocupación. -Hija mía… Sabía que vendrías. Te estaba esperando. - Adelaide extrañada - ¿Padre? Yo quería hablarte sobre algo importante…- Theoric suspira, se acerca y toma sus manos con cariño; debo decirte algo que cambiará todo, nuestro Reino está en peligro, solo hay una manera de protegerlo… y es aceptando la propuesta de matrimonio con Larkin Eldewyn, el Duque de Valdronia quien puso como condición para evitar la masacre de nuestro Reino. La princesa siente un frío recorrer su cuerpo. aprieta la caja de música en sus manos, aferrándose al amor que la sostiene, su corazón se divide entre la felicidad de su amor y el destino que su padre le impone. —No es justo, padre —había dicho Adelaide al enterarse de la noticia, su voz firme a pesar del nudo en su garganta— ¿Por qué debo ser yo quien cargue con el peso de salvar el honor del Reino? la princesa había querido discutir, pero las palabras de su padre la silenciaron, ella en el fondo sabía que era cierto: su matrimonio con ese Duque significaría el fin de la amenaza inminente, pero a la vez también representaría el abandonar de raíz sus sueños, la posibilidad de casarse con el amor de su vida y, formar una familia, sentía ahogarse con el solo hecho de perder la libertad que tanto valoraba. Theodric apretó los ojos con angustia y dijo: -sé que esto es injusto para ti, pero el Duque nos ha impuesto un ultimátum: o te casas con él, o su ejército nos arrasará, sabes que su vileza no solo destruiría nuestro reino y nuestro pueblo, sino también todos los secretos que guardan nuestras fortalezas, pesaría sobre nosotros la extinción, todo por la ambición de un ser perverso. El Rey se apartó, apretó los puños y su expresión cambió, la desesperación no solo lo consumía, sino que lo impulsaba a luchar contra lo inevitable, entonces, con tono amenazante, exclamó: - Pero escúchame bien hija, no pienso rendirme. no voy a entregarte como una moneda de cambio sigo en la incansable búsqueda de opciones, he enviado emisarios en busca de aliados, he retrasado las negociaciones… sin embargo, el tiempo se agota. - La princesa siente el peso de la responsabilidad caer sobre ella como una enorme piedra, la noticia de su verdadero amor que había querido anunciar con alegría a su padre ahora será un sueño que se desvanece por una cadena de dolor, la caja de música sigue en sus manos, la abre con lentitud y deja que suene su dulce melodía ahora ese suave sonido es su ancla, la única certeza en medio del caos y susurra con la voz quebrada: -No quiero perder lo que amo…-. El Rey padre al verla, siente su propio corazón partirse, se acerca y la abraza con fuerza, como si con ello pudiera protegerla del destino. El Rey y su fuerte observaban el mapa de Albagard, preocupado, con el ceño fruncido, sus dedos tamborileando contra la mesa de madera tallada con antiguos símbolos de su linaje, su mirada que usualmente era llena de determinación, ahora reflejaba la incertidumbre que lo atormentaba, sentía un peso insoportable sobre sus hombros, una sensación de impotencia que lo consumía desde dentro, jamás en su vida sintió tan profundo el filo de la desesperanza tan cerca de su corazón. Había enviado emisarios a los reinos vecinos, instando soporte para evitar el matrimonio de su primogénita, con el despiadado Duque de Valdronia, sin embargo, las respuestas habían sido frías y desalentadoras, algunos Reyes alegaban neutralidad, otros temían represalias del Duque, cuyo ejército crecía en número y ferocidad inmisericordes con cada día que pasaba, no había aliados, solo puertas cerradas y promesas vacías, cada rechazo era una herida más en su orgullo, en su alma, en su deber como padre y como soberano. El peso de la decisión lo aplastaba, su ejército, aunque valiente y leal, no era suficiente para repeler la inminente ofensiva del Ducado de Valdronia, las fronteras ya estaban siendo presionadas por exploradores enemigos, y los informes de los espías hablaban de un ejército en constante movilización, sentía que el destino de su Reino y de su hija se le escapaba entre los dedos como arena en el viento. —Majestad — dijo uno de sus consejeros en voz baja, — nuestras reservas de armas y provisiones menguan; si nos enfrentamos al ejército de Valdronia, sin aliados estratégicos, la guerra será breve y devastadora. El soberano de Albagard se pasó la mano por el rostro, sintiendo el peso de la corona como nunca antes, recordó los días en que era un joven guerrero, lleno de vigor y esperanza, creyendo que siempre encontraría una salida honorable a cualquier conflicto pero ahora, aunque era un hombre lozano, se sentía un anciano, desgastado por las cargas del trono, su mente viajó a los días de su juventud, cuando cabalgaba con su esposa por los campos de Albagard, riendo bajo la luz del sol. Recordó el día en que Adelaide nació, el llanto de la recién nacida resonando en la sala del trono mientras su esposa la acunaba con ternura aquella promesa: -La protegeré siempre-, mirando con amor a su esposa, pero ahora, esa promesa parecía desmoronarse. La Reina Adela al otro lado de la sala, se mantenía en silencio, su porte regio no ocultaba la tensión en sus mandíbulas ni la ira en sus ojos y el Rey, al mirarla, sintió una punzada en el corazón, la miró con un dejo de esperanza, pero la realidad era cruel. ¿Qué opciones les quedaban cuando hasta sus aliados los habían abandonado?, en el castillo se percibía una inevitable energía de tensión, … La luna comenzaba a asomarse en el cielo cuando Ethan abandonó los jardines rumbo a su torre, pero cuando dobló uno de los pasillos de piedra del castillo, su instinto de guerrero lo alertó: alguien estaba allí, observándolo era el maestro Hal de Valdronia, emisario del Duque, un hombre que, hasta hace poco, apenas se dejaba ver en la corte, pero ahora se paseaba por los pasillos como si le pertenecieran. —Qué curioso encontrarlo aquí tan tarde, joven caballero. — La voz era grave y pausada, teñida de una falsa cortesía. — Señor —Ethan inclinó la cabeza con respeto, pero sin bajar la guardia. —Debo decir que su devoción al reino es… admirable. —su tono era suave, casi condescendiente—. sirviendo en el campo de batalla, destacando en la diplomacia… incluso paseando por los jardines a horas inusuales. El joven caballero frunció apenas el ceño, —Sirvo a mi Rey y a mi pueblo con lealtad, como lo he hecho siempre. — su respuesta fue medida, pero sus sentidos eran alertas. El emisario de Valdronia esbozó una sonrisa calculadora y entrecerró los ojos, como si midiera cada reacción del caballero, luego, con una calma inquietante, murmuró: -Lástima que no todos los hombres del reino sean tan leales como usted, hay quienes creen que la corona debe tomar decisiones difíciles para garantizar la supervivencia de todos; a veces, sacrificios son necesarios… incluso cuando parecen injustos. - El caballero sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿A qué se refería? Aquel insolente hombre dio media vuelta, como si la conversación hubiera terminado, pero antes de alejarse, lanzó su última estocada: —Los Reyes están enfrentando tiempos difíciles, debería prepararse, caballero… hay fuerzas en juego que están más allá de su control- El eco de sus pasos resonó en el pasillo mientras desaparecía en la oscuridad. El caballero permaneció inmóvil un instante, sus pensamientos girando frenéticamente, sin duda, algo no estaba bien. Primero, el ataque repentino al pueblo, sin explicación clara, luego, las sorpresivas apariciones de varios Valdronianos en Albagard en los precisos momentos en los que el Rey parecía más preocupado que nunca y ahora, aquellas palabras llenas de insinuaciones… ¿Acaso estaba el Rey siendo presionado? La certeza se instaló en su pecho porque este hombre sabía más de lo que decía…
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